¿TE CUESTA TOMAR DECISIONES?… LEE ESTO

¿Tiene problemas para tomar decisiones? ¿Se pregunta por qué y cómo su cónyuge toma decisiones de manera diferente a la suya? Existen razones que explican las diferencias que afectan la manera en que cada uno de ustedes se comunica.

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Algunas personas son las que piensan (pensadores) y toman decisiones rápidamente, mientras que otras son las sentimentales, a las que parece que les lleva toda la vida tomar una decisión. El estilo de comunicación del pensador tiende a transmitirse de manera cortante, clara, definida y decisiva, mientras que el sentimental tiende a ser cauteloso, amable, investigador y orientado hacia las opciones.

Este tercer conjunto de preferencias del MBTI (Tipo de indicador Myers-Briggs) —el pensador (T) o el sentimental (F)— muestra cómo usted y su compañero o compañera individualmente prefieren tomar decisiones. Estas diferencias serán muy evidentes en el proceso de comunicación. Para que una relación tenga éxito, necesitará armonizar sus diferencias y desarrollar su propio estilo para tomar decisiones como pareja.
El doctor David y Jan Stoop describen estas dos clases de personalidad:

La gente que piensa puede tomar distancia para mirar la situación. Toman una decisión desde un punto de vista objetivo, interpretando la situación desde afuera. Creen que si reúnen los datos suficientes pueden llegar a la verdad. Siempre están buscando esta verdad, que creen que existe como un absoluto. Estas personas ven las cosas como blanco o negro: absolutos. Si la respuesta parece rayar en la zona gris, piensan que no han reunido los datos suficientes. Si pueden mirar un poco más allá, descubrirán la verdad.

Por otro lado, las personas sentimentales siempre toman decisiones desde un punto de vista personal, poniéndose en la situación. Son subjetivos y creen que dos verdades pueden coexistir.

La diferencia entre un pensador y un sentimental se puede ver en la manera en que los dos toman decisiones, como comprar un automóvil. Los pensadores consiguen los informes para el consumidor y hacen una investigación de los diferentes tipos de automóviles. Puede preguntarse: ¿Cuál es el mejor valor financiero? ¿Cuál es el más seguro? Decidirán cuál criterio es el más importante y luego tomarán una decisión basada en ese criterio. Cuando van al negocio de automóviles sabrán exactamente lo que quieren y ni siquiera ese vendedor persuasivo los puede convencer de comprar otro automóvil.

La gente que se guía por los sentimientos comienza a mirar todos los automóviles que hay en la calle. ¿Qué automóvil me gustaría manejar en este mismo momento?, se preguntan. ¿Qué color se ve bien? ¿Qué marca? ¿Qué estilo? Cuando llegan al negocio de automóviles, pueden pensar: Quiero un Honda coupé azul. Pero luego de mirar a su alrededor durante un rato, se enamoran de un Honda Accord color verde metálico. Y ese es el automóvil que compran, aunque cueste más dinero.

Las preguntas importantes que debe hacerse son: ¿Cómo tomo una decisión? ¿Escucho más a mi cabeza cuando tomo buenas decisiones o escucho más a mi corazón?

Entonces, ¿qué me dice? ¿Escucha más a su cabeza o a su corazón cuando toma decisiones? ¿Qué me dice de su cónyuge?

decisionesUsar la cabeza, usar el corazón

La preferencia en cuanto al pensamiento o a los sentimientos es el rasgo que refleja cómo maneja usted sus emociones, aunque el rasgo realmente tiene muy poco que ver con sus emociones en sí. Los que piensan, por lo general, se sienten incómodos cuando hablan acerca de sus sentimientos. También pueden sentirse incómodos en las áreas de la estética y de las relaciones. Otros pueden verlos como lejanos y fríos, aunque en realidad sean muy sensibles.

Los individuos sentimentales se encuentran cómodos con sus emociones. No solo están conscientes de sus propios sentimientos, sino que pueden sentir también lo que los demás experimentan. Cuando se trata de tomar una decisión, no están preocupados por cómo los afecta a ellos sino también por cómo afecta a los demás.
Para mostrarle la diferencia, si un pensador estuviera en un jurado, su preocupación sería la justicia y la equidad. Se fijaría en los hechos, encontraría la verdad y luego tomaría una decisión. Un sentimental en un jurado se preocuparía por la misericordia. Los hechos están bien, pero ¿cuáles eran las circunstancias? ¿Por qué la persona hizo lo que hizo? Le gustaría otorgar el beneficio de la duda.2 (¿A quién le gustaría tener en su jurado?)

¿Tiene idea de dónde está parado en este sentido? ¿Y su cónyuge? ¿Se sienten cómodos con los rasgos del otro? ¿De qué manera sus rasgos producen un impacto en la comunicación entre ambos?

El pensador

Si usted es un pensador (T), es el que permanece en calma y sereno cuando todos los demás están alterados. Mantiene el tino. Es el epítome de la equidad cuando toma una decisión; pero no le preocupa mucho qué será lo que hace feliz a los otros. Es más firme que tierno. Quiere asegurarse de que los demás sepan dónde está parado, les guste o no. Dirá lo que cree en lugar de dejar que los demás piensen que están en lo correcto.
En realidad, no le preocupa si le cae bien a la gente o no. Lo importante es tener la razón. Es insensible a las críticas. Puede soportarlas. ¿Y qué me dice de discutir? Seguro, algunas veces por mera diversión. Para usted es importante ser objetivo aun cuando los otros interpreten mal sus motivaciones. Y si también es un extrovertido, ¿cómo afectará esto sus discusiones? (Recuerde, un extrovertido cree que una frase más aclarará las cosas.)

Si es un pensador, disfruta tomando decisiones difíciles y no puede entender por qué a los otros les cuesta tanto hacer lo mismo. Todo lo que sea lógico o científico lo impresiona; lo atrae.

En sus relaciones interpersonales puede tener dificultad para recordar nombres. En una relación, necesita razones lógicas que justifiquen la existencia de ella. Mira a su compañero o compañera no solo de manera realista sino también crítica. Tiende a corregir y trata de redefinir a su cónyuge. Puede expresar esto tanto de manera verbal como no verbal.

Esta clase de personas son reservadas en la manera en que muestran el amor, y algunas veces esa expresión es bastante impersonal. No quieren perder el control.
Tienen un filtro incorporado para eliminar las partes emocionales de la comunicación. A ellos les resulta incómodo compartir sus emociones. Los detalles simples pero delicados en una relación no están presentes.

liderazgo.ldsffdscEl sentimental

Si usted es una persona sentimental tiene una antena interna que capta cómo se sienten los demás. Y algunas veces les permite que le dicten la manera en que debe responder. Tiende a excederse para satisfacer las necesidades de los demás, aunque algunas veces le cueste.

Cuando trata de tomar una decisión, siempre se pregunta: ¿Cómo afectará a los demás? Algunas veces termina con una sensación de tensión: le gusta ayudar a los demás pero siente que siempre está dando mientras los demás toman. Puede sentir que los otros sacan ventaja de usted y que sus propias necesidades no se satisfacen.
Si es un sentimental, es una persona querida. ¿Por qué? Porque siempre actúa de pacificador. Su lema es: «Llevémonos bien». Algunas veces, los demás se preguntan si usted es de goma, ya que tiende a cambiar lo que ha dicho si piensa que ha ofendido a alguien.

Es muy consciente de las razones personales que tiene para desarrollar una relación. Ve lo mejor de su cónyuge y no escatima expresiones de amor. Demuestra su cariño de una manera muy personal: a través de las palabras, de tarjetas, de acciones y demás. Constantemente está escudriñando los mensajes de la otra persona para ver si existe algún significado emocional en sus palabras. Aprecia cualquier ofrecimiento de respuesta emocional a menos que sea negativa. No desea que nada socave su relación.

Fuente:
H. Norman Wright, Comunicación: La clave para su matrimonio: Una guía práctica para crear una relación feliz y satisfactoria (Miami, FL: Editorial Unilit, 2002), 179–183.

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LIDERAZGO NO ES…

1. Liderazgo no es poder: La primera noción errónea que uno encuentra al hablar de este tema es aquella de que el jefe de la compañía, el capataz de la sección, es su líder. Que los mandatarios de turno de un país son sus “líderes políticos”. Que los pastores son los “líderes espirituales” del rebaño de Dios. Liderazgo incluye poder; sin embargo, un individuo puede tener la suma del poder sin que eso signifique que sea poderoso. Puede ser autoritario, pero esto no quiere decir que tiene autoridad. Todo líder cuenta con cierta medida de poder ejecutivo, derivado de su posición, del dinero que administra, del conocimiento que ha acumulado, o una combinación de todo esto. Los políticos, la policía, el ejército, los maestros, tienen poder. Pero, ¿son todos ellos líderes? Pregúntese, de otra manera, ¿A cuántos que conozco aspiraría a imitar, a modelar mi vida según el patrón de sus conductas? ¿Estos individuos “poderosos” le inspiran a la grandeza? Esto le dará una pauta somera de la diferencia que hay entre poder y liderazgo.

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2. Liderazgo no es posición: Un individuo puede ser llamado a ocupar una posición jerárquica dentro de una empresa, de una institución educativa o de cualquier otra índole. Puede postularse para cierto cargo público y ser democráticamente elegido. Puede ostentar el honroso título de presidente de la nación, gobernador de la provincia, gerente del banco, manager de una planta industrial, senior pastor, anciano de la iglesia o diácono de la congregación. Todo muy honorable y digno de respeto pero, “la etiqueta no hace el producto”. Liderazgo va más allá de un título que alguien ostenta por ocupar una posición. Liderazgo siempre es una función, una tarea que se debe cumplir. Por esta razón el apóstol Pablo, cuando trata el tema del liderazgo dentro de la iglesia de Dios, afirma: “Si alguno aspira a ser supervisor, a buena función aspira”(1 Timoteo 3:1 NVI). Numerosos individuos aspiran a una posición y cuando finalmente la logran, pasan a ser el freno de la organización. Todo líder tiene posición, pero no todos los que ocupan una posición son necesariamente líderes.

3. Liderazgo no es personalidad: Los seres humanos somos proclives a crear estereotipos. En muchos círculos cristianos, por ejemplo, se piensa que “poder espiritual” es sinónimo de gritería. Y cuanto más grita un individuo el mensaje, tanto más “poderoso” se lo considera. De la misma manera, cuando de liderazgo se trata, con frecuencia muchos lo asocian con una personalidad extrovertida o con la habilidad de ser persuasivo, y hasta con ser algo cómico. Uno de los escritores contemporáneos mas prolíficos sobre el tema, enseña en uno de sus libros que la clave para llegar a ser líder está en desarrollar una personalidad “carismática” o “personalidad plus”. A fin de desarrollar una personalidad magnética, exhorta a aprender de los artistas de Hollywood, de la manera que se conducen cuando hacen su trabajo frente al público. ¿Es el liderazgo cuestión de personalidad?
Para este modo de pensar, John W.Gardner, uno de los escritores mas prolíficos sobre el tema de liderazgo, tiene algo significativo que decir:

Los líderes vienen de muchas formas, con diferentes estilos y diversas cualidades. Hay líderes quietos y otros tan ruidosos que uno los puede oír desde la provincia de al lado. Algunos hallan su fortaleza en la elocuencia, otros en la capacidad de emitir juicios acertados, otros en el valor.

Esta verdad autoevidente que viene de la literatura secular, también puede ser profusamente ilustrada con ejemplos provenientes de la Biblia, tanto del Antiguo como del Nuevo Testamento. Moisés lleva al pueblo de Israel desde Egipto hasta la frontera de la tierra prometida; pero es Josué quien finalmente la conquista e introduce al pueblo en ella. ¿Eran idénticos en personalidad el uno al otro? Los resultados positivos de sus respectivas gestiones, ¿fueron fruto de sus personalidades carismáticas? Si se analizaran los jueces y los profetas se vería emerger el mismo principio: que cada uno de ellos sirvió efectivamente a su generación no obstante tener personalidades básicas totalmente diferentes.

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4. Liderazgo no es una carrera: Ser líder es ser siervo de una misión, de una causa poderosa. El liderazgo no está diseñado para satisfacer la ambición personal de ningún individuo. Muchos aspiran a ser líderes pero, en realidad, su motivación apunta a las recompensas que conlleva el obrar efectivamente. Les gustaría alcanzar el estilo de vida o “status” de los triunfadores. A diferencia de una carrera vocacional, en la que el individuo hace un esfuerzo por satisfacer su sed de logros y realizaciones, el liderazgo es una misión que lleva por fin ayudar que los seguidores desarrollen su propio potencial. Y, al lograrlo, ayudarán a alcanzar los resultados que la misión requiere, cualquiera sea ella.
La mejor ilustración de todo lo que estamos diciendo, la ofrece la historia del primer rey de Israel. Cuando Saúl fue investido como monarca de la nación judía probablemente no había ningún individuo que en potencia reuniese mayor número de cualidades notables para llegar a ser un estadista destacado. Dotado de capacidades intelectuales y actitudes formidables, cualquiera habría imaginado que al asumir la función de rey, su marcha continuaría siendo ascendente hasta el final. No obstante, nada pudo estar más alejado de la realidad. He aquí un hombre que de golpe fue investido con la posición política mas elevada de su nación, y en consecuencia se le ofrece todo el poder del que quiera disponer; era dueño de una personalidad “carismática” que le podría ganar el afecto de todo el pueblo, y la posibilidad de hacer un impacto significativo en el curso histórico de su país. Y sin embargo, cuando su vida termina, nos asombramos ante el suicidio del rey y la ruina en que se encuentra la nación como consecuencia de su accionar. De la misma manera, hombres y mujeres hoy cuentan con los mismos elementos y oportunidades; no obstante, cuando sus vidas son analizadas desde la perspectiva de la eternidad y con los patrones de la verdadera grandeza, son hallados faltos a pesar de haber tenido personalidades y oportunidades formidables para hacer un impacto significativo.

Si liderazgo no debe ser confundido con estos cuatro conceptos erróneos, entonces, en definitiva, ¿cómo, entonces, se puede definir?

Liderazgo SI ES influencia.

Bien podríamos ofrecer otras muchas definiciones, pero, después que uno ha analizado cada una de ellas, todos los autores que han estudiado el tema coinciden en afirmar lo siguiente: el liderazgo está íntimamente ligado con capacidad, actividad, metas e influencia. Y todo esto está sustentado por ciertas cualidades morales que proveen el fundamento para que el liderazgo sea posible. Por lo tanto, una definición básica de liderazgo sea en el ámbito de lo secular o lo espiritual, sería: la capacidad y actividad de influenciar a individuos para que alcancen metas prefijadas.

Fuente:

Jorge Oscar Sánchez, El líder del siglo XXI (Miami, Florida, 2001), 21–27.

LOS BUENOS LÍDERES DELEGAN

I. ¿Qué significa delegar?

delegarEste es un término cuyo uso regular en nuestra lengua no trasmite toda la riqueza de significado que contiene. Decimos habitualmente: Hoy llegan los delegados a la convención; la delegación de Lituania asistirá al congreso. Por lo general asociamos delegados con espectadores, personas que asisten a un evento pero que carecen de poder de decisión.

El término delegado, sin embargo, significa: “Una persona a quien se delega una función o poder”. Y delegar es: “Dar una persona a otra, la facultad o poder que aquélla tiene para que haga sus veces”. Ser delegado idealmente no es algo pasivo. Es, más bien, colocar en manos del individuo que ha cumplido satisfactoriamente con todos los requerimientos que su trabajo demanda, el poder de tomar decisiones y de desenvolverse con poca o ninguna supervisión. Es una manera efectiva de ayudar al crecimiento personal, al desarrollo y a la participación de mis dirigidos. Es permitir que a costa de mi dinero, si es una posición paga, de mi tiempo, y de mi buen nombre, alguien tenga la oportunidad de extenderse. Incluso a la persona se le concede un margen que admita la comisión de ciertos errores.

II. ¿Por qué debemos delegar?

A. Porque se puede satisfacer mayor número de necesidades:
“Prefiero poner mil hombres a trabajar, que hacer el trabajo de mil hombres”, decía Dwight L. Moody. Las expectativas que la comunidad secular y los miembros tienen de un líder cristiano y la institución que dirige, son demasiado vastas y complejas. Dios mismo espera que cumpla varias tareas y estas responsabilidades exigen tantas habilidades y virtudes que jamás podrá cumplirlas todas por sí solo. No importa cuán dedicado sea a su misión, cuán prodigiosa sea su vitalidad física, cuán poderoso su entusiasmo, cuán variados sus dones espirituales: no hay líder lo suficientemente capacitado como para poder hacerlo todo por sí mismo. En un día de veinticuatro horas se puede hacer tanto, y no más. De ahí que un líder sea alguien que aprende a multiplicarse a través de otros. Sabe la variedad infinita de necesidades que debe atender, comprende cuales son las expectativas que no puede defraudar, y necesita en consecuencia la colaboración de otros para responder a todas esas demandas en forma efectiva.
Todo líder es lo suficientemente realista como para comprender que nadie puede ser competente en todas la áreas; y que, además, no va en beneficio del mejor uso de su tiempo y habilidades el desempeñar funciones para las cuales cuenta con otros que están calificados. A veces sus colaboradores pueden hacer la tarea mejor que él en ciertas áreas específicas. Otras veces, ellos pueden hacer tareas más sencillas que lo dejan libre para concentrarse en programas para los cuales sus seguidores no están capacitados. Lo cierto es que, cuanto más personas bien equipadas asistan al líder, en la misma proporción crecen las posibilidades de atender a las necesidades de los demás y de que el ministerio crezca.

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B. Motiva y desafía: ¿Cómo se sintió cuando le dieron una promoción en el empleo? ¿Qué experimentó cuando lo llamaron a llevar una responsabilidad mayor en el ministerio donde sirve? ¿Qué ocurre dentro de nosotros cuando se nos ofrece un trabajo que implica un desafío? En lo más profundo del alma parece despertar una fuerza poderosa que anhela elevarse a la altura de la oportunidad que se nos brinda. Por el contrario, ¿qué ocurre cuando no somos tenidos en cuenta, cuando nuestros esfuerzos y habilidades no son reconocidos? La monotonía, el estancamiento y el hastío, llegan como consecuencia, y así ¿quién puede sorprenderse de que queramos hacer un cambio?

Un líder verdadero siempre mantiene vivas en su memoria las emociones que él mismo iba experimentando a medida que iba ascendiendo en la escalera a la efectividad. Y reconoce que esas mismas emociones y expectativas son experimentadas por quienes vienen detrás. Es consciente que las mismas aspiraciones y sueños que él tuvo al crecer, también las tienen los demás. Por estas razones, sabe que delegar responsabilidades y tareas siempre motivará a los jugadores individualmente y elevará la moral del equipo en forma colectiva. Delegar correctamente, tal como afirmamos en el encabezamiento de este capítulo, es convertir en ganadores a nuestros dirigidos, es ponerles alas para que se remonten a las alturas.

C. Provee continuidad: Mientras hablaba con el fundador de una exitosa compañía financiera, el hombre me contaba sobre lo agotado que estaba luego de diez años de trabajo. Le pregunté: “¿Cuánto hace que no tomas vacaciones?”. “¿Vacaciones, quién puede tomarse vacaciones cuando es suficiente con dejar a los empleados solos por una hora para ir a almorzar, para que estalle el volcán? Si no puedo confiarles las cosas por una hora, ¿qué esperanza tengo de hacerlo por dos semanas?”

Uno de los objetivos primordiales del liderazgo es lograr que la organización que guiamos continúe operando efectivamente a través del tiempo, por sobre los cambios de personas, e inclusive por sobre las ausencias del líder. Una compañía o una iglesia que están siendo guiadas por manos competentes deberían continuar funcionando adecuadamente, ya sea que las personas que la componen cambien, o que el líder falte por un día, una semana, un mes, o por más tiempo. Ni siquiera la ausencia definitiva del líder, sea por jubilación, cambio o cualquier otra causa, debería frenar el progreso de la institución. Para lograr que una organización tenga continuidad, una de las funciones vitales del liderazgo es equipar y desarrollar a los individuos encomendados a su dirección. Y habiéndolos equipado, es obligatorio trasferirles la autoridad para que realicen lo que se requiere de ellos.

Si delegar responsabilidades y tareas tiene resultados tan benéficos para los seguidores individual y colectivamente, ¿cuáles son las causas, entonces, por las que tantas personas no delegan?

Fuente:
Jorge Oscar Sánchez, El líder del siglo XXI (Miami, Florida, 2001), 183–186.

EL LÍDER Y EL PERDÓN

Perdonar es quitar la culpa del culpable. Ver a una persona con la carga de la falta que cometió, es no haber ejercido aún la gracia del perdón.

1. El ejercicio del perdón

En la última parte del libro de Génesis, un adolescente de diecisiete años (Génesis 37:2) amado de su padre, pero muy aborrecido por su hermanos, fue sentenciado primero a morir ahogado en una cisterna, y luego, como ésta no tenía agua, a desaparecer de la escena vendido odiosamente por veinte piezas de plata a una caravana de mercaderes que se dirigía a Egipto (Génesis 37:25). Solo, sin papá, sin mamá y sin familia, fue montado en un camello, para oír un idioma nuevo, costumbres nuevas y dejar de ser hijo para transformarse en un esclavo para siempre. Los hermanos, mientras tanto, con la sangre de un cabrito mancharon la túnica que le habían quitado, para decirle al padre que una bestia lo había devorado.

Pasaron alrededor de treinta y cinco años, y José acompañado por Dios ocupó lugar muy destacado en Egipto, rodeado de honores y de mucha fama. Un día, llegaron hasta él unos viejecitos miserables y desposeídos a quienes José reconoció como sus hermanos. Al verlos se echó a llorar con disimulo, pero no podía reprimir sus recuerdos y entristecerse al comprobar las consecuencias de la mentira, del odio y del pecado.

perdon-3José les perdonó, pero el fuego ardiente del remordimiento no pudo apagarse en los corazones de ellos, y cuando murió Jacob pensaron que José tomaría represalias; pues suponían que el perdón era una manera política de manejar un tema delicado frente a una persona tan anciana como su padre. Le enviaron, entonces, un mensaje: “Y enviaron a decir a José: Tu padre mandó antes de su muerte, diciendo: Así diréis a José: Te ruego que perdones ahora la maldad de tus hermanos y su pecado, porque mal te trataron; por tanto, ahora te rogamos que perdones la maldad de los siervos del Dios de tu padre. Y José lloró mientras hablaban. Vinieron también sus hermanos y se postraron delante de él, y dijeron: Henos aquí por siervos tuyos. Y les respondió José: No temáis; ¿acaso estoy yo en lugar de Dios? Vosotros pensasteis mal contra mí, mas Dios lo encaminó a bien, para hacer lo que vemos hoy, para mantener en vida a mucho pueblo. Ahora, pues, no tengáis miedo; yo os sustentaré a vosotros y a vuestros hijos. Así los consoló, y les habló al corazón” (Génesis 50:16–21).

Este modelo de perdón tiene algunos componentes importantes: Primero: El perdón tiene que ser verdadero. José ya los había perdonado (Génesis 45:6–7), pero ellos dudaban. No conocían el carácter de un varón de Dios, ni el ejercicio del perdón de Dios. Estaban acostumbrados a los modos de los pueblos y no sabían que José había aprendido otro estilo de vida en la presencia de Dios. Se había acostumbrado a no fingir, y a desechar la simulación que había en ellos mismos. El perdón que floreció cuando les vio llegar a Egipto, era una auténtica evidencia de hombre de Dios.

Segundo: Lo sucedido le causaba dolor. “José lloró mientras hablaban”. Tanto en el caso anterior como en este, corrieron por su mente muchos episodios y sucesos que ya tenían el veredicto de Dios y la historia lo evidenciaba. Nuevamente José palpó las consecuencias de la mentira, y se entristeció en gran manera al ver a sus hermanos presos de la pesadumbre y del remordimiento que arrastraron por tantas décadas. El pago de la venganza es la herida incurable del desasosiego permanente. Lloró por ver la miseria del pecado en su propia familia; lloró porque los amaba, y se entristeció mucho al ver a esos hombres mayores vencidos por una vida de culpa, gustando la triste recompensa del engaño. El líder perdona cuando siente el dolor por el pecado.

Tercero: Supo ocupar su lugar: “¿Estoy yo en lugar de Dios?” Es una tendencia humana el ocupar un lugar de preferencia o justificativo frente a una persona que se humilla como lo hicieron esos hombres. Hubiera sido su oportunidad para enorgullecerse sobre ellos, pero no ocupó ese lugar. José sabía que solamente Dios podía perdonar, y se dio cuenta de que estaba frente a la gracia divina. El perdón no es un merecimiento, sino una gracia, y la gracia es de Dios. Solamente El podía—y puede—decir: NO. El líder perdona cuando permite que Dios ocupe su lugar.

Cuarto: La lección extraída del error: “Vosotros pensasteis mal contra mí, pero Dios lo encaminó a bien”. Aquellos hombres hicieron un mal y se quedaron toda la vida con el remordimiento. No tenían a Dios, ni revelación de Dios. No había en sus planes más que un corto “aquí y ahora” que no les permitió ascender al carro de la victoria. José, que había comprendido que estaba sobre todas las cosas, tenía otra interpretación: “Dios lo encaminó … para hacer lo que vemos hoy, para mantener en vida a mucho pueblo”. Si él no hubiera tenido un corazón perdonador, Dios no hubiera podido enseñarle el valor de las pruebas; porque su amargura hubiera dominado todo y condicionado aun los planes divinos.

Quinto: La evidencia de haber perdonado: “No tengáis miedo … yo os sustentaré a vosotros y a vuestros hijos. Así los consoló y les habló al corazón” (v. 21). Los tranquilizó, les prometió abundante sostén y los consoló tiernamente. Efectivamente, José había perdonado a sus hermanos.

perdonSi estos cinco pasos pueden ayudarnos, diríamos que un líder ha perdonado cuando esta quinta actitud es una realidad: “los consoló y les habló al corazón”.
Otro ejemplo que podría ayudarnos es el de Moisés, quien siglos después, siendo ya Israel un pueblo grande, Dios levantó para que los libertara de Egipto. Este líder tuvo que perdonar ataques del pueblo, pero uno de éstos cobró singular relevancia.

Andando por el desierto cerca de Hazerot, María—su hermana—levantó una calumnia con el fin de destruir al siervo de Dios. Dios aplicó esa murmuración como a sí mismo (Números 12:2) y la mujer fue severamente castigada con lepra, en una breve ceremonia donde intervino la nube de la presencia de Jehová, y fue arrojada del campamento por siete días. Se vivió una situación tensa, porque la profetisa había caído y todo el pueblo permanecía detenido como si Dios quisiera que una meditación sincera se apoderara de cada integrante. Seriamente atacado por su hermana, Moisés estuvo afligido; no solamente por la cercanía familiar, sino por la obra que Satanás quería hacer entre los responsables. Por causa de un miembro de su familia todo se había detenido. Dios quería que la sanción fuera una lección y no una venganza, y Moisés tenía la misma interpretación; pero los tiempos eran distintos. Moisés quería evitarle el destierro y Dios no. La oración del libertador fue: “Te ruego, oh Dios, que la sanes ahora: (Números 12:13); pero la respuesta fue: “Sea echada del campamento por siete días”. Dios quería que ella supiera el precio de la murmuración, que todos supieran que Moisés era el hombre aprobado por él, y que con la murmuración en medio no hay avance: “Y el pueblo no pasó adelante hasta que se reunió María con ellos” (v. 15).

¿Cuándo un líder perdona? Cuando puede orar por su adversario en la manera en que lo hizo y esperar que Dios actuara según su voluntad.

Otros siervos de Dios también perdonaron. Podríamos recordar a David, Jeremías, Isaías o Daniel, cuyas vidas eran modelos de sujeción al Dios perdonador. Pero ¿qué sucede conmigo o con usted que muchas veces el perdón parece un acto imposible, y cuando se logra es motivo de divulgación como algo sensacional y no corriente?

Hemos leído y nos ha conmocionado el caso de Esteban. Pero con frecuencia no deja de ser un buen ejemplo de alguien “distinto” a nosotros; porque eso de clamar de rodillas: “Señor no les tengas en cuenta este pecado” (Hechos 7:60) ¡parece no ser aplicable a nuestro contexto!

Es que no necesitamos llegar a casos tan extremos. Tiempo después del incidente de Esteban, ocurrió otro en la ciudad de Colosas. Un esclavo robó a su amo y lo abandonó. En la cárcel de Roma, el fugitivo dio con Pablo, quién le explicó con cuidado el amor de Dios y la salvación para los pecadores. Onésimo se convirtió sinceramente al Señor, pero temía mucho retornar a Filemón. Pablo le preparó una carta de presentación. “Quizás para esto se apartó”, le dijo, “para que le recibieses para siempre; no ya como esclavo, sino como más que esclavo, como hermano amado.… si me tienes como compañero, recíbele como a mí mismo, y si en algo te dañó o te debe, ponlo a mi cuenta” (Filemón 15–18). Allí fue Onésimo con su carta y su corazón, para ser perdonado para siempre.
Querido líder, ¿no nos hace falta a ti y a mí, motivar nuestros corazones en la búsqueda de la sensibilidad del Espíritu, para emprender el sendero difícil del perdón? Y si lo hiciéramos ¿no habría mucha gloria para Dios, que es el perdonador por excelencia? ¿No es verdad que cuando perdono, no lo hago yo, sino la gracia de Dios que aplico para perdonar?

2. La importancia de la culpa

En la Escritura leemos que “el pecado es infracción de la ley” (1 Juan 3:4); “que toda injusticia es pecado” (1 Juan 5:17), y que los pensamientos como las palabras llevan una carga de pecado. Por ejemplo dice: “De toda palabra ociosa que hablen los hombres de ella darán cuenta en el día del juicio” (Mateo 12:36), o: “que todo lo que no es de fe es pecado” (Romanos 14:23).

Cada uno de nosotros es culpable de quebrantar la ley de Dios, aunque no nos demos cuenta o creamos que no es así, porque estamos constantemente en infracción. El tema de la culpa tal como Dios lo ve (Exodo 20:7; Levítico 5:2–5; 1 Corintios 11:27) es grave, aunque a nosotros por vivir en un entorno de gracia nos parezca que no es así.
¿Qué apropiación debemos hacer nosotros de la culpa? La respuesta a esta pregunta nos auxiliará para ejecutar el perdón. Lo primero es ver que Cristo vino “en semejanza de carne de pecado” y “condenó al pecado en la carne” (Romanos 8:3). Es un modo de comprender el significado de Isaías 53:9–11, donde dice que fue “herido por la rebelión del pueblo”, por medio del quebrantamiento y sujeción a padecimiento; tanto que hubo mucha aflicción en su alma, porque “los vituperios de los que te vituperaban, cayeron sobre mí [él] (Romanos 15:3).

Sin querer, entonces, cuando nos apropiamos de la culpa de alguna falta o pecado, es lo mismo que si quisiéramos arrancarle el efecto a la cruz y mejorarlo por nuestro medio. Es como si dijéramos que Cristo no llevó todos los pecados, ni sufrió todos los vituperios y que de algún modo tenemos que hacer justicia aparte por algunas culpas.
En segundo lugar, 2 Corintios 5:14 dice que “uno murió por todos, luego todos murieron”, mostrando que la obra sustituidora de Cristo es de carácter inclusivo. Uno murió y aplicó su muerte a todos. Pablo enseña que Cristo voluntariamente sufrió el destino que nos correspondía. “Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él” (2 Corintios 5:21). Dios le hizo pecado, le trató a él como deberíamos ser tratados nosotros, y le hizo sufrir las consecuencias penales de nuestra transgresiones. Cuando Cristo pasó por las tinieblas profundas de la condenación, cargaba sobre sí mismo el pecado (y los pecados) de mis hermanos y los míos propios. Dios quiso que cargara la culpa sucia del pecado y fuera tratado como delincuente, a fin de que nosotros gustásemos de la blancura de ía santidad. El pago fue por todos, todos están incluidos en el perdón.

Volvemos a formularnos la pregunta ¿Qué apropiación debemos hacer nosotros de la culpa? Y la respuesta sale de por sí: Ninguna. ¿Hay algo que debemos juzgar? Nada; ya está todo juzgado, nosotros simplemente aplicamos la justicia, no de los hombres, sino de Dios. Queda bien firme, en consecuencia, que solamente Dios tiene el derecho o la prerrogativa de no perdonar.

3. La experiencia del perdón

Ya al comienzo de los evangelios leemos que Juan el Bautista predicó el arrepentimiento y el perdón de los pecados (Marcos 1:4), y posteriormente el Señor Jesús insistió en el tema (Marcos 2:5; Lucas 7:43).

Tanto Mateo como Marcos enseñan que el perdón es de Dios, y que hay pecados que él se reserva el derecho de no perdonar (Mateo 12:31). Asimismo, muestran la importancia de que los hombres ejerciten el perdón como un principio legítimo para reclamar lo mismo de Dios. Leemos: “Porque si perdonáis a los hombres sus ofensas, os perdonará también a vosotros vuestro Padre celestial, mas si no perdonáis a los hombres sus ofensas, tampoco vuestro Padre os perdonará vuestras ofensas” (Mateo 6:14–15).

Posteriormente, la cruz de Cristo aparece en las epístolas como el medio para las bendiciones de Dios a los hombres, y notablemente, la primera de ellas es el perdón; que está intimamente relacionado con la redención (Efesios 1:7; Colosenses 1:14). El perdón es el don de la gracia y el sendero hacia la vida eterna, obtenido gratuitamente mediante la desaparición de la culpa (Efesios 4:32; Colosenses 1:14). Perdonar es libertar de la culpa, como bien lo expresa el verbo griego aphiemi, cuyo significado fundamental hallamos en Lucas 4:18: “pregonar libertad a los cautivos … poner en libertad a los oprimidos”. En Mateo 18:27: “perdonó la deuda”, y Lucas 17:4: “Y si siete veces al día pecare contra ti y siete veces al día volviera a ti diciendo: Me arrepiento, perdónale”, es el mismo verbo y es como si literalmente dijera: “Quítale la culpa” (comp. Mateo 18:21).

4. El gozo de la libertad

Si se tratara de un incrédulo ¿qué respuesta daríamos a la pregunta: Qué debe hacer un culpable? No tardaríamos en decir que tiene que arrepentirse y confesar sus pecados para que Cristo le perdone (Lucas 24:46–47). Pero ¿qué sucede si esa persona fuese un creyente? La respuesta se demora un poco y finalmente decimos: Lo mismo. ¿A qué se debió la demora?

perdon-2Primero, a que estamos seguros de que pecamos contra Dios, pero nos cuesta más creer que también lo hacemos contra los hermanos.

Segundo, a que en el primero una de las partes es Cristo, y sabemos que él siempre perdona. En cambio, en el otro caso los dos son seres humanos y los hombres no sabemos perdonar. Necesitamos volver una y otra vez a las Escrituras para disfrutar de la enseñanza sobre el perdón entre hermanos; para saber que la confesión mutua de las faltas libera los corazones, ennoblece la comunión unos con otros y produce generosa sanidad en el alma.
¿De qué otra manera se puede interpretar Santiago 5:16? “Confesaos vuestras ofensas unos a otros, y orad unos por otros, para que seáis sanados. La oración eficaz del justo puede mucho”. Al “retener” las faltas, nos atamos a ellas, y son a la postre las que dirigen nuestro ministerio. No, a este hermano por esto; no, al otro por aquello otro, y finalmente … disponemos de más inhibiciones, limitaciones y restricciones para el trato con los hermanos que si no fuéramos del Señor. Además, todas las cosas, que no son del Señor, resultan en instrumentos poderosos en las manos del enemigo para deprimir, limitar, enfermar y cuanta otra cosa le sea posible realizar en perjuicio del evangelio.
¿Qué hacer? Volver nuevamente al mensaje del evangelio, para reconsiderar cómo fuimos perdonados. Dice el texto que “el evangelio es el poder (dynamis) de Dios para salvar” (Romanos 1:16). Pablo, que en más de una oportunidad destacó la diferencia entre el “poder” y las “palabras” (1 Corintios 1:8; 4:20), es quien resaltó que ese poder transforma todas las esferas de la vida y cambia por completo los sentimientos.

Toda potencia puesta a nuestras disposición es por gracia, cuya raíz original es similar a la de gozo, de modo que donde podemos aprovechar del gozo es porque hemos echado mano a la gracia y viceversa. Usar de la gracia es tener libertad para dar, y nada mejor que volver a gozar del perdón del evangelio para dar perdón y disfrutar del gozo de la gracia.
Tanto el gozo como la gracia van de la mano con la libertad; de modo que es correcto decir que el ejercicio de la gracia (al perdonar) produce de inmediato gozo, y ambos libertad para actuar (Romanos 6:18, 22).

Raúl Caballero Yoccou, El líder conforme al corazón de Dios (Miami, Florida: Editorial Unilit, 1991), 98–107.

PERFIL DE PERSONALIDAD DE UN LÍDER CRISTIANO

Magnetismo personal. Lo que lo hace atractivo y persuasivo para otros es precisamente la transparencia de sus actitudes y conducta. El líder cristiano es una persona conocida como íntegra. Es honesto y transparente en todos sus tratos y relaciones. Su responsabilidad delante de Dios y de las personas le impone la necesidad de ser digno de la confianza de aquellos que lo siguen. Su magnetismo personal descansa en la integridad de sus acciones y la certeza de sus palabras.el_lider_la_inteligencia_emocional

Habilidad de sentirse bien en compañía de otros. El liderazgo cristiano consiste en conducir a personas. Alguien con una manifiesta incapacidad para relacionarse adecuadamente con otros está descalificado para servir como líder. Una persona puede considerarse líder, pero si nadie la sigue entonces está sola dando un paseo. El líder auténtico es alguien que se siente bien en compañía de otros y que hace que otros se sientan bien en su compañía. Una persona así es alguien que evita expresar actitudes que espantan a los demás, como el orgullo, la inseguridad, la reserva, el perfeccionismo y el cinismo. Por el contrario, un buen líder ama la vida y a las personas a su alrededor, siempre espera lo mejor de ellas, las alienta y las llena de esperanza, y se entrega totalmente a su servicio con sinceridad.

Comprensión de la naturaleza humana. El líder cristiano es alguien que se relaciona básicamente con personas. No se trata de un gerente de empresa o de un ingeniero en una construcción. El líder cristiano lidera personas y para poder llevar a cabo su tarea es imprescindible que tenga una adecuada comprensión de la naturaleza humana en la riqueza de su complejidad. Jesús conocía muy bien lo que había en el corazón humano (Mr. 2:8). Por eso pudo ministrar como lo hizo. Cuanto mejor conozcamos la naturaleza humana, tanto mejor y efectivo será nuestro liderazgo. Para ello será necesario aceptar nuestra propia condición humana, identificarnos con las circunstancias humanas que viven aquellos a quienes lideramos, y mantenernos en contacto con todo lo humano como foco de nuestro interés. Como en el caso de Jesús, todo lo humano no debe sernos indiferente.

Dominio razonable de los problemas propios. El líder cristiano efectivo es alguien que ha desarrollado una adecuada disciplina personal. Puede dirigir a los demás por cuanto se ha superado a sí mismo y ha sido conquistado por el señorío de Cristo. Tiene el calibre requerido para ser líder porque mientras otros malgastan energía y tiempo en desarrollar el dominio propio, este individuo ya ha aprendido cómo ejercerlo en su vida. Además, ha desarrollado la capacidad de someterse a una adecuada disciplina en el uso de su tiempo, oportunidades y recursos. Generalmente, él o ella están trabajando cuando otros duermen, están orando mientras otros juegan.como-actua-un-buen-lider-2

Equilibrio emocional. El líder cristiano debe ser una persona serena y mesurada. Esto no significa que no sea alguien con entusiasmo. Al contrario, un buen líder cristiano es conocido por su optimismo y esperanza. De hecho, ningún pesimista, amargado, depresivo o desorientado ha sido jamás un gran líder. Lejos de dejarse arrastrar por el pesar frente a las dificultades hasta caer presa del pesimismo, el buen líder cristiano se ve estimulado por las dificultades, a las que interpreta como oportunidades y desafíos. Mientras el optimista ríe para olvidar, el pesimista olvida para reír. Pero el buen líder cristiano es alguien que siempre piensa positivamente, gracias a su equilibrio emocional.

Capacidad para escuchar. No se trata simplemente de la habilidad de mantenerse callado con una actitud paciente, mientras el interlocutor no para de hablar. Más bien es el hábito de ser un buen oyente, es decir, no sólo escuchar diligentemente, sino también escuchar con entendimiento. Para ello será necesario discernir tres clases diferentes de palabras, que las personas en necesidad generalmente traen: las palabras que hablan, las palabras que no hablan y las que están escondidas en su espíritu. Un buen líder es el que sabe penetrar más allá del discurso de su interlocutor hasta llegar a su corazón y entender lo que el otro le está comunicando. De esta manera estará en mejores condiciones de servirlo y cumplir así su ministerio. Como señala John C. Maxwell: “Antes que un líder pueda tocar el corazón de una persona, tiene que saber qué hay en él. Y eso se aprende escuchando”.

Habilidad para interpretar la experiencia de otros y ofrecer consejo. El líder cristiano tiene que ser alguien con la capacidad de servir como consejero, guiador y catalizador en la vida de las personas a quienes lidera. En este sentido, el ministerio de liderazgo no es para cualquiera. Hace falta algo más que buena voluntad para amar y guiar el rebaño. Se requiere de una personalidad capaz de asumir al otro tal como es, con todas sus necesidades y singularidades, y con mucha paciencia y amor orientarlo a la superación de sus limitaciones, a fin de que llegue a ser esa persona que Dios soñó que fuese desde la eternidad. En este sentido, el liderazgo cristiano es único.

Juan A. Mackay: “Otras religiones han tenido sus profetas y sus sacerdotes. Sólo el cristianismo ha tenido pastores, apacentadores de almas, hombres llenos de ágape que se han entregado a la tarea de identificarse, estrechamente y llenos de simpatía, con las necesidades y problemas de los demás, en forma de prestar ayuda a los objetos de su solicitud.”

Capacidad para ser confidente. El líder cristiano ejerce una autoridad que le permite ganar la confianza de los liderados, quienes van a abrir su corazón compartiendo con él o ella lo que no comparten con nadie. El siervo del Señor debe ser digno de tal confianza, manifestándose como una persona reservada y discreta. Sin esta capacidad básica no se está capacitado para ser líder. La manera en que un líder atrae la lealtad y el seguimiento de otras personas es cuando demuestra valorar y preservar en confidencia aquellas cosas que se le confían. Una de las maneras más efectivas de derrumbar la autoridad como líder es romper este pacto de confianza que hacemos con las personas. Un líder que no es capaz de ser confidente, no puede ser líder, porque traiciona la esencia de su liderazgo que es la confianza que depositan en él sus liderados.

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Sentido del humor. El humor es un rasgo fundamental para el líder cristiano. Este se expresa en la capacidad de ver siempre el lado gracioso o ridículo de la vida. El buen líder conoce el valor que tiene una sonrisa contagiosa, especialmente para atraer a sí a las personas que lidera. El sentido de humor es también la capacidad para reírse de sí mismo y de las circunstancias. Un líder con un adecuado sentido del humor no sólo será un generador de salud emocional para sí mismo, sino también para todos los que lo rodean.

Generosidad. Esto demuestra que el líder es capaz de olvidarse de sus propias necesidades por el bien de los demás. El instinto de supervivencia es uno de los más elementales de nuestra condición humana. Sin embargo, la abnegación que expresa un corazón generoso sigue siendo el instinto espiritual que mejor expresa nuestra condición bajo la gracia de Dios. En el caso del liderazgo cristiano, no hay un nivel más alto de servicio que la actitud generosa de dar.

John C. Maxwell: “Nada habla más alto o sirve más a los demás que la generosidad de un líder. La verdadera generosidad no es algo ocasional. Viene del corazón y permea cada aspecto de la vida del líder: su tiempo, su dinero, sus talentos y sus posesiones. Los líderes efectivos, el tipo de líder que a la gente le gusta seguir, no recogen cosas solo para sí; las recogen para darlas a los demás.”

Pablo A. Deiros, Liderazgo Cristiano, Formación Ministerial (Buenos Aires: Publicaciones Proforme, 2008), 25–27.

LIDERAZGO EN EL N.T.

También en el Nuevo Testamento se observa a los líderes como representantes de Dios. Estando en el desierto, Juan el Bautista recibió “palabra de Dios” (Lucas 3:1), y desde entonces predicaba el mensaje de arrepentimiento como un verdadero embajador del Señor (Marcos 2:18). La predicación suya coincidía con el cumplimiento de la profecía “Voz del que clama en el desierto, preparad el camino del Señor …” (Isaías 40:3).
Era el precursor de Cristo anunciado por los profetas, muy austero en su vestimenta y comida, pero grandemente respetado por el pueblo “porque era grande delante de Dios” (Lucas 1:15).

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Posteriormente, vino el Señor Jesús. El era “la Palabra (Verbo), de Dios” (Juan 1:1) que “llamó a los que quiso, y vinieron a él y estableció doce, para que estuviesen con él y para enviarlos a predicar” (Marcos 3:13). No todos los llamados se convirtieron en líderes, sino los doce. Y aun ellos aprendían lentamente la sujeción a Cristo, porque sostenían frecuentes luchas en torno a quién habría de ser el mayor (Lucas 22:24).
No tenían bien presente qué era lo que Jesucristo estaba queriendo hacer con ellos, ni cómo deberían testificar de su Maestro. Les llamaba más la atención quién se sentaría a la izquierda y a la derecha del Rey, que conocer la ubicación de ellos como modelos. A pesar de todo, Cristo siguió formándoles para que pudieran presidir a muchos, seguro de que comprenderían el mensaje del evangelio, y se convertirían en sal y luz para los hombres (Mateo 5:13–14).

Sabemos cómo terminaron los tres años y medio, y cómo Pedro, una vez restaurado, recibió la comisión de apacentar las ovejas del Señor (Juan 21:17). Era, tal como lo escribió más adelante, la manera que Dios había establecido para que fuera modelo de la grey. Apacentar, era mucho más que dar de comer, era brindar cuidado intenso al rebaño puesto bajo su dependencia.

En verdad, tenemos que destacar que los doce y los demás que salieron obedeciendo el mandato del Señor enarbolaban algunas características que hicieron muy singular su labor: (1). Mantuvieron su identidad en cualquier ambiente, (2). Nunca pensaron que la popularidad los promocionaba a ellos, sino que creyeron que eran servidores de Cristo. (3). Con frecuencia midieron el peligro entre activismo y la dependencia, para evitar el cambio involuntario de señores.

Dios cuidó de que estos antecedentes fueran cumplidos y de que las reiteradas frustraciones para detener el avance del evangelio fueran confirmaciones de la presencia de Dios en sus vidas. Las condenaciones a Ananías y Safira (Hechos 5:1–4), y a Simón el mago (Hechos 8:18–24) clarifican algunas de las maneras en que Dios cuidó a sus siervos, y sus ministerios.

Con el lema: “Jesucristo es el Señor” recorrían tierras hebreas (Hechos 2:34–39; 9:1–35) y paganas (Hechos 16:31), seguros de que en verdad: “es el Señor de todos” (Romanos 10:12). El mensaje que jerarquizaba al mensajero, también le brindaba protección.
Las predicaciones conmovían a las multitudes, y muchos venían buscando solución a sus problemas. Tanto Pedro como Pablo se empeñaban en hacer discípulos y enseñarles a que reconocieran a sus pastores (Hechos 14:23). El Señor del universo (Efesios 1:20–22) estaba en las operaciones, transformando a los pecadores y cambiando el estilo de vida de muchas comunidades. Indudablemente detrás de los predicadores, había poderosas motivaciones. En el caso de Pablo, la clave está al comienzo del libro de los Romanos: “Pablo, siervo (esclavo) de Jesucristo (Romanos 1:1). Era la credencial que llevaba a todas partes. Por esa sujeción a la voluntad del Señor, pudo posteriormente agregar: “Yo traigo en mi cuerpo las marcas del Señor” (Gálatas 6:17). Era un esclavo feliz y sujeto, se sentía gozoso de su esclavitud voluntaria. Todas sus acciones, en consecuencia, estaban precedidas por convicciones.

El verbo “enviar” que tantas veces había utilizado el Señor Jesús, fue también usado por ellos con respecto a los líderes que formaban y les asignaban distintas tareas dentro de las misiones que comenzaban a extenderse (1 Corintios 1:17; 4:17). Estos a su vez, de acuerdo con instrucciones recibidas (1 Tesalonicenses 4:1–2), vivían como modelos, tratando de encarnar lo aprendido.

El Espíritu Santo, que los sellaba como propiedad de Dios, (Efesios 1:13–14) también les regalaba la gracia de vivir como partes del cuerpo de Cristo.

Raúl Caballero Yoccou, El líder conforme al corazón de Dios (Miami, Florida: Editorial Unilit, 1991), 17–19.

 

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Liderazgo: 10 grandes frases

1. “Un líder es mejor cuando la gente apenas sabe que existe, cuando su trabajo está hecho y su meta cumplida, ellos dirán: Lo hicimos nosotros”.
Lao Tzu, filósofo chino.

2. “Ser poderoso es como ser mujer. Si le tienes que decir a la gente que lo eres, entonces no lo eres”.
Margaret Thatcher, Primera Ministra de Reino Unido.

3. “Un líder es un negociador de esperanzas”.
Napoleón Bonaparte, líder francés.

4. “La innovación es lo que distingue al líder de los seguidores”.
Steve Jobs, Fundador de Apple.

5. “Tomas a la gente por qué tan lejos irá, no por qué tan lejos quiere ir”.
Jeannette Rankin, primera mujer elegida en el Congreso de Estados Unidos.

6. “Los líderes sobresalientes salen de su camino para potenciar el autoestima de su personal. Si las personas creen en sí mismas, es increíble lo que pueden lograr”.
Sam Walton, fundador de Walmart y Sam’s Club.

7. “Algunas personas quieren que algo ocurra, otras sueñan con que pasara, otras hacen que suceda”.
Michael Jordan, basquetbolista profesional.

8. “Nadie puede hacerte sentir menos sin tu consentimiento”.
Eleanor Roosevelt, primera dama estadounidense.

9. “Gestión es hacer las cosas bien, liderazgo es hacer las cosas”.
Peter Drucker, filósofo de management.

10. “El liderazgo es la capacidad de transformar la visión en realidad”.
Warren Bennis, gurú en los estudios de liderazgo modernos.

LIDERAZGO EN EL A.T.

Bible StudyLa Biblia habla mucho de líderes. Enseña que el liderazgo es un medio eficaz para que Dios se relacione con los hombres. Salvo en el caso de la creación, donde Dios actuó solo, siempre ha operado por medio de líderes. Primero los llamó, luego los preparó para que trabajasen en el cumplimiento de su voluntad. Frecuentemente se vio precisado a reproducir la escena de Jeremías 18, donde chocó con la resistencia del vaso, y como no pudo formar lo que quiso, tuvo que comenzar de nuevo. Con frecuencia, una misma persona tenía que advertir sobre la ira de Dios, así como sobre su compasión y restauración.

1. La enseñanza del Antiguo Testamento

Dios inició el liderazgo creando a Adán y delegándole autoridad para que presidiera la primera creación. Todo lo sujetó debajo de él, menos el acceso al árbol de la ciencia del bien y del mal para que comprendiera sus limitaciones (Génesis 1:26–28). Cuando escuchó la propuesta del diablo y la obedeció, dejó de ser administrador de Dios, perdió su autoridad y trocó su inocencia en culpabilidad. La humanidad entera quedó, entonces, bajo el maligno (1 Juan 5:19).

El primer objetivo de la estrategia enemiga se había consumado. Al hacerle creer a Adán que tenía algo superior a lo que Dios le había preparado, le arrebató su autoridad. Había desaparecido el liderazgo de Adán.
Lo que siguió inmediatamente después, fue caótico; porque Satanás levantó también sus líderes que hicieran lo contrario, e implantaran la venganza, el odio, la poligamia, y la muerte (Génesis 4:8; 5:23).

En medio de ésta generación, cuyo “designio de los pensamientos era de continuo solamente el mal”(Génesis 6:5) llena de violencia y corrupción, Dios llamó a Noé, varón justo y perfecto en sus generaciones, para que presidiera mediante un pacto con él el nuevo linaje que sobreviviría al diluvio (Génesis 6:13–17).

Noé fue un excelente líder en su hogar, al cual involucró en un proyecto a largo plazo totalmente encarado por fe. Advertido por Dios sobre el juicio catastrófico que vendría sobre la humanidad, recibió mandato para encabezar la construcción del arca, que anticipaba un futuro del cual no había precedentes: la destrucción del mundo por agua.
Cuando somos capaces de creer a Dios con una fe tal, que puede modificar totalmente nuestro estilo de vida, estamos demostrando que podemos presidir un proyecto de largo alcance.lider-3

Posteriormente Dios llamó a Abraham para que dejara su tierra y su parentela y fuera embajador suyo en un lugar lejano habitado por paganos. Tanto el pacto que hizo con él—de entregar el territorio a su descendencia—como las promesas de bendición, requerían una profunda fe de parte de Abraham, cosa que demostró tener al aceptar la circuncisión como señal permanente de separación (Génesis 12:1–3; 17:9–14). Este patriarca había entrado en una relación tan estrecha con Dios que fue llamado “amigo de Dios” (Santiago 2:23) y no pensó más en la patria que había dejado, sino en la “ciudad que tiene fundamentos, cuyo arquitecto y constructor es Dios” (Hebreos 11:10). Como todo hombre, tuvo sus momentos difíciles y, desanimado, se fue a Egipto (Génesis 12:10), de donde—lo mismo que su hijo Isaac—fue restaurado por Dios.

CÓMO ACTÚA DIOS CON LOS HOMBRES FIELES
1. Dios observa la conducta de todos los hombres.
2. Dios busca a hombres fieles que lo representen como testigos.
3. Dios los llama y pacta con ellos sus promesas.
4. Dios responsabiliza a las gentes por el trato con sus representantes.
5. Dios les prueba su fidelidad.

Con todo, reconocemos a Moisés como el primer líder nato. Trató de ejercer esa magistratura en Egipto utilizando la enseñanza recibida en el país, pero fracasó. La Biblia dice que: “Cuando hubo cumplido la edad de cuarenta años, le vino al corazón visitar a sus hermanos”, porque “él pensaba que ellos comprendían que Dios les daría libertad por mano suya; más ellos no lo habían entendido así” (Hechos 7:23–25).
Primero vio a un egipcio que golpeaba a un hebreo y lo mató. Luego vio a dos hebreos que reñían entre sí, y los quiso pacificar, pero también fue rechazado. Dios no lo pudo bendecir porque usó el sistema egipcio de liderazgo, sin saber lo que Dios tenía para él (Exodo 2:11–14).

Para que Dios lo pudiera utilizar, le faltaba el carácter pastoral que adquirió en la casa de Jetro, posiblemente un descendiente de Abraham (Génesis 25:2) que habitaba en Madián, un lugar entre la península de Sinaí y Arabia. Jetro, que también tenía otros nombres, era un hombre del desierto, líder de su hogar y sacerdote.
En su casa, Moisés aprendió muchas lecciones sobre el hogar, el pastoreo, el significado del desierto y el valor de estar bajo autoridad. De ese ambiente salió también su esposa, hija de Jetro, preparada para las condiciones duras del futuro.

La Biblia dice que, un día, “apacentando Moisés las ovejas de Jetro su suegro, las llevó a través del desierto hasta Horeb, monte de Dios” (Exodo 3:1). En pocas palabras están dichas muchas cosas:

Primero: El tipo de cuidado: “apacentando”. Es decir, alimentando, cuidando, pastoreando, guardando, protegiendo, etcétera, a un rebaño que lo seguía confiado.
Segundo: El dueño del rebaño: “las ovejas de su suegro”. Moisés sabía que aquel rebaño no era suyo, y que actuaba en calidad de administrador. No podía disponer de ninguna de ellas, debía contarlas constantemente porque estaba seguro de que un día tenía que presentarlas a su dueño.
Tercero: La fidelidad en la labor: “llevó las ovejas a través del desierto”. Siendo Jetro un beduino, le había enseñado cómo pastorear también en el desierto. Era una preparación inicial para lo que Dios necesitaba de él después.
No sabía Moisés que los grandes cambios que había sufrido su liderazgo eran solamente la primera etapa de otros más, que también tenía que experimentar para llevar adelante los propósitos de Dios (comp. Salmo 78:70; Amós 7:15).
Cuarto: El destino de sus funciones: “llegó a Horeb, monte de Dios”. Posiblemente, esta sea la frase que mejor sintetiza el carácter de un líder. Moisés llegó a su destino. Su pastoreo no tuvo como objeto dar vueltas alrededor de un desierto de desorientación, sino llegar hasta el pie del monte que le había servido de guía. Ese monte era Horeb, monte de Dios.

El Ángel de Jehová vio, en verdad, a un pastor preparado que exhibía las credenciales de su pastorado: obediencia, sujeción, orientación, perseverancia y meta (comp. Exodo 18:5; 19:3). Allí Dios se le reveló y le recordó la vigencia del pacto con Abraham.
Luego transformó su liderazgo pastoral en una delicada función libertadora, al frente de la cual Moisés no se creyó ser lo suficientemente hábil, contrariamente a lo que había sucedido cuarenta años atrás (Exodo 3:10–16). “Ven” y “te enviaré para que saques”, le dijo, “reúne a los ancianos y diles”, “y oirán tu voz”, etcétera. “Así se fue Moisés, y volviendo a su suegro Jetro le dijo: Iré ahora y volveré a mis hermanos …” (3:18).

CARACTERÍSTICAS NECESARIAS DE UN LÍDER
1. Tener el carácter preparado por Dios.
2. Cumplir con fidelidad las primeras obligaciones.
3. Aprender a trabajar bajo autoridad.
4. Saber que el llamado al servicio proviene de Dios.

A esa primera parte del programa, Dios fue paulatinamente comunicándole otras. Al mismo tiempo que lo corregía, lo engrandecía delante de su rebaño, castigando duramente las críticas a su ministerio y el reiterado intento del pueblo por reemplazarlo (Números 12; 20:7–13). Moisés tenía además la libertad para delegar en otros parte de su labor, y lo hizo siguiendo el consejo de su suegro Jetro, tema del cual nos ocuparemos en el capítulo 10.
Se enfrentó también con malos líderes, como los diez que volvieron desanimados luego de la inspección a la tierra prometida (Números 13:26–33) y con muy buenos como Josué y Caleb (Números 14:38), que marcaron las pautas para el futuro de Israel.lider

La protección que sintió Moisés, y posteriormente Aarón (Números 16), fue la misma prometida a Josué: “Nadie te podrá hacer frente todos los días de tu vida; como estuve con Moisés, estaré contigo; no te dejaré ni te desampararé” (Josué 1:5) (Deuteronomio 31:8; 23). Dios se mantuvo fiel a su pacto con el líder, sobre la base de que él respondiera a su santidad.

Dios engrandeció a Josué a ojos de todo el pueblo. La Biblia dice que Israel sirvió a Jehová “todo el tiempo de Josué y todo el tiempo de los ancianos que sobrevivieron a Josué” (Josué 24:31) porque preparó hombres que siguieron los caminos que él mismo había aprendido.
Pero ese modelo de liderazgo se perdió posteriormente, y en los días de los jueces “cada uno hacía lo que bien le parecía” (Jueces 18:1; 19:1; 21:25), que era lo mismo que hacer la voluntad del enemigo. Así vivieron los hijos de Elí (1 Samuel 2:12), y perdieron el conocimiento de Dios, lo mismo que los ancianos del pueblo que condujeron a la nación por las sendas del extravío e irreverencia (1 Samuel 4:3) hasta perder el arca del pacto.
Una de las lecciones que se destacan desde los días del profeta Samuel, fue el ungimiento de ciertas personas elegidas para ser líderes del pueblo. Hasta ese momento, el procedimiento había sido usado solamente para consagrar a los sacerdotes (Exodo 20:41; 30:30), pero ahora se había extendido por lo menos para reyes y profetas.
Consistía en derramar sobre la cabeza de la persona elegida, un cuerno—o, en algunos casos—, un cuero de aceite. El candidato quedaba consagrado para Dios en las funciones que le delegaba, y el aceite valía como emblema de autoridad y protección para cumplirlas. Atacar al ungido de Dios, era lo mismo que atacar a Dios (1 Samuel 24:6–10). De modo que todos sabían que cuando el aceite había sido derramado sobre una persona, debían obedecerla porque investía la autoridad delegada.

Posiblemente, esto explica en forma más clara lo sucedido a Giezi siervo de Eliseo, que emancipándose de la autoridad del profeta, habló en su nombre al general sirio Naamán pidiéndole ayuda material que el mismo Eliseo había rechazado momentos antes. La actitud de Giezi dejó en ridículo al ungido del Señor (1 Reyes 19:16), que se había esforzado en mostrarle al militar pagano que su sanidad de la lepra era un acto de la gracia de Dios. Giezi le hizo pensar que el profeta había vacilado y cambiado de opinión, lo que, aparte de ser una mentira, era también un pecado contra Dios. Giezi perdió su ministerio y murió leproso. No entendió el alcance de la autoridad que Eliseo había recibido de Dios, y creyó que no sería descubierto en su maniobra, pero se equivocó (2 Reyes 5:27).

EL TRATO DE DIOS CON UN LÍDER
1. No le comunica todo su plan desde el comienzo, sino paulatinamente.
2. Lo sostiene y respalda en sus labores.
3. Le ratifica su autoridad para cumplir sus propósitos.
4. Desaprueba los modelos deshonestos.

Raúl Caballero Yoccou, El líder conforme al corazón de Dios (Miami, Florida: Editorial Unilit, 1991), 11–17.

Autoridad

La palabra exousia, traducida usualmente por «autoridad» [46 veces en la RV60] o «poder» [16 veces en RV60. Más a menudo aparece «potestad» unas 22 veces], en el sentido de autoridad (potestas), se emplea en el NT para referirse a diferentes cosas. Puede señalar al poder para perdonar pecados (Lc. 5:24, «potestad» en RV60), al poder para echar fuera demonios (Mr. 6:7, «autoridad» en RV60), al privilegio de la filiación divina (Jn. 1:12, «potestad» en RV60), a la autoridad de los gobernantes civiles (Jn. 19:10, «autoridad» en RV60), al control de las posesiones (1 Co. 9:4, «derecho» en RV60), al derecho o responsabilidad matrimonial (cf. 1 Co. 7:4), al privilegio apostólico (1 Co. 9:6, al reino universal de Cristo (Mt. 28:18, «potestad» en la RV60), o, más específicamente, a la autoridad de la palabra y obra de Cristo (Mt. 7:29 «autoridad» en RV60, cf. los pasajes paralelos) comparada con la de los escribas. Las ideas de derecho, privilegio y poder compulsivo están todas agrupadas en el concepto.

autoridad

La Biblia deja claramente sentado que la verdadera fuente y asiento de la autoridad está en Dios. Esto es verdad aun del poder civil (Ro. 13:1), aunque en la tierra y especialmente en el cielo hay poderes usurpadores que Dios frustra y destruye (cf. Ef. 3:10; Col. 2:15). Pero esto es mucho más cierto en cuanto a la esfera espiritual. Dios solo puede perdonar pecados (Mr. 2:7), revelar la verdad absoluta y hablar en un tono de mandato absoluto (cf. Lc. 7:8). Ninguna autoridad humana podría permanecer, a no ser que se derive de Dios y lo sirva a él.

Sin embargo, la autoridad divina se ejerce en el Hijo de Dios y a través de él. Si él resiste la tentación de recibir honor mundano del diablo, esto se debe a que él ya es «la cabeza de todo principado y potestad» (Col. 2:10), y porque está destinado a ser exaltado en esa forma por Dios. De esta manera, aún el gobierno civil volverá a Cristo, así como se deriva de él. Pero él también tiene el poder de perdonar pecados (Mr. 2:10), librar de las fuerzas demoníacas (Mt. 9:8), vencer las enfermedades y la muerte (cf. Jn. 10:18), y para enseñar y ordenar con todo el derecho y el constreñimiento de Dios mismo (Mr. 1:22, 27). La autoridad divina misma está contenida en Jesucristo, y por medio de esta autoridad absoluta es que se debe medir toda otra autoridad civil o eclesiástica.

Sin embargo, Cristo no ejercita directamente su autoridad en este tiempo entre sus dos venidas. Debido a esto, es justo y apropiado que existan autoridades relativas que tengan el derecho de ser obedecidas. Las fuerzas de la ley y el orden constituyen esta autoridad en el orden civil, y deben ser así honradas, no en virtud de alguna validez inherente, sino en virtud de la comisión y función que Dios les entregó. Una posición similar, aunque menos equívoca, ocupan los apóstoles en la esfera eclesiástica en su calidad de testigos primarios y autoritativos de las palabras y la obra de Jesucristo encarnado, crucificado y resucitado.
¿Pero cómo es que la autoridad apostólica se ejerce en el período posapostólico? Este es un tema crítico en las discusiones que hoy se realizan sobre la autoridad espiritual o eclesiástica, la que descansa en el presupuesto de que la autoridad absoluta pertenece a Cristo solo, y a los apóstoles una autoridad secundaria; pero que después ve esta autoridad ejerciéndose hoy en una variedad de formas. Así pues, algunos argumentan que los apóstoles trasmitieron su autoridad a sucesores episcopales, o que la iglesia misma es autoritativa, o de que existe una tradición apostólica autoritativa, añadida al testimonio escrito del NT, o que las primeras decisiones e interpretaciones de la iglesia antigua tienen una autoridad distintiva, de tal forma que, por lo menos hay una continua acción recíproca de autoridades en la iglesia bajo la dirección del Espíritu Santo.

Ahora bien, debe admitirse que hay ciertas áreas de la vida de la iglesia en las cuales la iglesia misma, sea local o universal, tiene cierto derecho de tomar el control u orden, p. ej., en la forma de culto, el ejercicio de la disciplina, y hasta en la definición más precisa de la doctrina. También podría admitirse aun que lo que ha sido hecho en los siglos pasados en cumplimiento de este derecho, por ejemplo, en las decisiones y cánones de los concilios antiguos, no dejan de tener su importancia. Hasta esta medida se debe tomar en cuenta apropiadamente las varias pretensiones de autoridad que se esgrimen en la discusión contemporánea.

Sin embargo, parece que no hay ningún apoyo bíblico para suponer que la autoridad apostólica haya sido heredada por otros. Los apóstoles solos son los testigos primarios de Cristo, y sólo a ellos se les atribuye una autoridad mediata. Así que, si la autoridad apostólica no ha pasado del todo, está, entonces, preservada en sus escritos como el testimonio inspirado y normativo a través del cual Jesucristo todavía habla y obra por su Espíritu. En otras palabras, es a través de la Biblia que Cristo ahora ejerce su autoridad divina, imparte verdad autoritativa, promulga mandamientos autoritativos e impone una norma autoritativa por medio de la cual se deben plasmar y corregir todos los arreglos y afirmaciones de la iglesia.

 
W.C.G. Proctor, «AUTORIDAD», ed. Everett F. Harrison, Geoffrey W. Bromiley, y Carl F. H. Henry, Diccionario de Teología (Grand Rapids, MI: Libros Desafío, 2006), 69–70.