LAS CONSECUENCIAS DEL PECADO DEL LÍDER (parte 2)

Handsome stylish businessman on grey background

Tres sugerencias prácticas. (1) Necesitas hacer limpieza. Si vas a la Biblia y lees el relato de la consagración original al sacerdocio de Aarón y sus hijos en Levítico capítulo 8, vas a encontrar que se ponía muchísimo cuidado en la limpieza y purificación personal del candidato y en su consagración a este ministerio. En Levítico 8:6–7 leemos de la consagración de Aarón y de sus hijos al ministerio sacerdotal. “Acto seguido, Moisés hizo que se acercaran Aarón y sus hijos, y los lavó con agua. A Aarón le puso la túnica y se la ciñó con la faja; luego lo cubrió con el manto, y encima le puso el efod, ciñéndoselo con la cinta del mismo”. La limpieza, el lavamiento y las vestimentas limpias fueron el primer paso en el proceso de consagración. ¿Qué es limpieza? ¿Qué es lavamiento? El lavamiento es un proceso que separa el cuerpo de la persona de aquello que lo ensucia. Alguien se ensucia las manos y usa jabón para ello. ¿Para qué? A fin de sacar de sus manos la suciedad.

Ahora, a lo mejor tú te dices: “¿No es la limpieza una tarea que Dios debe hacer?” No, la limpieza no es responsabilidad de Dios, sino del ser humano. Pablo dice: “Purifiquémonos de todo lo que contamina el cuerpo y el espíritu (una acción externa), para completar en el temor de Dios la obra de nuestra santificación (una acción interna)” (2 Co. 7:1). Santidad significa integridad, y no puedes ser íntegro, sano y libre para servir al Señor, si hay mugre en tu carne o en tu espíritu. Pablo nos exhorta a que debemos limpiarnos totalmente (el verbo está en aoristo). De una vez por todas nos debemos alejar de todo aquello que nos contamina o de todo aquello que no es limpio delante de Dios. No debemos ir a Dios a pedirle que él lo haga. Él no hace este tipo de cosas. Él no va a limpiarnos y mucho menos si nos estamos dispuestos a ser limpios. Hay ciertas cosas que Dios hace que nosotros no podemos hacer. No tenemos parte alguna en la obra de nuestra salvación; nuestra redención es totalmente la obra de Dios, sólo él puede salvarnos. Pero Dios nunca hace lo que el ser humano puede hacer. Si tú y yo, como sacerdotes de Dios, queremos vivir una vida que sea digna de la vocación con que fuimos llamados, debemos limpiarnos.

Seamos honestos delante de Dios. ¿Hay en tu vida algún hábito que no es agradable a los ojos de Dios? ¡Deshazte de él! ¿Hay en algún rincón de tu casa revistas o videos pornográficos? ¡Quémalos! ¿Estuviste usando dinero de la iglesia para cuestiones personales¿ ¡Devuélvelo tan pronto como puedas! ¿Estás manteniendo una relación adulterina con alguien? ¡Termina con eso ya! Tú y yo debemos separarnos de todo lo malo y de lo que es dudoso. No debemos permitir que nada interfiera en nuestra vida espiritual y en nuestro servicio consagrado al Señor. Dios te llamó a ser lámpara; no permitas que el cristal de tu vida pierda transparencia con el tizne sucio del pecado. Quieres que Dios bendiga y fructifique tu ministerio, entonces renuncia al pecado en tu vida. Lava todo tu ser en la sangre de Jesús; límpiate de inmundicia en el agua viva del Espíritu Santo.

Además, amado consiervo o consierva, no permitas que tu pecado se transforme en una piedra de tropiezo en la vida de otros, incluso aquellas cosas que a ti no te parecen mal. Pablo es bien claro en cuanto a esto. Él dice que prefiere hacerse vegetariano si el comer carne que fue ofrecida a los ídolos puede hacer que otro hermano tropiece. Nuestro Señor dijo que sería mejor atarse una piedra de molino al cuello, que ser piedra de tropiezo al más pequeñito de sus hijos. Algo puede parecerte perfectamente correcto, pero debes preguntarte qué efecto puede tener ello en la vida de un hermano o hermana débil o inmaduro. Puedes decir: “Voy a vivir mi vida como se me da la gana.” Sí, tienes derecho a ello, pero sólo si fueses Robinson Crusoe y vivieras en una isla solitaria en medio del océano. Pero no es así contigo ni conmigo.

Además de limpiarte de aquello que interfiere con tu vida espiritual y de servicio, y de deshacerte de lo que pueda escandalizar a tu hermano o hermana débil en la fe, es necesario que pongas fin a todo aquello sobre lo que tienes dudas. El principio más seguro para la limpieza espiritual es deshacernos de las cuestiones dudosas. La Biblia dice que “todo lo que no se hace por convicción es pecado” (Ro. 14:23). Si hay algo en tu vida sobre lo cual no estás seguro que agrade al Señor, sácalo inmediatamente de tu corazón, renuncia a ello ya. No permitas que la duda estacione en tu ser interior un pecado, que luego crezca y se transforme en una pesadilla que te quite poder y autoridad en tu ministerio.

(2) Necesitas hacer reparación. La segunda cosa que debes hacer para poner fin al pecado en tu vida es hacer reparación. Dios es muy insistente en cuanto a la necesidad de que se haga reparación por el pecado cometido. En uno de los sacrificios del Antiguo Testamento, la ofrenda por las transgresiones, la persona que había cometido alguna falta o pecado por yerro, cuando hacía reparación por su pecado, tenía que añadir a lo que ofrecía la quinta parte de la ofrenda (ver Lv. 5:16). El pecado no es buen negocio. El pecado jamás rinde buenos dividendos y termina siendo extremadamente costoso. No esperes recibir en tu vida y ministerio ninguna bendición espiritual si en ellos hay pecado. Si en tu vida hay cosas que necesitan ser cambiadas, no te hagas ilusiones de recibir nada del Señor hasta que renuncies a esas cosas. Tus pecados no confesados siguen produciendo su interés en tu vida y aumentando tu deuda delante de Dios. Las áreas de tu vida que pusiste bajo el control de Satanás, si nunca renunciaste a los pactos y compromisos que hiciste con él, siguen en sus manos, y el diablo a la corta o a la larga te va a pasar la factura. Arregla tus cosas. Líder, te esforzaste no para glorificar a tu Señor sino para aumentar tu prestigio y poder. ¿Hiciste reparación por ese pecado? Pon tu vida en orden. Devuelve lo que robaste. Sana al que heriste. Pide perdón a quien ofendiste. Haz reparación por tu pecado. Si no lo hiciste hasta ahora, tu deuda sigue en pie y está delante del Señor. Y él no puede utilizarte como sacerdote ungido, hasta que no hagas reparación por tus pecados.

Ahora, quizás digas que esto es muy costoso. ¡Por supuesto que es costoso! Cuando te metiste en el pecado ya sabías que el pecado es costoso y que por más que te hagas el distraído tarde o temprano llega el momento en que hay que pagar. Pero te aseguro que a menos que pagues tu deuda no vas a quedar libre ni vas a ser sanado, y mucho menos, podrás ser un instrumento digno de ser utilizado por el Señor con poder y autoridad. Él te quiere sano, libre y limpio. Él quiere que de veras seas un sacerdote ungido por su Espíritu Santo y lleno de frutos para su gloria. Sinceramente creo que lo que está impidiendo a muchos recibir la bendición de Dios es que no están dispuestos a deshacer el daño que han cometido en el pasado contra sí mismos, contra otros o contra Dios. No te olvides de lo que Jesús dijo con meridiana claridad: “Por lo tanto, si estás presentando tu ofrenda en el altar y allí recuerdas que tu hermano tiene algo contra ti, deja tu ofrenda allí delante del altar,” porque Dios no la va a aceptar. “Ve primero y reconcíliate con tu hermano; luego vuelve y presenta tu ofrenda” (Mt. 5:23–24). Si quieres ofrecerle al Señor la ofrenda de tu vida en servicio, haz primero reparación por tu pecado. Necesitas hacer reparación.

(3) Necesitas hacer ofrenda. El sacerdote ungido que pecaba debía hacer al Señor una ofrenda por el pecado cometido. Una vez que había hecho toda la reparación posible por su pecado, debía venir y presentar una ofrenda quemada. ¿Qué era esto? Si alguna vez estudiaste en detalle los diferentes tipos de ofrendas en el Antiguo Testamento, sabrás que esta ofrenda era la única en la que el animal inmolado era colocado entero sobre el altar. En el caso de las demás ofrendas, el sacerdote se quedaba con una parte, o el oferente guardaba algo, o se guardaba una porción para el Señor. Pero en el caso de la ofrenda quemada, todo el animal era puesto sobre el altar y era consumido totalmente por las llamas. ¿Qué significa esto? Simbólicamente, esto significa que quien ofrecía la ofrenda ponía toda su vida sobre el altar, con todas sus facultades, emociones, talentos, voluntad, sueños y oportunidades. Todo el ser era colocado sobre el altar y consumido por el fuego de la consagración para la gloria de Dios. Esto es lo que el apóstol estaba pensando, cuando decía: “Tomando en cuenta la misericordia de Dios, les ruego que cada uno de ustedes, en adoración espiritual, ofrezca su cuerpo como sacrificio vivo, santo, agradable a Dios” (Ro. 12:1). Pero la única manera de presentar esta ofrenda y de hacer este sacrificio es si primero hay limpieza y luego la determinación de hacer reparación. Cuando limpiamos nuestra vida de la escoria del pecado y permitimos que el Espíritu sane y libere nuestra vida por la reparación que hacemos, entonces estamos en condiciones de ofrecernos a Dios como ofrenda quemada.

Hay algo más. Cuando se consagraba a un sacerdote ungido, según Levítico 8, se lo purificaba con agua y se lo vestía de las vestiduras sacerdotales, se lo ungía con el aceite de la unción, se ofrecía la ofrenda quemada del becerro de la expiación, se presentaba y quemaba totalmente el carnero del holocausto, luego se ofrecía el carnero de las consagraciones, y finalmente el canastillo de los panes sin levadura. Es interesante notar lo que se hacía con la sangre del carnero de las consagraciones. En Levítico 8:23, leemos: “Moisés lo degolló, y tomando un poco de la sangre, se la untó a Aarón en el lóbulo de la oreja derecha, en el pulgar de la mano derecha y en el dedo gordo del pie derecho.” ¿Por qué se hacía esto con el sacerdote ungido? Estos gestos eran para mostrar al sacerdote y al pueblo que el siervo de Dios debía ser alguien con todo su ser apartado para el Señor y su servicio. El sacerdote ungido es alguien cuyo oído está absolutamente atento a la palabra de Dios, de modo que no presta oído a cosa alguna que no sea limpia, verdadera, honesta, justa, pura, amable y de buen nombre. Sus manos están ungidas para hacer lo recto delante de Dios; son manos santas que bendicen, sanan, consuelan, expresan amor y ternura; son manos que se alejan de tocar lo inmundo, sucio y corrompido; son manos que no aplauden a los que hacen lo malo ni se unen en yugo desigual con aquellos que son incrédulos y están en tinieblas. Los pies del sacerdote ungido siguen presurosos al Señor, andan en sus caminos, van allí donde él lo necesita, y no transitan en el consejo de los malos ni están en el camino de los pecadores. Cada parte y todo el ser del sacerdote ungido están totalmente consagrados al servicio de Dios.

¿Quieres ser un sacerdote ungido, a quien el Señor utilice para su gloria con una visión renovada? Es necesario que ahora mismo comiences tu proceso de limpieza y de separación de todo aquello que está contaminando tu vida. ¿Vas a hacerlo en este momento? ¿Vas a tomar la decisión, por la gracia de Dios, de permitir que el Espíritu Santo purifique tu vida y quite la escoria del pecado que te oprime? ¿Vas a hacer toda la reparación que puedas por tus pecados pasados que han afectado a otros? Cada vez que pecaste, estuviste hiriendo a alguien. ¿Vas a tomar tu vida en esta hora, con todas sus posibilidades, talentos, habilidades, pericias, dones, y la vas a poner absoluta y totalmente a disposición del Señor, para que él la utilice como él quiera? ¿Estás listo para hacer esto ahora? Si lo haces, él aceptará tu ofrenda y vas a poder vivir una vida y cumplir un ministerio que sean dignos de él.

Fuente:

Pablo A. Deiros, Liderazgo Cristiano, Formación Ministerial (Buenos Aires: Publicaciones Proforme, 2008), 72–76.

Advertisements

LAS CONSECUENCIAS DEL PECADO DEL LÍDER (parte 1)

Handsome stylish businessman on grey background

El capítulo 4 de Levítico comienza con el caso del sacerdote ungido que peca. ¿Por qué? ¿Por qué el pecado del sacerdote ungido es el primer problema de pecado que se presenta? Porque evidentemente es el más importante y el de mayores consecuencias. ¿Eres consciente de cuán terrible es el pecado en la vida del siervo o la sierva del Señor? Quizás no haya diferencias en cuanto al hecho pecaminoso en sí, pero sí hay una gran diferencia en cuanto a las consecuencias. El pecado del empleador es de consecuencias más graves que el pecado del empleado; las consecuencias del pecado del funcionario de gobierno son más graves que las de los pecados de los gobernados; el pecado del misionero es mucho más grave en sus consecuencias que el pecado de los recién convertidos nativos. ¡Qué terrible es en sus consecuencias el pecado del siervo o la sierva del Señor!

El pecado del líder afecta al pueblo creyente. ¡Cuánto daño puede causar el pecado del líder ungido en el pueblo que está bajo su cuidado y liderazgo! La Biblia de las Américas y otras versiones traducen Levítico 4:3 de esta manera: “Si el que peca es el sacerdote ungido, trayendo culpa sobre el pueblo…” El pueblo de Dios termina sufriendo las consecuencias del pecado del siervo ungido. Jeremías se lamenta, diciendo: “los profetas profieren mentiras, y los sacerdotes gobiernan a su antojo; ¡y mi pueblo tan campante!” Y se pregunta: “¿qué van a hacer ustedes cuando todo haya terminado?” (Jer. 5:31). Líder, si estás guardando un pecado que te domina, ¿qué va a pasar con tu iglesia? Amas a tu iglesia, pero la Biblia es bien clara cuando afirma que “será el pueblo como el sacerdote” (Os. 4:9, RVR). Sí, ésta es la tragedia que ocurre cuando hay pecado en la vida del líder del rebaño. Este pecado no sólo afecta al siervo o la sierva en lo personal, sino que tiene nefastas consecuencias sobre el pueblo de Dios.

El pecado del líder afecta a quienes están en contacto con él. El pecado del líder no sólo afecta al pueblo del Señor por el que es espiritualmente responsable. Este pecado afecta también a todos aquellos que toman contacto con el siervo o la sierva del Señor. Ninguno de nosotros puede pecar solo; el pecado siempre afecta a algún otro ser humano. Tu vida está permanentemente ejerciendo una influencia directa o indirecta, consciente o inconsciente, sobre cada persona que se cruza en tu camino. Si como sacerdote de Dios, como alguien que profesa ser un hijo o hija de Dios, pecas, vas a hacer más difícil a otras personas entender y aceptar el camino de Dios para sus vidas. Quizás piensas que si pecas en lo secreto, nadie va a enterarse y en consecuencia, nadie va a escandalizarse. El pecado queda entre tú y Dios. Pero la Palabra dice que tarde o temprano el pecado nos alcanza, y que no hay pecado oculto que no haya de ser manifestado. ¡No sigas pecando, líder, porque Dios te va a bajar los pantalones o tu falda, y quedará expuesta la vergüenza de tu pecado! En Jeremías 13:26–27, dice el Señor: “¡Yo también te alzaré las faldas hasta cubrirte el rostro y descubrir tus vergüenzas! He visto tus adulterios, tus relinchos, tu vergonzosa prostitución y tus abominaciones, en los campos y sobre las colinas.” ¡Arrepiéntete! ¡Vuélvete al Señor y abandona tu pecado!

El pecado del líder afecta al Señor mismo. El pecado del líder ungido afecta al Señor mismo, porque este pecado contrista al Espíritu Santo que mora en él o ella. Jamás vas a contristar a un enemigo. A un enemigo lo vas a enojar o lo vas a desafiar. Sólo se puede contristar a alguien que te ama. Y cuanto más profundo sea este amor, tanto más dolor producirá tu pecado en el corazón de quien te ama. Querido líder, si hay pecado en tu vida, ¡deja de entristecer al Espíritu Santo! No sometas más a tu Señor a la vergüenza, al martirio del dolor por tu desobediencia, a la aflicción de ver que tomas en poco la sangre de Jesús, a la frustración de sentir que sus llamadas de atención y el gemido de su amor no encuentran eco en tu mente y voluntad. ¡Basta de pisotear la cruz de Cristo y de tener en poco su sangre! ¡Arrepiéntete! ¡Vuélvete al Señor y abandona tu pecado!

SOLUCIONES

Quizás en este momento te estés preguntando: “¿Qué puedo hacer?” ¿Cuál es la solución para el problema del pecado sacerdotal en mi vida? Tengo una pregunta muy seria para plantearte y tres sugerencias prácticas para darte.

Una pregunta seria. Antes que nada, quiero plantearte de manera directa una pregunta seria y quiero que la respondas ahora mismo: ¿estás de veras deseoso de deshacerte de tu pecado y de ponerle fin a la práctica de ese pecado por amor a Jesús? ¿Estás deseoso de sacar de tu vida todo aquello que te impide ser el siervo o la sierva que Dios quiere que seas? ¿Estás preparado para confrontar ahora mismo todo aquello que el Espíritu Santo te revele como pecaminoso en tu vida? Quizás digas: “Hasta donde me consta, creo que todo está bien en mi vida.” Sí, quizás sea así. Pero el versículo anterior a nuestro texto dice: “Cuando alguien viole inadvertidamente cualquiera de los mandamientos del Señor, e incurra en algo que esté prohibido” (Lv. 4:2). La Biblia de las Américas traduce: “Si alguien peca inadvertidamente,” y la Versión Popular dice “involuntariamente.” Probablemente, antes de leer estos párrafos pensabas que ese pecado oculto no estaba mal. Pero el Espíritu Santo te ha estado redarguyendo de pecado y ha crecido en tu corazón la convicción de que esa práctica, ese hábito, esos pensamientos, ese lugar que sueles frecuentar, esas relaciones que mantienes, son pecados. Quizás pensaste antes que no había nada de malo en esas acciones y actitudes. Pero ahora el Señor te está diciendo que tu posición como sacerdote ungido es incompatible con esos pecados. Entonces, ¿qué vas a hacer? Esta es la cuestión: ¿estás dispuesto a desligarte de todo pecado y maldad en tu vida? ¿Estás dispuesto a renunciar y a despojarte de todo el pecado que te asedia?

Fuente:

Pablo A. Deiros, Liderazgo Cristiano, Formación Ministerial (Buenos Aires: Publicaciones Proforme, 2008), 71–72.

IMPORTANTE PARA UN LIDER CRISTIANO

Sabiduría

También lo es su sabiduría. Entre los hombres suele haber cierta separación entre el conocimiento y la sabiduría (1 Corintios 12:8), pero no en Dios (cf. Romanos 11:33). Algunos hombres acumulan un gran cuerpo de conocimientos y se hacen expertos en determinadas disciplinas académicas, pero no son necesariamente muy sabios. Otros son sabios, pero carecen de muchos conocimientos, por lo cual su sabiduría es limitada. Pero, puesto que Cristo tiene todos los tesoros del conocimiento, las riquezas de su sabiduría son también inagotables. La sabiduría es la habilidad de aplicar el conocimiento en situaciones concretas de tal forma que saquemos el provecho más amplio.7 Si nuestro conocimiento es limitado, nuestra sabiduría no puede ser más que parcial. Pero la omnisciencia de Cristo conduce a una sabiduría perfecta. De hecho, él es la sabiduría de Dios (1 Corintios 1:24).

Por supuesto, los falsos maestros de Colosas ofrecían a sus seguidores abundante «conocimiento» para que pudieran alcanzar verdadera «sabiduría». Ya hemos visto que los colosenses estaban en peligro de dejarse seducir por estas ideas y de intentar buscar la sabiduría en los misterios y conocimientos esotéricos de la herejía. Sin duda, los herejes enseñaban que ellos mismos tenían acceso a un entendimiento que sobrepasaba con mucho todo lo que se hallase en las páginas de la revelación divina.8 No, dice Pablo. Los tesoros de la sabiduría y el conocimiento no están repartidos entre los diferentes señores celestiales, sino que todos están concentrados en una sola persona: Jesucristo.9 Quien tiene a Cristo tiene acceso a todo entendimiento espiritual. No hace falta acudir a nadie más.

Los colosenses no necesitan ni deben buscar otra fuente de felicidad y santidad fuera de Cristo. ¿Se jactan los falsos maestros de su sabiduría y conocimiento? ¿Se glorían en los ángeles? Ni hombre, ni ángel, ni ninguna otra criatura tiene algo que ofrecer que no pueda ser hallado en Cristo en un grado infinitamente superior y en una esencia incomparablemente más sublime.10

cropped-liderazgo-ldsffdsc.jpg

Tesoros

Pero lo grande de todo esto es que Cristo pone a nuestra disposición los recursos de su sabiduría y conocimiento. Los que le sirven a él con fidelidad llegan a ser no ya sus siervos, sino sus amigos; y a éstos les dice: Ya no os llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor; pero os he llamado amigos, porque os he dado a conocer todo lo que he oído de mi Padre (Juan 15:15). Nos revela todo lo que necesitamos saber para caminar en santidad por la vida, todas aquellas verdades del evangelio que son necesarias para la salvación y la vivencia (2 Pedro 1:3). Si nos falta sabiduría o percepción espiritual, nos las da en abundancia (Santiago 1:5). Tanto la sabiduría como el conocimiento de Cristo nos son suministrados por obra del Espíritu (1 Corintios 11:8).

Y, verdaderamente, tales conocimientos son auténticos «tesoros». Basta con considerar la situación penosa de muchos de nuestros contemporáneos (que no tienen ni idea de por qué están aquí, de cuál es el sentido de la vida, de cuál es su destino y de cómo acabarán) como para darnos cuenta del inmenso privilegio nuestro de haber recibido la revelación de Dios en Cristo. Pablo mismo no dejaba nunca de maravillarse ante la gloria de esta revelación: acaba de hablar de «riquezas» (2:2); ahora habla de «tesoros».

 

David F. Burt, Cristo En Vosotros: Colosenses 1:24-2:19 (Barcelona: Publicaciones Andamio, 2006), 70–72.

 

____________________

7 Hendriksen, pág. 123. Varios autores (por ejemplo, Erdman, pág. 64) señalan que no es fácil determinar la distinción exacta entre el uso paulino de «conocimiento» y «sabiduría». Abbott, pág. 243, sugiere que el conocimiento es «intuitivo», mientras que la sabiduría es «reflexivo»; es decir, que el conocimiento es la verdad aprehendida, mientras que la sabiduría es la verdad procesada por el raciocinio.

8 MacDonald, pág. 964.

9 En Romanos 11:33, las riquezas de la sabiduría y del conocimiento pertenecen a Dios, lo cual viene a ratificar el carácter divino de nuestro Señor Jesucristo.

10 Hendriksen, págs. 122–123.

EL LÍDER Y EL PERDÓN

Perdonar es quitar la culpa del culpable. Ver a una persona con la carga de la falta que cometió, es no haber ejercido aún la gracia del perdón.

1. El ejercicio del perdón

En la última parte del libro de Génesis, un adolescente de diecisiete años (Génesis 37:2) amado de su padre, pero muy aborrecido por su hermanos, fue sentenciado primero a morir ahogado en una cisterna, y luego, como ésta no tenía agua, a desaparecer de la escena vendido odiosamente por veinte piezas de plata a una caravana de mercaderes que se dirigía a Egipto (Génesis 37:25). Solo, sin papá, sin mamá y sin familia, fue montado en un camello, para oír un idioma nuevo, costumbres nuevas y dejar de ser hijo para transformarse en un esclavo para siempre. Los hermanos, mientras tanto, con la sangre de un cabrito mancharon la túnica que le habían quitado, para decirle al padre que una bestia lo había devorado.

Pasaron alrededor de treinta y cinco años, y José acompañado por Dios ocupó lugar muy destacado en Egipto, rodeado de honores y de mucha fama. Un día, llegaron hasta él unos viejecitos miserables y desposeídos a quienes José reconoció como sus hermanos. Al verlos se echó a llorar con disimulo, pero no podía reprimir sus recuerdos y entristecerse al comprobar las consecuencias de la mentira, del odio y del pecado.

perdon-3José les perdonó, pero el fuego ardiente del remordimiento no pudo apagarse en los corazones de ellos, y cuando murió Jacob pensaron que José tomaría represalias; pues suponían que el perdón era una manera política de manejar un tema delicado frente a una persona tan anciana como su padre. Le enviaron, entonces, un mensaje: “Y enviaron a decir a José: Tu padre mandó antes de su muerte, diciendo: Así diréis a José: Te ruego que perdones ahora la maldad de tus hermanos y su pecado, porque mal te trataron; por tanto, ahora te rogamos que perdones la maldad de los siervos del Dios de tu padre. Y José lloró mientras hablaban. Vinieron también sus hermanos y se postraron delante de él, y dijeron: Henos aquí por siervos tuyos. Y les respondió José: No temáis; ¿acaso estoy yo en lugar de Dios? Vosotros pensasteis mal contra mí, mas Dios lo encaminó a bien, para hacer lo que vemos hoy, para mantener en vida a mucho pueblo. Ahora, pues, no tengáis miedo; yo os sustentaré a vosotros y a vuestros hijos. Así los consoló, y les habló al corazón” (Génesis 50:16–21).

Este modelo de perdón tiene algunos componentes importantes: Primero: El perdón tiene que ser verdadero. José ya los había perdonado (Génesis 45:6–7), pero ellos dudaban. No conocían el carácter de un varón de Dios, ni el ejercicio del perdón de Dios. Estaban acostumbrados a los modos de los pueblos y no sabían que José había aprendido otro estilo de vida en la presencia de Dios. Se había acostumbrado a no fingir, y a desechar la simulación que había en ellos mismos. El perdón que floreció cuando les vio llegar a Egipto, era una auténtica evidencia de hombre de Dios.

Segundo: Lo sucedido le causaba dolor. “José lloró mientras hablaban”. Tanto en el caso anterior como en este, corrieron por su mente muchos episodios y sucesos que ya tenían el veredicto de Dios y la historia lo evidenciaba. Nuevamente José palpó las consecuencias de la mentira, y se entristeció en gran manera al ver a sus hermanos presos de la pesadumbre y del remordimiento que arrastraron por tantas décadas. El pago de la venganza es la herida incurable del desasosiego permanente. Lloró por ver la miseria del pecado en su propia familia; lloró porque los amaba, y se entristeció mucho al ver a esos hombres mayores vencidos por una vida de culpa, gustando la triste recompensa del engaño. El líder perdona cuando siente el dolor por el pecado.

Tercero: Supo ocupar su lugar: “¿Estoy yo en lugar de Dios?” Es una tendencia humana el ocupar un lugar de preferencia o justificativo frente a una persona que se humilla como lo hicieron esos hombres. Hubiera sido su oportunidad para enorgullecerse sobre ellos, pero no ocupó ese lugar. José sabía que solamente Dios podía perdonar, y se dio cuenta de que estaba frente a la gracia divina. El perdón no es un merecimiento, sino una gracia, y la gracia es de Dios. Solamente El podía—y puede—decir: NO. El líder perdona cuando permite que Dios ocupe su lugar.

Cuarto: La lección extraída del error: “Vosotros pensasteis mal contra mí, pero Dios lo encaminó a bien”. Aquellos hombres hicieron un mal y se quedaron toda la vida con el remordimiento. No tenían a Dios, ni revelación de Dios. No había en sus planes más que un corto “aquí y ahora” que no les permitió ascender al carro de la victoria. José, que había comprendido que estaba sobre todas las cosas, tenía otra interpretación: “Dios lo encaminó … para hacer lo que vemos hoy, para mantener en vida a mucho pueblo”. Si él no hubiera tenido un corazón perdonador, Dios no hubiera podido enseñarle el valor de las pruebas; porque su amargura hubiera dominado todo y condicionado aun los planes divinos.

Quinto: La evidencia de haber perdonado: “No tengáis miedo … yo os sustentaré a vosotros y a vuestros hijos. Así los consoló y les habló al corazón” (v. 21). Los tranquilizó, les prometió abundante sostén y los consoló tiernamente. Efectivamente, José había perdonado a sus hermanos.

perdonSi estos cinco pasos pueden ayudarnos, diríamos que un líder ha perdonado cuando esta quinta actitud es una realidad: “los consoló y les habló al corazón”.
Otro ejemplo que podría ayudarnos es el de Moisés, quien siglos después, siendo ya Israel un pueblo grande, Dios levantó para que los libertara de Egipto. Este líder tuvo que perdonar ataques del pueblo, pero uno de éstos cobró singular relevancia.

Andando por el desierto cerca de Hazerot, María—su hermana—levantó una calumnia con el fin de destruir al siervo de Dios. Dios aplicó esa murmuración como a sí mismo (Números 12:2) y la mujer fue severamente castigada con lepra, en una breve ceremonia donde intervino la nube de la presencia de Jehová, y fue arrojada del campamento por siete días. Se vivió una situación tensa, porque la profetisa había caído y todo el pueblo permanecía detenido como si Dios quisiera que una meditación sincera se apoderara de cada integrante. Seriamente atacado por su hermana, Moisés estuvo afligido; no solamente por la cercanía familiar, sino por la obra que Satanás quería hacer entre los responsables. Por causa de un miembro de su familia todo se había detenido. Dios quería que la sanción fuera una lección y no una venganza, y Moisés tenía la misma interpretación; pero los tiempos eran distintos. Moisés quería evitarle el destierro y Dios no. La oración del libertador fue: “Te ruego, oh Dios, que la sanes ahora: (Números 12:13); pero la respuesta fue: “Sea echada del campamento por siete días”. Dios quería que ella supiera el precio de la murmuración, que todos supieran que Moisés era el hombre aprobado por él, y que con la murmuración en medio no hay avance: “Y el pueblo no pasó adelante hasta que se reunió María con ellos” (v. 15).

¿Cuándo un líder perdona? Cuando puede orar por su adversario en la manera en que lo hizo y esperar que Dios actuara según su voluntad.

Otros siervos de Dios también perdonaron. Podríamos recordar a David, Jeremías, Isaías o Daniel, cuyas vidas eran modelos de sujeción al Dios perdonador. Pero ¿qué sucede conmigo o con usted que muchas veces el perdón parece un acto imposible, y cuando se logra es motivo de divulgación como algo sensacional y no corriente?

Hemos leído y nos ha conmocionado el caso de Esteban. Pero con frecuencia no deja de ser un buen ejemplo de alguien “distinto” a nosotros; porque eso de clamar de rodillas: “Señor no les tengas en cuenta este pecado” (Hechos 7:60) ¡parece no ser aplicable a nuestro contexto!

Es que no necesitamos llegar a casos tan extremos. Tiempo después del incidente de Esteban, ocurrió otro en la ciudad de Colosas. Un esclavo robó a su amo y lo abandonó. En la cárcel de Roma, el fugitivo dio con Pablo, quién le explicó con cuidado el amor de Dios y la salvación para los pecadores. Onésimo se convirtió sinceramente al Señor, pero temía mucho retornar a Filemón. Pablo le preparó una carta de presentación. “Quizás para esto se apartó”, le dijo, “para que le recibieses para siempre; no ya como esclavo, sino como más que esclavo, como hermano amado.… si me tienes como compañero, recíbele como a mí mismo, y si en algo te dañó o te debe, ponlo a mi cuenta” (Filemón 15–18). Allí fue Onésimo con su carta y su corazón, para ser perdonado para siempre.
Querido líder, ¿no nos hace falta a ti y a mí, motivar nuestros corazones en la búsqueda de la sensibilidad del Espíritu, para emprender el sendero difícil del perdón? Y si lo hiciéramos ¿no habría mucha gloria para Dios, que es el perdonador por excelencia? ¿No es verdad que cuando perdono, no lo hago yo, sino la gracia de Dios que aplico para perdonar?

2. La importancia de la culpa

En la Escritura leemos que “el pecado es infracción de la ley” (1 Juan 3:4); “que toda injusticia es pecado” (1 Juan 5:17), y que los pensamientos como las palabras llevan una carga de pecado. Por ejemplo dice: “De toda palabra ociosa que hablen los hombres de ella darán cuenta en el día del juicio” (Mateo 12:36), o: “que todo lo que no es de fe es pecado” (Romanos 14:23).

Cada uno de nosotros es culpable de quebrantar la ley de Dios, aunque no nos demos cuenta o creamos que no es así, porque estamos constantemente en infracción. El tema de la culpa tal como Dios lo ve (Exodo 20:7; Levítico 5:2–5; 1 Corintios 11:27) es grave, aunque a nosotros por vivir en un entorno de gracia nos parezca que no es así.
¿Qué apropiación debemos hacer nosotros de la culpa? La respuesta a esta pregunta nos auxiliará para ejecutar el perdón. Lo primero es ver que Cristo vino “en semejanza de carne de pecado” y “condenó al pecado en la carne” (Romanos 8:3). Es un modo de comprender el significado de Isaías 53:9–11, donde dice que fue “herido por la rebelión del pueblo”, por medio del quebrantamiento y sujeción a padecimiento; tanto que hubo mucha aflicción en su alma, porque “los vituperios de los que te vituperaban, cayeron sobre mí [él] (Romanos 15:3).

Sin querer, entonces, cuando nos apropiamos de la culpa de alguna falta o pecado, es lo mismo que si quisiéramos arrancarle el efecto a la cruz y mejorarlo por nuestro medio. Es como si dijéramos que Cristo no llevó todos los pecados, ni sufrió todos los vituperios y que de algún modo tenemos que hacer justicia aparte por algunas culpas.
En segundo lugar, 2 Corintios 5:14 dice que “uno murió por todos, luego todos murieron”, mostrando que la obra sustituidora de Cristo es de carácter inclusivo. Uno murió y aplicó su muerte a todos. Pablo enseña que Cristo voluntariamente sufrió el destino que nos correspondía. “Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él” (2 Corintios 5:21). Dios le hizo pecado, le trató a él como deberíamos ser tratados nosotros, y le hizo sufrir las consecuencias penales de nuestra transgresiones. Cuando Cristo pasó por las tinieblas profundas de la condenación, cargaba sobre sí mismo el pecado (y los pecados) de mis hermanos y los míos propios. Dios quiso que cargara la culpa sucia del pecado y fuera tratado como delincuente, a fin de que nosotros gustásemos de la blancura de ía santidad. El pago fue por todos, todos están incluidos en el perdón.

Volvemos a formularnos la pregunta ¿Qué apropiación debemos hacer nosotros de la culpa? Y la respuesta sale de por sí: Ninguna. ¿Hay algo que debemos juzgar? Nada; ya está todo juzgado, nosotros simplemente aplicamos la justicia, no de los hombres, sino de Dios. Queda bien firme, en consecuencia, que solamente Dios tiene el derecho o la prerrogativa de no perdonar.

3. La experiencia del perdón

Ya al comienzo de los evangelios leemos que Juan el Bautista predicó el arrepentimiento y el perdón de los pecados (Marcos 1:4), y posteriormente el Señor Jesús insistió en el tema (Marcos 2:5; Lucas 7:43).

Tanto Mateo como Marcos enseñan que el perdón es de Dios, y que hay pecados que él se reserva el derecho de no perdonar (Mateo 12:31). Asimismo, muestran la importancia de que los hombres ejerciten el perdón como un principio legítimo para reclamar lo mismo de Dios. Leemos: “Porque si perdonáis a los hombres sus ofensas, os perdonará también a vosotros vuestro Padre celestial, mas si no perdonáis a los hombres sus ofensas, tampoco vuestro Padre os perdonará vuestras ofensas” (Mateo 6:14–15).

Posteriormente, la cruz de Cristo aparece en las epístolas como el medio para las bendiciones de Dios a los hombres, y notablemente, la primera de ellas es el perdón; que está intimamente relacionado con la redención (Efesios 1:7; Colosenses 1:14). El perdón es el don de la gracia y el sendero hacia la vida eterna, obtenido gratuitamente mediante la desaparición de la culpa (Efesios 4:32; Colosenses 1:14). Perdonar es libertar de la culpa, como bien lo expresa el verbo griego aphiemi, cuyo significado fundamental hallamos en Lucas 4:18: “pregonar libertad a los cautivos … poner en libertad a los oprimidos”. En Mateo 18:27: “perdonó la deuda”, y Lucas 17:4: “Y si siete veces al día pecare contra ti y siete veces al día volviera a ti diciendo: Me arrepiento, perdónale”, es el mismo verbo y es como si literalmente dijera: “Quítale la culpa” (comp. Mateo 18:21).

4. El gozo de la libertad

Si se tratara de un incrédulo ¿qué respuesta daríamos a la pregunta: Qué debe hacer un culpable? No tardaríamos en decir que tiene que arrepentirse y confesar sus pecados para que Cristo le perdone (Lucas 24:46–47). Pero ¿qué sucede si esa persona fuese un creyente? La respuesta se demora un poco y finalmente decimos: Lo mismo. ¿A qué se debió la demora?

perdon-2Primero, a que estamos seguros de que pecamos contra Dios, pero nos cuesta más creer que también lo hacemos contra los hermanos.

Segundo, a que en el primero una de las partes es Cristo, y sabemos que él siempre perdona. En cambio, en el otro caso los dos son seres humanos y los hombres no sabemos perdonar. Necesitamos volver una y otra vez a las Escrituras para disfrutar de la enseñanza sobre el perdón entre hermanos; para saber que la confesión mutua de las faltas libera los corazones, ennoblece la comunión unos con otros y produce generosa sanidad en el alma.
¿De qué otra manera se puede interpretar Santiago 5:16? “Confesaos vuestras ofensas unos a otros, y orad unos por otros, para que seáis sanados. La oración eficaz del justo puede mucho”. Al “retener” las faltas, nos atamos a ellas, y son a la postre las que dirigen nuestro ministerio. No, a este hermano por esto; no, al otro por aquello otro, y finalmente … disponemos de más inhibiciones, limitaciones y restricciones para el trato con los hermanos que si no fuéramos del Señor. Además, todas las cosas, que no son del Señor, resultan en instrumentos poderosos en las manos del enemigo para deprimir, limitar, enfermar y cuanta otra cosa le sea posible realizar en perjuicio del evangelio.
¿Qué hacer? Volver nuevamente al mensaje del evangelio, para reconsiderar cómo fuimos perdonados. Dice el texto que “el evangelio es el poder (dynamis) de Dios para salvar” (Romanos 1:16). Pablo, que en más de una oportunidad destacó la diferencia entre el “poder” y las “palabras” (1 Corintios 1:8; 4:20), es quien resaltó que ese poder transforma todas las esferas de la vida y cambia por completo los sentimientos.

Toda potencia puesta a nuestras disposición es por gracia, cuya raíz original es similar a la de gozo, de modo que donde podemos aprovechar del gozo es porque hemos echado mano a la gracia y viceversa. Usar de la gracia es tener libertad para dar, y nada mejor que volver a gozar del perdón del evangelio para dar perdón y disfrutar del gozo de la gracia.
Tanto el gozo como la gracia van de la mano con la libertad; de modo que es correcto decir que el ejercicio de la gracia (al perdonar) produce de inmediato gozo, y ambos libertad para actuar (Romanos 6:18, 22).

Raúl Caballero Yoccou, El líder conforme al corazón de Dios (Miami, Florida: Editorial Unilit, 1991), 98–107.