MOTIVACIÓN… lo que el líder debe saber (parte 2)

La jerarquía de Maslow: La ordenación de las necesidades motivacionales

Abraham Maslow, un psicólogo humanista, ordenó todas las necesidades motivacionales, partiendo por un nivel de necesidades básicas hasta llegar a las necesidades de orden superior, en una jerarquía (1954). En síntesis, este autor sostiene que antes de estar en condiciones de satisfacer necesidades más complejas y de orden más elevado, es preciso satisfacer determinadas necesidades primarias o más básicas.

Este modelo se ha concebido de acuerdo a la siguiente pirámide:

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Las necesidades básicas son las que se describieron como pulsiones primarias: necesidad de agua, alimento, sueño y sexo, entre otras. Para ascender por la jerarquía, una persona debe haber satisfecho estas necesidades fisiológicas básicas. Las necesidades de seguridad del segundo escalón son un ambiente seguro con el fin de funcionar con afectividad. Estos dos escalones conforman las necesidades de orden inferior. Maslow dice que solo cuando se han satisfecho las necesidades básicas de orden inferior puede una persona considerar la satisfacción de las necesidades de orden superior. El próximo escalón, amor y sentido de pertenencia, incluyen la necesidad de obtener y dar afecto y de contribuir como miembro en algún grupo o sociedad. Después que estas necesidades están cubiertas, la persona busca autoestima. Con esto Maslow se refiere a la necesidad de desarrollar un sentido de valía personal al saber que otros están conscientes de su capacidad y valor. La necesidad de más alto nivel es el de la autorrealización. Este es un estado de satisfacción consigo mismo en el que las personas desarrollan su máximo potencial.

La teoría de Maslow sostiene que los motivos superiores aparecen únicamente después de que los más básicos han sido ampliamente satisfechos. Un ejemplo de esto sería que si un hombre está hambriento, probablemente no le importe lo que la gente piense de sus modales en la mesa, o su dignidad o apariencia al pedir limosna en la calle. Pero aunque este modelo es atractivo por la organización de la amplia variedad de motivos que hay, poniéndolos en una estructura coherente, la investigación reciente ha hecho que muchos psicólogos se muestren escépticos con respecto al modelo de Maslow. En 1991 Neher señalaba que en distintas sociedades más sencillas, con frecuencia las personas tienen gran dificultad para cubrir sus necesidades fisiológicas y de seguridad, pero son capaces de formar poderosos lazos sociales y poseen un firme sentido de autoestima. En realidad, indica Neher, la dificultad para cubrir necesidades inferiores puede fomentar la satisfacción de necesidades superiores, como cuando una pareja que lucha por establecer una familia hace sacrificios para lograrlo, acercándose cada vez más a su meta como resultado de la experiencia. Además, hay investigaciones que indican que los hombres necesitan tener un firme sentido de su propia identidad (y por ende, un alto grado de autoestima), antes que puedan establecer la clase de relaciones cercanas con otros que satisfacen la necesidad de pertenencia.

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La motivación y las emociones

La relación que tiene la motivación con la emoción, es que las emociones pueden motivar nuestro comportamiento y también reflejan nuestra motivación subyacente.

Como los motivos, las emociones también activan y afectan la conducta, aunque es más difícil predecir la clase de conducta que provocarán. Si una persona está hambrienta, podemos asegurar de manera razonable, que buscará alimento. Sin embargo, si esta misma persona experimenta un sentimiento de alegría o sorpresa, no podemos saber, con certeza, cómo se comportará.

 

Ricardo Crane, “¿QUÉ NOS IMPULSA EN LA VIDA?: MOTIVACIÓN,” in Psicología: Conceptos Psicológicos Prácticos Para El Obrero Cristiano, ed. Ricardo Crane and Felipe Cortés (Miami, Florida: Editorial Unilit, 2003), 167–170.

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MOTIVACIÓN… lo que el líder debe saber (parte 1)

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Explicaciones de la Motivación: Distintos enfoques

Aunque el tema de la motivación es complejo y hay enfoques biológicos, cognitivos, y sociales, todos buscan explicar la energía que guía al comportamiento de las personas en direcciones específicas. A continuación serán presentadas una síntesis de los principales hallazgos relacionados con la motivación, específicamente se hará una apretada referencia a las principales teorías o modelos explicativos en torno a cómo se genera la motivación.

Somos motivados por instintos

La teoría de los instintos dice que la motivación es el resultado de un patrón innato de comportamiento, determinado biológicamente en lugar de ser aprendido. Los seres humanos y los animales nacemos dotados de diversos conjuntos de comportamientos preprogramados, esenciales para la supervivencia. Así, el instinto de reproducción lleva al sexo, y el instinto de examinar el territorio propio lleva a la conducta exploratoria. Freud sostuvo que las pulsiones instintivas del sexo y la agresividad motivan el comportamiento. Este punto de vista era sostenido por la mayoría de los psicólogos al comienzo del siglo XX. Sin embargo no se podían poner de acuerdo en cuanto a cuáles son los instintos primarios y llegaron a catalogar hasta 5.759 instintos. Esto pareciera que solo facilitaba la rotulación del comportamiento.

La concepción de la motivación basada en los instintos ha sido desplazada por nuevas explicaciones más elaboradas.

Somos motivados por satisfacer nuestras necesidades

Este modelo afirma que se producen pulsiones para satisfacer nuestras necesidades biológicas básicas. Si no satisfacemos la necesidad de sed, por ejemplo, se produce la pulsión de sed. Una pulsión es una tensión motivacional, o excitación, que energiza al comportamiento con el fin de satisfacer alguna necesidad. Hay pulsiones primarias, que están relacionadas a las necesidades biológicas del cuerpo, tales como el hambre, la sed, el sueño, y el sexo. Y hay pulsiones secundarias que se generan a través de las experiencias previas y el aprendizaje. Por ejemplo, si una persona tiene una gran necesidad de obtener éxito, se diría que su necesidad de logro se refleja en una pulsión secundaria que motiva su comportamiento.

Se habla de «reducción de pulsiones» en esta perspectiva por el concepto de la homeostasis. La homeostasis es ese proceso por el que un organismo trata de mantener un equilibrio biológico interno, o «estado estable». Mientras más lejos se está del nivel óptimo, o se altera el estado de satisfacción, producto del hambre, por ejemplo, entonces ello llevará a que más pulsiones de hambre se originen. El organismo, por lo tanto, se energiza o motiva como un todo para reducir esas pulsiones y mantener un estado satisfactorio.

El problema con esta teoría es que no explica todas las motivaciones. Hay motivaciones que en vez de reducir una pulsión, mantienen o aumentan un determinado nivel de excitación. Por ejemplo, hay comportamientos que son motivados por la curiosidad. Te excitas por recoger el correo, por ir a conocer un lugar al cual nunca has ido, o por indagar más sobre un chisme que corre por ahí. El que busquemos emociones realizando actividades tales como subir a la montaña rusa o navegar en balsa por los rápidos de un río no se explica por la teoría de reducción de pulsiones. En los casos previamente reseñados, la motivación parece estar en aumentar el nivel general de estimulación y actividad.

Somos motivados por la excitación

El enfoque de la motivación relativo a la excitación se refiere a la creencia de que tratamos de conservar determinados niveles de estimulación y actividad, aumentándolos o reduciéndolos, según se requiera. El nivel óptimo de excitación deseado varía en cada persona, por ello es que algunas personas intentan evitar el aburrimiento buscando situaciones de desafío, constituyéndose estos en los motivadores.

Somos motivados por incentivos

El enfoque de la motivación por incentivos presta atención a los estímulos externos mientras que el de las pulsiones presta atención a estímulos internos. El postre que traen a la mesa, después de una abundante cena, probablemente no resulta tan atractivo para reducir la pulsión de hambre ni por el mantenimiento de la excitación. Por tanto, también somos motivados por incentivos externos que dirigen y energizan al comportamiento.

Algunos psicólogos han observado que los organismos buscan satisfacer necesidades incluso cuando los incentivos no son evidentes. De ahí que hayan concluido que las pulsiones internas y los incentivos externos trabajan conjuntamente para «empujar» y «atraer» al comportamiento. Buscamos satisfacer nuestras necesidades de hambre subyacentes y a la vez somos atraídos por alimentos que parecen apetitosos en particular. Por lo tanto, en lugar de contradecirse entre sí, las pulsiones y los incentivos pueden funcionar de manera conjunta para motivar al comportamiento.

Somos motivados por nuestros pensamientos

El enfoque cognitivo de la motivación se centra en el papel que desempeñan los pensamientos, las expectativas y la comprensión del mundo. Desde un punto de vista cognitivo está la expectativa de que cierto comportamiento nos permitirá alcanzar una meta determinada. El otro punto de vista cognitivo se centra en la comprensión del valor que tiene para nosotros esa meta. La motivación que un estudiante tenga para prepararse para un examen estará determinado por su expectativa sobre la calificación que obtendrá, y del valor que le otorga el hecho de obtener una buena nota. Si la expectativa y el valor son altos, estará motivado para estudiar diligentemente.

Las teorías cognitivas de la motivación hacen una distinción entre motivación intrínseca y la extrínseca. La motivación intrínseca nos impulsa a participar en una actividad para nuestro propio gozo, y no por alguna recompensa tangible que se pueda derivar de ella. En contraste, la motivación extrínseca nos impulsa en una determinada dirección con el propósito de obtener una recompensa tangible. De acuerdo con investigaciones relativas a ambos tipos de motivación, somos más capaces de perseverar, esforzarnos y realizar trabajos de mejor calidad cuando la motivación para una tarea es intrínseca en lugar de extrínseca (Lepper y Greene, 1978; Deci y Ryan, 1985; Harackiewicz y Elliot, 1993). Algunos autores consideran que ofrecer recompensas para el comportamiento deseado puede provocar una disminución de la motivación intrínseca y un aumento de la extrínseca. Para demostrar este fenómeno, se le prometió una recompensa a un grupo de alumnos de jardín infantil si realizaban dibujos utilizando «marcadores mágicos» (una actividad para la que antes habían mostrado gran motivación). La recompensa sirvió para reducir su entusiasmo ante la tarea, puesto que más tarde mostraron mucho menor interés por dibujar (Lepper y Greene, 1978). Era como si la promesa de la recompensa debilitara su interés intrínseco en el dibujo, convirtiendo en un trabajo lo que antes había sido un juego.

 

Ricardo Crane, “¿QUÉ NOS IMPULSA EN LA VIDA?: MOTIVACIÓN,” in Psicología: Conceptos Psicológicos Prácticos Para El Obrero Cristiano, ed. Ricardo Crane and Felipe Cortés (Miami, Florida: Editorial Unilit, 2003), 163–167.

LAS PRIORIDADES

Lo que acabamos de ver puede ser un sacudimiento que desequilibre nuestra existencia. Tal vez quisiéramos renunciar a todo y comenzar de nuevo, tratando de redimir (o aprovechar) el tiempo. Se nos plantea un serio conflicto, porque una balanza de precisión está ante nuestros ojos. Por una parte, quisiéramos ser líderes como Pablo, y por otra tememos comprometernos. Descubrimos, entonces, que la vida entra en una confusión, porque no sabemos cómo distribuir nuestro tiempo. Nuestras funciones seculares (no siempre el líder está a tiempo completo) están resentidas, porque nos parece que les destinamos demasiado tiempo; nuestro hogar se resiente por la ausencia del padre. Nuestra misma salud comienza a dar señales de deterioro con menos sueño y más pobreza en la vida espiritual. Planteos en el trabajo, planteos en la casa, planteos en la iglesia. El rebaño mira para un lado y para otro, está buscando a su pastor.
¡No hay tiempo para nada! es una frase repetida, y el problema parece no tener solución. Pero el tiempo se usa o se descarta, no se puede postergar. Redimir el tiempo es usarlo con Dios y para Dios, es enfrentarlo con el reloj suyo y usarlo sabiamente.

Primero: ¿Qué significa prioridad? El diccionario nos diría que es un sinónimo de precedencia, preferencia o preeminencia; es decir una indicación de orden y rango. Sin embargo, en la Biblia el criterio es un poco diferente. Cuando el texto dice: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma y con toda tu mente. Este es el primero y grande mandamiento. Y el segundo es semejante: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. De estos dos mandamientos depende la ley y los profetas” (Mateo 22:37–40), no está queriendo decir que yo amo primero a Dios y en segundo lugar a mi prójimo, sino que mi responsabilidad de amar a Dios incluye también a mi prójimo. No son dos calidades de amor, sino una misma responsabilidad en la que Dios se menciona primero por ser tal. Hay una responsabilidad básica de amar y dos relaciones. Así lo leemos en Gálatas 5:14: “Porque toda la ley en esta sola palabra se cumple: Amarás a tu prójimo como a ti mismo”, donde no se menciona al amor de Dios, pero ya hemos visto que así lo menciona el evangelio y afirmar una parte del mandamiento es confirmarlo totalmente. Este mismo principio encontramos en Romanos 13:8–9. Luego, verdaderamente, la prioridad es amar ante todo. Posteriormente veremos cómo llegar.

Segundo: ¿Cómo establece Dios la prioridad? El texto habla de: amar a Dios y al prójimo. Sabemos quién es Dios, porque es único, solo y verdadero (Juan 17:3), pero el prójimo, ¿es también uno solo? o ¿son muchos? En Romanos 13:8 que citamos más arriba leemos: “No debaís a nadie nada, sino el amarnos unos a otros; porque el que ama al prójimo, ha cumplido la ley”. Aquí “el prójimo” son todos los hermanos, todos aquellos distinguidos con la salvación que nos alerta para andar “de día” esperando el retorno de Cristo (vv. 11–12). Luego en Romanos 15:2 “Cada uno de nosotros agrade a su prójimo en lo que es bueno, para edificación” otra vez vemos que no solamente es “soportar las flaquezas de los débiles” (v. 1), sino que también es tener “entre vosotros un mismo sentir según Cristo Jesús” (v. 5).

Amar a mi prójimo es, entonces, aplicar el amor de Dios a todos los que me rodean. Este pensamientos es el que encierra Efesios 4:25: “Por lo cual desechando la mentira, hablad verdad cada uno con su prójimo; porque somos miembros los unos de los otros”. Donde Dios está, está también el amor y el amor es el vínculo perfecto (Colosenses 3:14).
La prioridad es amar a Dios sobre todas las cosas. Es lo mismo que leemos en Mateo 6:33: “Mas buscad primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas os serán añadidas”. Cuando “las cosas” ocupan el lugar del amor, estamos pecando, y no hay bendición. Leemos en 1 Corintios 10:31: “Si, pues, coméis o bebéis, o hacéis otra cosa, hacedlo todo para la gloria de Dios”.

Estas consideraciones nos tranquilizan, porque cuando un líder tiene que atender a su hogar está también amando a Dios, tanto como cuando empleamos tiempo en la iglesia. Amar a mi señora y a mis hijos, es amar a mi prójimo como Dios manda. Alguno, debido al trabajo secular, tiene que abandonar momentáneamente algunas actividades, y se siente mal porque cree que está robando a Dios. Pero en su conciencia puede tener paz, porque no ha cambiado el amor a Dios por “las cosas”, sino que aun por ese medio está honrando a Dios; siempre que pueda aplicar la Escritura: “Y todo lo que hacéis, sea de palabra o de hecho, hacedlo todo en el nombre del Señor Jesús, dando gracias a Dios Padre por medio de él” (Colosenses 3:17).

Tercero: ¿De qué manera debemos aplicar las prioridades? En lugar de hablar o de insistir en que Dios está primero en la vida, es más coherente decir que es el centro de mi vida. Así lo dice el texto: “Amarás al Señor tu Dios de todo tu corazón …” (Mateo 22:37). para que nunca pueda salir de nuestra intimidad, y si lo hace ya no amamos más con el amor de Dios; “las cosas” ocuparon el centro.

Necesitamos, ahora, conocer como hacemos para que sea así en la vida práctica. Al leer la Biblia descubrimos que nos manda a realizar ciertas cosas. Ordenes tales como: “Sed santos, porque yo soy santo” (1 Pedro 1:16); “Haya, pues, en vosotros este sentir que hubo también en Cristo Jesús” (Filipenses 2:5); “orad sin cesar” (1 Tesalonicenses 5:17), que, al formar parte de nuestra relación con Dios, nos ayudan a comunicarnos sabiamente con él y entrar mejor en los secretos de su voluntad.

Luego, estamos en una sociedad que necesita conocer a Dios, y comenzamos a dar testimonio. El tema de ser “testigos” no solamente ocupó la mente de los apóstoles (Hechos 10:39–41), sino que debería ser preocupación de todos los cristianos, y muy especialmente de los líderes (1 Pedro 5:12). Si él ha querido que estemos en un trabajo, cumplamos con una tarea ineludible, pero con gozo.

 

Fuente:
Raúl Caballero Yoccou, El líder conforme al corazón de Dios (Miami, Florida: Editorial Unilit, 1991), 93–95.

LIDERAZGO NO ES…

1. Liderazgo no es poder: La primera noción errónea que uno encuentra al hablar de este tema es aquella de que el jefe de la compañía, el capataz de la sección, es su líder. Que los mandatarios de turno de un país son sus “líderes políticos”. Que los pastores son los “líderes espirituales” del rebaño de Dios. Liderazgo incluye poder; sin embargo, un individuo puede tener la suma del poder sin que eso signifique que sea poderoso. Puede ser autoritario, pero esto no quiere decir que tiene autoridad. Todo líder cuenta con cierta medida de poder ejecutivo, derivado de su posición, del dinero que administra, del conocimiento que ha acumulado, o una combinación de todo esto. Los políticos, la policía, el ejército, los maestros, tienen poder. Pero, ¿son todos ellos líderes? Pregúntese, de otra manera, ¿A cuántos que conozco aspiraría a imitar, a modelar mi vida según el patrón de sus conductas? ¿Estos individuos “poderosos” le inspiran a la grandeza? Esto le dará una pauta somera de la diferencia que hay entre poder y liderazgo.

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2. Liderazgo no es posición: Un individuo puede ser llamado a ocupar una posición jerárquica dentro de una empresa, de una institución educativa o de cualquier otra índole. Puede postularse para cierto cargo público y ser democráticamente elegido. Puede ostentar el honroso título de presidente de la nación, gobernador de la provincia, gerente del banco, manager de una planta industrial, senior pastor, anciano de la iglesia o diácono de la congregación. Todo muy honorable y digno de respeto pero, “la etiqueta no hace el producto”. Liderazgo va más allá de un título que alguien ostenta por ocupar una posición. Liderazgo siempre es una función, una tarea que se debe cumplir. Por esta razón el apóstol Pablo, cuando trata el tema del liderazgo dentro de la iglesia de Dios, afirma: “Si alguno aspira a ser supervisor, a buena función aspira”(1 Timoteo 3:1 NVI). Numerosos individuos aspiran a una posición y cuando finalmente la logran, pasan a ser el freno de la organización. Todo líder tiene posición, pero no todos los que ocupan una posición son necesariamente líderes.

3. Liderazgo no es personalidad: Los seres humanos somos proclives a crear estereotipos. En muchos círculos cristianos, por ejemplo, se piensa que “poder espiritual” es sinónimo de gritería. Y cuanto más grita un individuo el mensaje, tanto más “poderoso” se lo considera. De la misma manera, cuando de liderazgo se trata, con frecuencia muchos lo asocian con una personalidad extrovertida o con la habilidad de ser persuasivo, y hasta con ser algo cómico. Uno de los escritores contemporáneos mas prolíficos sobre el tema, enseña en uno de sus libros que la clave para llegar a ser líder está en desarrollar una personalidad “carismática” o “personalidad plus”. A fin de desarrollar una personalidad magnética, exhorta a aprender de los artistas de Hollywood, de la manera que se conducen cuando hacen su trabajo frente al público. ¿Es el liderazgo cuestión de personalidad?
Para este modo de pensar, John W.Gardner, uno de los escritores mas prolíficos sobre el tema de liderazgo, tiene algo significativo que decir:

Los líderes vienen de muchas formas, con diferentes estilos y diversas cualidades. Hay líderes quietos y otros tan ruidosos que uno los puede oír desde la provincia de al lado. Algunos hallan su fortaleza en la elocuencia, otros en la capacidad de emitir juicios acertados, otros en el valor.

Esta verdad autoevidente que viene de la literatura secular, también puede ser profusamente ilustrada con ejemplos provenientes de la Biblia, tanto del Antiguo como del Nuevo Testamento. Moisés lleva al pueblo de Israel desde Egipto hasta la frontera de la tierra prometida; pero es Josué quien finalmente la conquista e introduce al pueblo en ella. ¿Eran idénticos en personalidad el uno al otro? Los resultados positivos de sus respectivas gestiones, ¿fueron fruto de sus personalidades carismáticas? Si se analizaran los jueces y los profetas se vería emerger el mismo principio: que cada uno de ellos sirvió efectivamente a su generación no obstante tener personalidades básicas totalmente diferentes.

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4. Liderazgo no es una carrera: Ser líder es ser siervo de una misión, de una causa poderosa. El liderazgo no está diseñado para satisfacer la ambición personal de ningún individuo. Muchos aspiran a ser líderes pero, en realidad, su motivación apunta a las recompensas que conlleva el obrar efectivamente. Les gustaría alcanzar el estilo de vida o “status” de los triunfadores. A diferencia de una carrera vocacional, en la que el individuo hace un esfuerzo por satisfacer su sed de logros y realizaciones, el liderazgo es una misión que lleva por fin ayudar que los seguidores desarrollen su propio potencial. Y, al lograrlo, ayudarán a alcanzar los resultados que la misión requiere, cualquiera sea ella.
La mejor ilustración de todo lo que estamos diciendo, la ofrece la historia del primer rey de Israel. Cuando Saúl fue investido como monarca de la nación judía probablemente no había ningún individuo que en potencia reuniese mayor número de cualidades notables para llegar a ser un estadista destacado. Dotado de capacidades intelectuales y actitudes formidables, cualquiera habría imaginado que al asumir la función de rey, su marcha continuaría siendo ascendente hasta el final. No obstante, nada pudo estar más alejado de la realidad. He aquí un hombre que de golpe fue investido con la posición política mas elevada de su nación, y en consecuencia se le ofrece todo el poder del que quiera disponer; era dueño de una personalidad “carismática” que le podría ganar el afecto de todo el pueblo, y la posibilidad de hacer un impacto significativo en el curso histórico de su país. Y sin embargo, cuando su vida termina, nos asombramos ante el suicidio del rey y la ruina en que se encuentra la nación como consecuencia de su accionar. De la misma manera, hombres y mujeres hoy cuentan con los mismos elementos y oportunidades; no obstante, cuando sus vidas son analizadas desde la perspectiva de la eternidad y con los patrones de la verdadera grandeza, son hallados faltos a pesar de haber tenido personalidades y oportunidades formidables para hacer un impacto significativo.

Si liderazgo no debe ser confundido con estos cuatro conceptos erróneos, entonces, en definitiva, ¿cómo, entonces, se puede definir?

Liderazgo SI ES influencia.

Bien podríamos ofrecer otras muchas definiciones, pero, después que uno ha analizado cada una de ellas, todos los autores que han estudiado el tema coinciden en afirmar lo siguiente: el liderazgo está íntimamente ligado con capacidad, actividad, metas e influencia. Y todo esto está sustentado por ciertas cualidades morales que proveen el fundamento para que el liderazgo sea posible. Por lo tanto, una definición básica de liderazgo sea en el ámbito de lo secular o lo espiritual, sería: la capacidad y actividad de influenciar a individuos para que alcancen metas prefijadas.

Fuente:

Jorge Oscar Sánchez, El líder del siglo XXI (Miami, Florida, 2001), 21–27.

Autoridad

La palabra exousia, traducida usualmente por «autoridad» [46 veces en la RV60] o «poder» [16 veces en RV60. Más a menudo aparece «potestad» unas 22 veces], en el sentido de autoridad (potestas), se emplea en el NT para referirse a diferentes cosas. Puede señalar al poder para perdonar pecados (Lc. 5:24, «potestad» en RV60), al poder para echar fuera demonios (Mr. 6:7, «autoridad» en RV60), al privilegio de la filiación divina (Jn. 1:12, «potestad» en RV60), a la autoridad de los gobernantes civiles (Jn. 19:10, «autoridad» en RV60), al control de las posesiones (1 Co. 9:4, «derecho» en RV60), al derecho o responsabilidad matrimonial (cf. 1 Co. 7:4), al privilegio apostólico (1 Co. 9:6, al reino universal de Cristo (Mt. 28:18, «potestad» en la RV60), o, más específicamente, a la autoridad de la palabra y obra de Cristo (Mt. 7:29 «autoridad» en RV60, cf. los pasajes paralelos) comparada con la de los escribas. Las ideas de derecho, privilegio y poder compulsivo están todas agrupadas en el concepto.

autoridad

La Biblia deja claramente sentado que la verdadera fuente y asiento de la autoridad está en Dios. Esto es verdad aun del poder civil (Ro. 13:1), aunque en la tierra y especialmente en el cielo hay poderes usurpadores que Dios frustra y destruye (cf. Ef. 3:10; Col. 2:15). Pero esto es mucho más cierto en cuanto a la esfera espiritual. Dios solo puede perdonar pecados (Mr. 2:7), revelar la verdad absoluta y hablar en un tono de mandato absoluto (cf. Lc. 7:8). Ninguna autoridad humana podría permanecer, a no ser que se derive de Dios y lo sirva a él.

Sin embargo, la autoridad divina se ejerce en el Hijo de Dios y a través de él. Si él resiste la tentación de recibir honor mundano del diablo, esto se debe a que él ya es «la cabeza de todo principado y potestad» (Col. 2:10), y porque está destinado a ser exaltado en esa forma por Dios. De esta manera, aún el gobierno civil volverá a Cristo, así como se deriva de él. Pero él también tiene el poder de perdonar pecados (Mr. 2:10), librar de las fuerzas demoníacas (Mt. 9:8), vencer las enfermedades y la muerte (cf. Jn. 10:18), y para enseñar y ordenar con todo el derecho y el constreñimiento de Dios mismo (Mr. 1:22, 27). La autoridad divina misma está contenida en Jesucristo, y por medio de esta autoridad absoluta es que se debe medir toda otra autoridad civil o eclesiástica.

Sin embargo, Cristo no ejercita directamente su autoridad en este tiempo entre sus dos venidas. Debido a esto, es justo y apropiado que existan autoridades relativas que tengan el derecho de ser obedecidas. Las fuerzas de la ley y el orden constituyen esta autoridad en el orden civil, y deben ser así honradas, no en virtud de alguna validez inherente, sino en virtud de la comisión y función que Dios les entregó. Una posición similar, aunque menos equívoca, ocupan los apóstoles en la esfera eclesiástica en su calidad de testigos primarios y autoritativos de las palabras y la obra de Jesucristo encarnado, crucificado y resucitado.
¿Pero cómo es que la autoridad apostólica se ejerce en el período posapostólico? Este es un tema crítico en las discusiones que hoy se realizan sobre la autoridad espiritual o eclesiástica, la que descansa en el presupuesto de que la autoridad absoluta pertenece a Cristo solo, y a los apóstoles una autoridad secundaria; pero que después ve esta autoridad ejerciéndose hoy en una variedad de formas. Así pues, algunos argumentan que los apóstoles trasmitieron su autoridad a sucesores episcopales, o que la iglesia misma es autoritativa, o de que existe una tradición apostólica autoritativa, añadida al testimonio escrito del NT, o que las primeras decisiones e interpretaciones de la iglesia antigua tienen una autoridad distintiva, de tal forma que, por lo menos hay una continua acción recíproca de autoridades en la iglesia bajo la dirección del Espíritu Santo.

Ahora bien, debe admitirse que hay ciertas áreas de la vida de la iglesia en las cuales la iglesia misma, sea local o universal, tiene cierto derecho de tomar el control u orden, p. ej., en la forma de culto, el ejercicio de la disciplina, y hasta en la definición más precisa de la doctrina. También podría admitirse aun que lo que ha sido hecho en los siglos pasados en cumplimiento de este derecho, por ejemplo, en las decisiones y cánones de los concilios antiguos, no dejan de tener su importancia. Hasta esta medida se debe tomar en cuenta apropiadamente las varias pretensiones de autoridad que se esgrimen en la discusión contemporánea.

Sin embargo, parece que no hay ningún apoyo bíblico para suponer que la autoridad apostólica haya sido heredada por otros. Los apóstoles solos son los testigos primarios de Cristo, y sólo a ellos se les atribuye una autoridad mediata. Así que, si la autoridad apostólica no ha pasado del todo, está, entonces, preservada en sus escritos como el testimonio inspirado y normativo a través del cual Jesucristo todavía habla y obra por su Espíritu. En otras palabras, es a través de la Biblia que Cristo ahora ejerce su autoridad divina, imparte verdad autoritativa, promulga mandamientos autoritativos e impone una norma autoritativa por medio de la cual se deben plasmar y corregir todos los arreglos y afirmaciones de la iglesia.

 
W.C.G. Proctor, «AUTORIDAD», ed. Everett F. Harrison, Geoffrey W. Bromiley, y Carl F. H. Henry, Diccionario de Teología (Grand Rapids, MI: Libros Desafío, 2006), 69–70.