DANIEL, EJEMPLO DE LÍDER CRISTIANO

Introducción

Conviene considerar a este personaje quien junto con José son dos santos del Antiguo Testamento de quienes las Sagradas Escrituras no nos dan datos negativos, y no es que fuesen perfectos sino que se caracterizaron por ser íntegros y fieles durante toda su vida. Ezequiel afirma que tal era la santidad de Noé, Daniel y Job que ellos serían los únicos justificados en el día de juicio. ¡Una recomendación muy alta!

Respecto a este tipo de integridad a toda prueba, el apóstol Pablo dice: “Pero de ninguna cosa hago caso, ni estimo preciosa mi vida para mí mismo, con tal que acabe mi carrera con gozo, y el ministerio que recibí del Señor Jesús, para dar testimonio del evangelio de la gracia de Dios” (Hechos 20:24). No hay mejor meta que terminar bien, sin mancha y sin remordimiento alguno. Tal es mi deseo personal en esta etapa final de mi carrera.

El joven Daniel sumido en una cultura pagana e idólatra (Daniel 1)

¡Qué brusco y abrumador debió haber sido el impacto que sufrió Daniel y sus compañeros al ser llevados cautivos a Babilonia en la primera invasión de Nabucodonosor, quien en ese momento era general y quien luego llegó a ser rey del imperio más potente del mundo antiguo (605 a.C.)!

Sabemos que Daniel fue escogido por ser “del linaje real de los príncipes” (Daniel 1:3). La Biblia dice que el rey de Babilonia, lo mandó a llamar por su conducta. Eran muchachos en quienes no había tacha alguna, “de buen parecer, enseñados en toda sabiduría, sabios en ciencia y de buen entendimiento, e idóneos para estar en el palacio del rey” (v. 4). También mandó al jefe de los eunucos que les enseñase las letras y la lengua de los caldeos.

No alcanzamos a imaginarnos la pérdida devastadora de los padres, del acceso al templo y la inmersión en un ambiente totalmente ajeno a toda su vida anterior. Daniel sufrió todo esto a la tierna edad de dieciocho años, aproximadamente. Pero Dios lo había preparado, precisamente, para esta hora tan crítica y para todo su pueblo en el futuro por más de 70 años.

Daniel frente a la primera prueba fuerte de su tierna edad (Daniel 1:5–21)

No tardó mucho antes que tuviera que hacer frente a la prueba máxima de su joven vida. “Y les señaló el rey ración para cada día, de la provisión de la comida del rey, y del vino que él bebía; y que los criase tres años, para que al fin de ellos se presentasen delante del rey” (1:5). Otra vez su vida es impactada por los acontecimientos.

Los nombres de los cuatro jóvenes fueron cambiados por otros, identificándolos con los mismos dioses paganos de Babilonia. Por ejemplo, el nombre de Daniel –que significa “mi juez es Dios”– fue cambiado por el de Beltsasar –que significa mi vida está protegida por Bel, nombre del dios Saturno.

Pero los cuatro confrontaron una situación de vida o muerte. Ante un déspota capaz de matar a quien no lo obedeciese, Daniel “propuso en su corazón no contaminarse con la porción de la comida del rey, ni con el vino que él bebía; pidió, por tanto, al jefe de los eunucos que no se le obligase a contaminarse. Y puso Dios a Daniel en gracia y en buena voluntad con el jefe de los eunucos” (1:8, 9). Si se lee con cuidado, fue iniciativa de Daniel la proposición que al fin de cuentas resultaría en beneficio de los otros tres.

Poniendo en riesgo su vida, Aspenaz estuvo dispuesto a aceptar la alternativa creativa que Dios le dio a Daniel. Después de sólo diez días de prueba con la dieta los cuatro jóvenes se veían más robustos y más fuertes que los demás ¡Debieron haber sido buenos frijoles!

Lo llamativo, sin embargo, no fue su salud sino la fuerza del carácter, la dedicación, la integridad demostrada por Daniel desde su tierna edad, aun cuando estaba en juego su vida y su futuro. No fue una decisión tomada a la ligera sino con base en una entrega total, cualidad que caracterizó a este hombre de Dios hasta el final de su vida. “Y continuó Daniel hasta el año primero del rey Ciro” (538 a.C.) (Dan. 1:21).

Lo que empieza bien termina bien; de igual manera lo que empieza mal termina mal. Daniel puso su vida en la línea desde la primera prueba. Al final de los tres años, los cuatro hebreos terminaron mejores que todos los demás. Jehová le había dicho a Elí: “Nunca yo tal haga, porque yo honraré a los que me honran, y los que me desprecian serán tenidos en poco” (1 Samuel 2:30).

Daniel empezó con una decisión determinante que le serviría por el resto de su carrera profesional. Sí que tal era la vida de Daniel, un político bendecido por Dios en medio de los dos imperios de alcance mundial, Babilonia y Medo Persia. Se destaca por su integridad y fidelidad en las circunstancias más difíciles y turbias.

Daniel, en la cúspide de su carrera profesional, frente a las dos visiones del rey (Daniel 2)

Después de esa primera prueba magna, Daniel estaba preparado para el próximo desafío. En el año segundo del reinado de Nabucodonosor, el rey soñó con un dilema muy grande. Tan grande fue la crisis sicológica del rey que estaba a punto de matar a todos los sabios de su reino si no le revelaban el significado del sueño.

Pidió lo imposible y por lo tanto todos los sabios estaban en plena crisis. “No hay hombre sobre la tierra que pueda declarar el asunto del rey; además de esto, ningún rey, príncipe ni señor preguntó semejante cosa a ningún mago ni astrólogo ni caldeo. Porque el asunto que el rey demanda es difícil, y no hay quien lo pueda declarar al rey, salvo los dioses cuya morada no es con la carne” (Daniel 2:10, 11).

Precisamente en la salida del capitán para matar a los sabios (v. 14), Daniel se ofreció primero a él y luego al rey mismo para declarar el sueño. Una vez más Daniel mostró su total confianza en Dios y sólo pidió un tiempo. De inmediato reunió a los tres compañeros “para que pidiesen misericordias del Dios del cielo sobre este misterio, a fin de que Daniel y sus compañeros no pereciesen con los otros sabios de Babilonia” (v. 18).

A tiempo oportuno Daniel puso alto a la masacre de los demás y pidió entrada al rey con una valentía nacida sólo en la pura fe en Dios y dijo:“El misterio que el rey demanda, ni sabios, ni astrólogos, ni magos ni adivinos pueden revelar al rey. Pero hay un Dios en los cielos, el cual revela los misterios, y él ha hecho saber al rey Nabucodonosor lo que ha de acontecer en los postreros días” (vv. 27, 28). Sabemos que Dios encomendó a Daniel a revelar una de las visiones de mayor importancia, cuya culminación todavía esperamos.

La historia del mundo antiguo confirma la interpretación bíblica y en el pronto futuro inmediato se cumplirá hasta el último detalle. De nuevo Dios “engrandeció a Daniel y le dio muchos honores y grandes dones, y le hizo gobernador de toda la provincia de Babilonia, y jefe supremo de todos los sabios de Babilonia”. Daniel usó sus buenos oficios para poner a los tres compañeros sobre los negocios de la provincia (v. 49). No sería la última vez que Daniel estaría frente al gran rey. Resultaron dos tributos del rey mismo sobre la soberanía del Dios de los cielos (vv. 46–49).

Si la primera revelación era de alcance del futuro, la segunda revelación tocaría profundamente la misma vida de Nabucodonosor. En las mismas palabras del rey, cuenta su visión perturbante: “Yo Nabucodonosor estaba tranquilo en mis casa, y floreciente en mi palacio. Vi un sueño que me espantó, y tendido en cama, las imaginaciones y visiones de mi cabeza me turbaron” (4:4, 5).

Sabemos la historia de un gran árbol, el vigilante que decretó la caída y el juicio contra el rey. Por siete tiempos éste sería cambiado y recibiría el corazón de una bestia. “La sentencia es por decreto de los vigilantes, y por dicho de los santos la resolución, para que conozcan los vivientes que el Altísimo gobierna el reino de los hombres, y que quien él quiere lo da, y constituye sobre él al más bajo de los hombres” (4:17).

Esta intervención de Dios por medio de Daniel resultó en la declaración más definitiva sobre el significado de la cabeza de oro (2:32, 37). El Dios soberano es quien pone y quita al rey. El Señor se honró de manera excelsa. Nabucodonosor dio testimonio de la supremacía de Dios por encima de todos los reyes de la tierra. (4:34–37).

Hasta el final de sus días, Daniel mostró el mismo compromiso con su Dios (Daniel 6)

A pesar del reinado largo de los babilonios, Daniel se mantenía en el favor de los sucesores paganos, cosa increíble. Sólo la integridad absoluta y la constancia pueden lograr aquello. Con tan drásticos cambios de imperio viene siempre la caída de los políticos, pero no la de Daniel. Ahora mantenía el favor de los nuevos conquistadores, los medo persas. “Pero Daniel mismo era superior a estos sátrapas y gobernadores, porque había en él un espíritu superior; y el rey pensó en ponerlo sobre todo el reino” (6:3).

Pero un complot insidioso se tramaba. La envidia y el odio de los demás persas hicieron que estos malvados propusiesen al rey Darío una ley que le diese al monarca estatus de un dios, tentación inevitable para el orgullo de un monarca. Se firmó la ley con el fin de ponerle a Daniel una trampa contra su vida devocional, sus oraciones y la costumbre que ya le había fortalecido a través de las décadas de fiel servicio a los dos imperios.

Daniel, quien estaba al tanto de la trampa que se cernía sobre él, no cambió para nada su horario espiritual. “Cuando Daniel supo que el edicto había sido firmado, entró en su casa, y abiertas las ventanas de su cámara que daban hacia Jerusalén, se arrodillaba tres veces al día, y oraba y daba gracias delante de su Dios, como lo solía hacer antes” (6:10).

Se sabe bien la historia. El rey consternado tuvo que ejecutar la ley metiendo a Daniel en el foso de los leones, pero con la confianza puesta en Daniel y su Dios: “El Dios tuyo, a quien tú continuamente sirves, él te libre” (6:16). ¡Qué testimonio de otro rey pagano a favor de la integridad de Daniel! Resultó que salió sin lesión alguna y los detractores perdieron la vida en el mismo foso. Por tercera vez en la vida de este extranjero, los representantes decretaron un edicto alabando al Dios de Daniel (2:47; 4:34–37; 6:26–27).

En la cumbre de la vida de Daniel, la oración y la visión de las Setenta Semanas (Daniel 9)

La vida de Daniel es ejemplar en muchas maneras. Daniel, José y Nehemías son ejemplos de políticos en mundos muy ajenos a la voluntad de Dios, que no fueron comprados por el mundo y sus valores materialistas y ateístas. Son pocos los que han podido resistir la seducción del poder político, el dinero y el prestigio, pero Dios sí puede preservarlos y mantenerlos firmes. Estos tres guardaron mucho su vida espiritual. Sólo así Dios puede fortificar al siervo.

Al final de una vida exitosa en gran manera, mientras se dedicaba al estudio del profeta Jeremías, Dios le concedió el honor de recibir la visión que más claramente revelaría la trayectoria del Mesías hasta el reino milenial, la Visión de las Setenta Semanas. En breve, Dios le permitió a Daniel un croquis de toda la historia de su nación y Jerusalén. Le contestó su oración mucho más allá de su petición de saber qué seguiría después de los setenta años. Dios siempre nos da más de lo que pedimos.

Pero primero se tiene que colocar en el contexto la pasión de Daniel. “En el año primero de su reinado (Darío), yo Daniel miré atentamente en los libros el número de los años de que habló Jehová al profeta Jeremías, que habían de cumplirse las desolaciones de Jerusalén en setenta años” (9:2; compárense con Jeremías 25:11–14; 29:10–14).

Luego continúa diciendo Daniel: “Y volví mi rostro a Dios el Señor, buscándole en oración y ruego, en ayuno, cilicio y ceniza. Y oré a Jehová mi Dios e hice confesión diciendo: Ahora, Señor… hemos pecado… no hemos obedecido… Tuya es, Señor, la justicia, y nuestra la confusión de rostro…” (9:3–19).

La maravillosa profecía de la historia futura del Mesías e Israel, el pueblo de Dios

Desde aquella búsqueda profunda de Jehová, él honró a Daniel por dar la visión por excelencia del Antiguo Testamento (Daniel 9:20–27). Con setenta «hebdómadas» sietes un total de 490 años, Jehová mismo daría cumplimiento a la profecía de Jeremías y mucho más. Las setenta semanas no serían de días (70) ni de años, sino de setenta unidades de sietes. Sin entrar ahora en detalles, Dios repartió las 70 semanas de años de la siguiente manera: siete semanas (49 años) y sesenta y dos semanas (62= 434 años) o en total sesenta y nueve semanas (483 años), dejando una semana pendiente (7 años) = 490 años no consecutivos. Queda, todavía, la última semana para el futuro.

Dios le da la finalidad de sus propósitos para con su pueblo con seis objetivos fijos. “Setenta semanas están determinadas sobre tu pueblo y sobre tu santa ciudad, para terminar la prevaricación, poner fin al pecado, y expiar la iniquidad, para traer la justicia perdurable, y sellar la visión y la profecía, y ungir al Santo de los santos” (9:24). Esto debe llevarnos al final de los tiempos asegurando Dios la culminación de todas sus profecías hacia Israel y su Mesías.

Se especificó el punto de partida de este gran designio divino. “Sabe, pues, y entiende, que desde la salida de la orden para restaurar y edificar a Jerusalén (bajo Nehemías 444 a.C.) hasta el Mesías Príncipe, habrá siete semanas, y sesenta y dos semanas; se volverá a edificar la plaza y el muro en tiempos angustiosos” (v. 25). Esto último se dio bajo la dirección Nehemías. “Después de las sesenta y dos semanas se quitará la vida al Mesías, mas no por sí; y el pueblo (Roma) de un príncipe (Tito en la destrucción de Jerusalén en 70 d.C.) que ha de venir destruirá la ciudad y el santuario; y su fin será con inundación, y hasta el fin de la guerra durarán las devastaciones” (v. 26).

Ahora nos queda una semana más (7 años). El texto habla del futuro: “hasta que venga la consumación, y lo que está determinado se derrame sobre el desolador” (v. 27). Esto tiene que ver con el clímax de Dios para con su pueblo y su ciudad. Así, con mucha razón, el texto habla del final de Jerusalén y la nación lo cual no ha pasado todavía; al contrario, Israel regresó (1948) en incredulidad a su tierra. Por lo tanto, podemos decir con confianza que este evento está por venir. Podemos ver el regreso de Cristo cuando venga a establecer, desde Jerusalén, su reinado de mil años (Jeremías 30:6–24; Zacarías 14; Romanos 11:20–31).

A grandes rasgos, doy esta enseñanza del futuro milenial cuando Cristo regrese para reinar por mil años (Apocalipsis 20:1–6). Todo esto es profético, pero mi énfasis es que a Daniel le concedió Dios esta profecía que prepararía a Simeón y a Ana para anticipar y saber cuando vendría el Mesías mismo (Lucas 2:25–38). Dios honra a sus siervos cuando son íntegros.

Dios mismo honró a Daniel y su integridad vitalicia por permitirle revelar el futuro de Israel a largo plazo: la muerte vicaria del Mesías por el pecado del mundo entero y luego su regreso a reinar sobre su remanente ya convertido introduciendo así el reino milenial y el estado eterno.

Lecciones fuertes que debe aprender el líder bíblico a través de la vida de Daniel

1. No hay nada que pueda sustituir la integridad en la vida del líder. La integridad debe empezar desde la etapa más joven posible, persistiendo en el propósito firme de “no contaminarse” (Daniel 1:8, 9).

2. La integridad abarca todo aspecto de la vida: amor para Dios, aborrecer el mal, manifestar fidelidad, honestidad, valentía, obediencia a todo costo hasta el mero fin.

3. Las circunstancias ajenas no deben gobernar las acciones y actitudes del líder joven.

4. Dios puede guardar limpio en toda circunstancia imaginable a quien llama a servir.

5. La valentía de un joven puede motivar a otros jóvenes para ponerse firmes (Daniel 3).

6. Dios es soberano y se encarga de la vida de los suyos cuando son fieles en santidad.

7. Dios honra a quienes le honran de la manera que él decida. “Si estuviesen en medio de ella estos tres varones, Noé, Daniel, y Job, ellos por su justicia librarían únicamente sus propias vidas, dice Jehová el Señor” (Ezequiel 14:14).

8. Daniel conocía a su Dios por medio de la oración y Dios le concedió la profecía de mayor alcance. Si Génesis 3:15 nos da el principio, Daniel 9:20–27 nos da el fin glorioso.

 

Fuente: G. Ernesto Johnson, Liderazgo Desde La Cruz: Principios Y Personajes Del Liderazgo Bíblico (Edinburg, TX: Editorial Rio Grande, 2011), 113–123.

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