REQUISITOS DEL LIDER CRISTIANO

Con frecuencia leemos en la prensa que se solicitan personas para puestos de autoridad, y también se estipulan los requisitos. En algunos casos, con el agregado de: “inútil presentarse si no reúne estas condiciones”.

Aunque el liderazgo espiritual es distinto en muchos aspectos, por la presencia del Espíritu Santo es justo pensar también que las demandas sean importantes. Siendo espiritual, nunca podemos pensar que puede haber quedado a criterio humano. Un dirigente (pastor, diácono, anciano, responsable de grupos juveniles u otras funciones de guía) representa al Señor Jesús en lo que hace. Cuando habla, cuando actúa, cuando decide, está reflejando lo que Cristo haría. Tanto en Hechos 6:1–8, como en 1 Timoteo 3:1–3; Tito 1:5–11 y 1 Pedro 5:1–5, tenemos cuadros bien definidos de como son los representantes que Dios busca. Podríamos diferenciar las funciones, pero no desconocer que como servidores de Dios, todos representamos su estilo y particularidad. Los requisitos no son una opción. Leemos: “Es necesario que el obispo sea …” (1 Timoteo 3:2), porque ante toda aspiración personal, primero tenemos que encontrarnos con Dios. Es esta singularidad lo que hace más difícil buscar a un líder espiritual, que nombrar uno al azar.

Vamos a contemplar algunos detalles precisos:

1. Irreprensibilidad

“Es necesario que el obispo sea irreprensible” (1 Timoteo 3:2). Aunque nadie espera de un ser humano la perfección absoluta, todos anhelan que el líder tenga los niveles de santidad y compostura que la Escritura prescribe. Una media docena de palabras, con muy filosos contenido y acepciones, componen en sustancia el principio de irreprensibilidad en el Nuevo Testamento. Un ingrediente común es “el de no ser hallado en falta o libre de todo cargo válido”. Por ejemplo, leemos en 2 Pedro 3:14: “Por lo cual, oh amados, estando en espera de estas cosas (las que narra en los versículos anteriores), procurad con diligencia ser hallados por él sin mancha e irreprensibles, en paz”. Es una recomendación que afecta a toda la iglesia, y no solamente a los líderes, como preparación comprometida para la venida del Señor. Con el mismo espírit aunque con otro término similar, leemos en 1 Tesalonicenses 3:13: “Para que sean afirmados vuestros corazones, irreprensibles en santidad delante de Dios nuestro Padre, en la venida de nuestro Señor Jesucristo con todos sus santos”; con ello se induce a todos los cristianos a ser intachables.

No nos parece exagerado si afirmamos que “el estar libre de cualquier cargo válido” es imperativo en todos los miembros del rebaño para cumplir el propósito de Dios. En Filipenses 2:14–15 leemos: “Haced todo sin murmuraciones y contiendas, para que seáis irreprensibles y sencillos, hijos de Dios sin mancha en medio de una generación maligna y perversa, en medio de la cual resplandecéis como luminares en el mundo”. La murmuración, que no es el estilo de vida de Dios, mancha o contamina la santidad y por su acción evidencia que somos reprensibles.

Si así debería ser la conducta del rebaño, ¿cuál es el requerimiento para el pastor? Es mayor, constante, profundo para que sea capaz de guiar a sus ovejas por el sendero irreprochable tanto en la manera de pensar como de ser. En 1 Timoteo 5 leemos acerca de la conducta o trato con los hermanos. Habla de los ancianos, de las ancianas, de las jovencitas, de las viudas, etcétera. Cada edad tiene sus problemas, sus inclinaciones y desvíos. Pablo le dice a Timoteo: “Manda también estas cosas para que sean irreprensibles; porque si alguno no provee para los suyos, y mayormente para los de su casa, ha negado la fe, y es peor que un incrédulo”. (vv. 7–8). En este caso, la irreprensibilidad de la comunidad cristiana radica en que cada uno obre con justicia en su hogar, haciendo todo conforme al mandamiento de Dios. Es muy natural que el líder que tiene que enseñar conducta, relaciones familiares y todo lo que dice el texto, sea santo en el proceder, con un comportamiento capaz de respaldar las directivas.

Lo que estudiamos nos intranquiliza y, lejos de concedernos luz verde, nos hace recapacitar por si acaso estuviéramos contradiciendo lo que debemos enseñar. Pero sentimos paz cuando nos cercioramos de que el Señor quiere intervenir; “el cual también nos confirmará hasta el fin, para que seáis irreprensibles en el día de nuestro Señor Jesucristo” (1 Corintios 1:8). Cristo mismo ratifica nuestro deseo y acude con su Espíritu para afirmarnos y hacernos modelos (ver Colosenses 1:22). Pablo decía a los tesalonicenses: “Vosotros sóis testigos, y Dios también, de cuán santa, justa e irreprensiblemente nos comportamos con vosotros los creyentes” (1 Tesalonicences 2:10). En los primeros doce versículos de ese capítulo, él mismo explicó el significado de irreprensibilidad en la vida de un líder; de modo que nosotros no necesitamos investigar un terreno desconocido. Simplemente tenemos que leer y cumplir lo que leemos. En Tito 1:6–7 otra vez nos encontramos con parte de lo que hemos estudiado. Salvo que en este caso dice que el líder “es administrador de Dios”, es decir, que tiene una clara visión de lo que le ha confiado para distribuir. Ni él, ni lo que posee es suyo, porque todo es de Dios (1 Pedro 4:10–11). Se mueve delante del rebaño compartiendo la posesión divina. Es un mayordomo fiel en distribuir “los misterios de Dios” (1 Corintios 4:1–2). Sobre esto mismo nos ocupamos más adelante en este libro.

2. Autocontrol

Antes que Cristo fuera muerto, Pedro creía que la espada era el mejor instrumento para ser un buen dirigente; hasta que después de la resurrección él se la cambió por la vara de pastor (Juan 21:15–17), con la cual habría de apacentar miles y miles de ovejas. El Señor sabía que el no que tuvo que decirle a su modo de ser, sería para su bien, y para el bien de muchos. Así también los no que aparecen en 1 Timoteo 3 y Tito 1:7 nos humillan: “no pendenciero” (buscapleitos VP); “no codicioso de ganancias deshonestas” (dinero mal habido); “no soberbio” (arrogante, altivo, terco); “no insincero (sin doblez, sin faltar a su palabra, no con doble intención); “no teniendo señorío” (aplastador de voluntades 1 Pedro 5:3); “no dado al vino” (no bebedor en exceso, borracho); “no iracundo” (no irritable, furioso, exasperable), son necesarios.

Nosotros tenemos el control del Espíritu para que “cada cual … no tenga más alto concepto de sí que el que debe tener, sino que piensa de sí con cordura, conforme a la medida de fe que Dios repartió a cada uno” (Romanos 12:3). Necesitamos rogarle a Dios que nos ayude a pensar con prudencia, con sensatez para que la gracia nos permita ser moderados en el trato con los hermanos. El equilibrio que otorga la mente gobernada por el Espíritu es de tal magnitud que los que ejercen bien el liderazgo “ganan para sí un grado honroso y mucha confianza en la fe que es en Cristo Jesús” (1 Timoteo 3:13). El autocontrol, además, es una advertencia contra cualquier tipo de tendencia a la doble intención (comp. Oseas 7:8), que puede desembocar en una falsa santidad, y en trabajos que confunden el activismo con el servicio a Dios (Santiago 4:2; 1 Juan 3:22). El énfasis bíblico sobre los “no” del ministro importan mucho para disfrutar el gozo y satisfacción en la vida espiritual. Las conversaciones, las deducciones, las conclusiones practicadas con equilibrio, favorecen la preparación de prioridades, sin las presiones del apuro o la urgencia de las circunstancias. La templanza abre las puertas a la voluntad del Señor.

3. Madurez espiritual

Dice el textos: “no un neófito” (1 Timoteo 3:6), porque puede envanecerse y caer en la condenación del diablo. En otras palabras, dejar de vivir como ciudadano del reino de Dios, para volver a ser lo que era antes y utilizar los métodos que el diablo utiliza. Si el líder olvida ser “amable” (afectuoso, cordial, agradable), se está traicionando; sus opiniones comenzarán a ser desalentadoras, hirientes y difíciles de resistir. Comenzarán, en consecuencia, la sucesión de pérdidas: pérdida de la expectativa, pérdida de la amistad, etcétera. Por ser tan pertinente al ministerio del líder, trataremos de observar algunos componentes de la madurez espiritual que aportan las Escrituras:

A. Santidad. “santo” (Tito 1:8). Uno de los requisitos bíblicos del líder, es ser santo. Ser santo es participar de Dios. Solamente cuando vivimos en santidad caminamos en comunión con él, pero en el mundo de perversión. El santo se caracteriza por vivir la vida que Dios le propone que viva (1 Corintios 1:2) y no por el lugar donde vive. Dios nos ha llamado a la santidad (1 Tesalonicenses 4:7) y nos deja en la tierra para que crezcamos en la santidad. Bien lo dice 2 Corintios 7: “Así que, amados, puesto que tenemos tales promesas, limpiémonos de toda contaminación de carne y de espíritu, perfeccionando la santidad en el temor de Dios” (v. 1). Y luego en 1 Tesalonicenses 3:13, que ya citamos mas arriba: “Para que sean afirmados vuestros corazones, irreprensibles en santidad …”. Fuimos salvos para ir al cielo, somos santos para quedarnos a vivir la vida cristiana hasta que el Señor lo disponga.

Si el líder no tiene bien claro que el árbol bueno da buenos frutos, y que su ministerio es mostrar esos frutos, es muy difícil que su servicio sea eficaz. En la alegoría de la vid y las ramas (Juan 15) el énfasis sobre la justicia de Dios con respecto al fruto es muy preciso y severo.

El líder que siente la responsabilidad de conducir al rebaño cerca del Señor, siente como propio el mandamiento de 1 Pedro 1:15–16: “Como aquel que os llamó es santo, sed también vosotros santos en toda vuestra manera de vivir; porque escrito está: Sed santos, porque yo soy santo”. La nueva vida surge de la redención (1 Corintios 6:20), y la evidencia de la redención es la santidad (1 Corintios 3:16–17). El santo santifica al Señor en su corazón, lo convierte en el único Dueño y única causa de su existir (1 Pedro 3:15). El guía santo conduce al rebaño por sendas de santidad (Salmo 29:2; Deuteronomio 26:19).

B. Conocedor de la Escrituras. “apto para enseñar” (1 Timoteo 3:2). Aunque en otras porciones de la Biblia observamos que el líder tiene que emplear otros dones para el ejercicio de su ministerio, el tener capacidad de enseñador es una obligación. “Apto para enseñar” no significa que deba ser un hombre de púlpito, sino la cualidad de conocer al Señor, las doctrinas de la fe, la conducta cristiana y comunicar los principios con fe y visión. En Tito 1:9 leemos: “Retenedor de la palabra fiel tal como ha sido enseñada, para que también pueda exhortar con sana enseñanza y convencer a los que contradicen”. Este texto alude a tres tipos de personas:

(1) Al líder (en este caso anciano de la iglesia), que tiene que mantener firme la palabra de Dios, sujetarse al texto para que posea las bases de sustentación para su fe (1 Timoteo 1:19; 3:9; 2 Timoteo 1:13).

(2) Las ovejas. “para que también pueda exhortar con sana enseñanza”. La enseñanza necesariamente tiene que estimular a los santos, consolarles en sus dificultades, confortarles en sus pérdidas, y mostrarles los propósitos de Dios (comp. Romanos 6:16–17).

(3) Los que contradicen. “y convencer a los que contradicen”. Reprochar y convencer son auténticas actividades del Espíritu (Juan 16:8). El próximo párrafo de Tito 1 describe quiénes son los que contradicen; a los cuales, él tenía que reprender “duramente”, para que fueran sanos en la fe. La historia de la iglesia demuestra la importancia de obtener estos principios y de confirmar las Sagradas Escrituras en la vida de los santos (2 Timoteo 2:24).

C. Limpia conciencia. “que guarden el misterio de la fe con limpia conciencia” (1 Timoteo 3:9). “El misterio de la fe” es toda la doctrina cristiana encerrada en el evangelio (1 Corintios 13:2; 14:2), que tiene su centro en Cristo (Colosenses 2:2). Solamente los que viven en intimidad con él reciben constantemente luz para conocer más y más de él (Efesios 1:17–18). Aunque es responsabilidad de todo el rebaño guardar el contenido de la doctrina, Dios ha puesto en los líderes la carga de saber cómo hacerlo. Lo que podría ser confusión para otros, no lo es para el líder; porque sigue con cuidado la actividad de Dios, cuidando de no manchar su conciencia con interpretaciones que no se encuentran dentro del evangelio (2 Timoteo 1:13). La conciencia adormecida se debilita y contamina (1 Corintios 8:7), pero con la vitalidad de la palabra se limpia y vuelve a poseer reflejos sobre los caminos que hay que transitar (1 Timoteo 1:5 y 19). Es un espejo sucio, las imágenes aparecen inciertas y muchas veces duplicadas o borrosas. La conciencia es el espejo del alma; necesita limpieza constante (Hebreos 9:14) en comunión con el Señor (Hebreos 10:22). Bien leemos en Hebreos 13:18: “Orad por nosotros, pues confiamos en que tenemos buena conciencia, deseando conducirnos bien en todo” (1 Pedro 3:16).

D. Hogar en orden. “que gobierne bien su casa” (1 Timoteo 3:3) El líder en la iglesia es una extensión del líder en el hogar. Necesita valerse de un solo amor para dirigir la familia, y de un solo amor para conducir al rebaño. Las comunidades griegas, como eran polígamas, vivían en constantes divorcios; no conocían el amor recto. Los cristianos nacidos en ese ambiente componían la iglesia, pero no podían dirigirla porque no eran modelos en el control del hogar. Además, el texto dice: “Que gobierne bien su casa”. Gobernar es presidir con normas, transfiriendo amor con disciplina. La disciplina que está ligada al corazón del líder, con la cual ordena su propia vida. Gobernar es instruir, aconsejar, acompañar, disciplinar y administrar. “Gobernar bien” es hacer todo esto de acuerdo con la voluntad de Dios (1 Timoteo 5:17).

En el caso que estudiamos, gobierna su casa y cuida de la iglesia; donde cuidar es otra manera de velar, atender, corregir, etcétera, así como alimentar y consolar. Luego, presidir de acuerdo a la voluntad de Dios es cuidar como él desea. Es en este contexto que debe ser hospedador (1 Timoteo 3:2; Tito 1:8), para que los hermanos puedan comprobar en su hogar el modelo que aspira para el rebaño. El amor que reina entre los miembros de la familia, la convierte en un respaldo irreductible para el pastor (Romanos 12:13), como para cualquier miembro (1 Timoteo 5:10) del rebaño (Hebreos 13:2).

E. Amor puro. “amantes de lo bueno” (Tito 1:8). El amor es de Dios y Dios aborrece lo malo. Para representar a Dios, tenemos que amar como El ama. La frase es tan amplia que incluye todas las cosas que hacemos. El guía “amante de lo bueno” se cuida de sus afanes (Filipenses 4:6–7) y los carga sobre el Señor. Trabaja en sus ocupaciones seculares como sirviendo a Cristo (Colosenses 3:23).

Nuestro corazón tiene tendencias hacia el mal, pero la conciencia despierta por el Espíritu los rechaza. Nehemías cultivó el amor a lo bueno cuando oró rápidamente al cielo antes de dar respuesta al soberano (Nehemías 2:4). Antes de cualquier decisión inoportuna, el líder persuadido de sus limitaciones mantiene una relación instintiva y habitual con Dios para conocer su pensamiento.

El “amante de lo bueno” utiliza más que una simple cortesía en sus tratos, emplea el amor, que es “sufrido, benigno, que no tiene envidia, que no es jactancioso, que no se envanece”. No se limita a las formalidades, porque usa el amor de Dios, que “no es indecoroso, no busca lo suyo, no se irrita, no guarda rencor”. Ha descubierto que la sobriedad, la justicia y la equidad son muestras de “lo bueno” y las sigue. Al esforzarse por conocer a cada oveja conoce también sus distintos puntos de vista, a veces nacidos de la enseñanza o cultura, y se rige por el radar escritural: “Si, pues, coméis o bebéis, o hacéis otra cosa, hacedlo todo para la gloria de Dios” (1 Corintios 10:31). El tacto, la discreción, hará que otros también aprendan a amar lo bueno y lo sigan.

Ser “amante de lo bueno” es proseguir hasta alcanzar la meta de la bondad y continuar con ello en pensamiento y acción. Amar lo bueno es presidir nuestras acciones como Dios lo haría (Mateo 25:35–40). Es también cuidar las relaciones afectivas, para no producir sospechas sobre amores ilegítimos. (2 Timoteo 2:22). Aunque nos hemos de ocupar del tema con más detalle en los capítulos diez y once, es oportuno recordar que ser “amante de lo bueno” pone en vigencia las reglas espirituales en la relación entre sexos; primeramente en la pureza del pensamiento (Mateo 5:28), y luego en las acciones (2 Samuel 13) que suelen quebrar muchos ministerios.

 

FUENTE: Raúl Caballero Yoccou, El Lı́der Conforme Al Corazón de Dios (Miami, Florida: Editorial Unilit, 1991), 111–121.

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