BAJANDO LA ESCALERA (Liderazgo siervo)

Sin embargo, el Nuevo Testamento revela que en Cristo debe ocurrir una revolución en el espíritu del liderazgo, sin importar cuál pueda ser el patrón auténtico. El nuevo espíritu de liderazgo que Cristo introduce es el del líder siervo. Y esa es la revolución.

Los discípulos buscan posiciones

Durante tres años Jesús enseñó y modeló el liderazgo de siervo entre sus discípulos. Luchó por comunicar esta cualidad fundamental del liderazgo dentro del reino de Dios: el líder debe ser un siervo. Los discípulos no podían comprenderlo. Es asombroso ver cuanto se resistieron estos discípulos, en su mayoría aldeanos, a cualquier concepto de convertirse en siervos. No podían imaginar que los líderes en el reino de Dios tuvieran que servir a otros o sufrir.

“Si Jesús es el Mesías, no puede ser un siervo sufriente”. Todos estaban de acuerdo en ese punto.

También creían que si Jesús era el Mesías, ellos estarían a su lado cuando él escalara hasta la cima el liderazgo y poderío global. Tan pronto comprendieron que Jesús era en realidad el Mesías, el Hijo del Dios viviente, comenzaron a luchar por conseguir las mejores posiciones. Así fue que cuando Jesús comenzó su viaje hacia el sur, dejando atrás la fama de la que gozaba en las regiones norteñas de Galilea, y dirigiéndose a una segura crucifixión en Jerusalén, los discípulos en el camino argumentaban acerca de quién de ellos sería el más grande.

La búsqueda de posiciones y poder por parte de los discípulos entristeció a Jesús.

Dos dramas en la vida de Jesús

Dos veces Jesús utilizó el drama para llamar la atención de los discípulos acerca de ser siervos. Usó estos dramas cuando el alarde de los discípulos acerca de la grandeza, se había vuelto sumamente odioso.

Primer drama: Éste ocurrió en Galilea. Los discípulos preguntaron a Jesús: “¿Quién es el mayor en el reino de los cielos?” Jesús llamó a un niño y lo puso en medio de ellos, y dijo: “De cierto os digo, que si no os volvéis y os hacéis como niños, no entraréis en el reino de los cielos. Así que, cualquiera que se humille como este niño, ése es el mayor en el reino de los cielos. Y cualquiera que reciba en mi nombre a un niño como este, a mí me recibe”. (Mateo 18:3–5).

Segundo drama: Se desarrolla en Jerusalén, durante la Ultima Cena con sus discípulos—la víspera del día en que fue traicionado, enjuiciado, crucificado y muerto—los discípulos otra vez discutían sobre lo mismo. Se escuchaban airados susurros alrededor de la gran mesa del comedor.

“Yo soy el más grande”, decían unos.

“No estén tan seguros. Yo sé que seré el administrador jefe en el gabinete de Jesús”, replicaba otro.

Con profunda tristeza Jesús tomó un recipiente con agua y una toalla. Se quitó su ropa exterior, como lo hacía cualquier siervo al prepararse para realizar trabajos serviles. Jesús lavó y secó, uno por uno, los pies de los discípulos, incluyendo los pies de Judas, quien ya había maquinado traicionarlo esa misma noche. Algunas antiguas tradiciones cristianas cuentan que Judas fue el primer discípulo a quien Jesús lavó los pies, y Juan el último. Luego volvió a su lugar.

Jesús explicó: “Vosotros me llamáis Maestro y Señor; y decís bien, porque lo soy. Pues si yo, el Señor y Maestro he lavado vuestros pies, vosotros también debéis lavaros los pies los unos a los otros”. Porque ejemplo os he dado, para que como yo os he hecho, vosotros también hagáis”. (Juan 13:13–15).

Los líderes siervos son sorpendentes

El ministerio de siervo es la piedra angular del verdadero liderazgo cristiano. La inclinación del espíritu humano es tratar de subir por la escalera de autoridad donde pueda ejercer control. La mente de Cristo invita a un movimiento en dirección contraria. Los líderes siervos bajan por la escalera, no suben (Filipenses 2:1–11).

Escribiendo desde una prisión romana, el apóstol Pablo aconseja a la iglesia en Filipos: “Nada hagáis por contienda o por vanagloria; antes bien con humildad estimando cada uno a los demás como superiores a él mismo; no mirando cada uno por lo suyo propio, sino cada cual también por lo de los otros”. Haya pues en vosotros este sentir que hubo también en Cristo Jesús” (Filipenses 2:3–5).

Un espíritu de líder siervo son buenas nuevas revolucionarias en cualquier cultura. Aunque el pueblo K’ekchí es igualitario en su patrón de liderazgo, la mente de Cristo en un líder siervo está creando una asombrosa revolución en la misma médula de su cultura.

“¿Por qué muchos K’ekchís están creyendo en Jesucristo?”, pregunté a media docena de ancianos K’ekchís mientras degustábamos un caldo de carne y tortillas.

Estábamos disfrutando de un almuerzo después del servicio de adoración del domingo por la mañana que duró tres horas, que incluyó oración por los enfermos, alabanzas, una boda, la dedicación de un bebé, prédica, regalos, felicitaciones por la buena labor del pastor y testimonios.

Inmediatamente un anciano respondió: “El esposo cristiano, en su mayoría, ya no golpea a su esposa. Cristo da inicio a una nueva actitud en el alma de los hombres que son creyentes. Ahora el varón respeta y ama a sus esposa. Se preocupa por el bienestar de su familias. Evita beber alcohol. Hay paz en los hogares de los cristianos. Por esa razón, muchas familias desean tener esa clase de paz y convertirse en cristianos”.

El mismo espíritu de liderazgo de siervo de los hombres K’ekchís está impartiendo paz a sus hogares y también está comenzando a liberar a las mujeres para el liderazgo comunitario y en la iglesia. En algunas congregaciones las mujeres son invitadas a dirigir algunos aspectos del servicio de adoración. Esa es una sorprendente revolución inimaginable hace cinco años.

Los líderes siervos revelan reconciliación

Disfrutamos subir por la escalera de la posición y del poder. Resentimos bajar, especialmente cuando al pie de nuestra escalera de posición encontramos la cruz del sufrimiento. No obstante, el camino de la cruz es la única manera de alcanzar un liderazgo fructífero en la misión de la iglesia.

Cuando los líderes suben por la escalera de posiciones, surgen las disensiones. Cuando bajan por la escalera, hay reconciliación. Cuando los líderes experimentan la reconciliación, toda la iglesia también es conducida a la reconciliación.

Un pastor en Kenya y su obispo en Tanzania rompieron relaciones. En consecuencia, toda la iglesia sufría un profundo malestar. Dos veces el obispo envió mensaje al pastor invitándole a venir y hacer la paz. Una vez mandó a su misma esposa en un vehículo para personalmente traer al pastor a la casa del obispo para reconciliarse, celebrar una fiesta y comer juntos un cabrito.

El pastor no quiso aceptar esas invitaciones. Según los patrones jerárquicos africanos, la negativa del pastor constituía una grave afrenta para el obispo.

Después de dos años, intermediarios trataron de persuadir al pastor a que se reuniera con el obispo en un terreno neutral, a la mitad del camino entre sus hogares; cada uno viajaría cien millas. Sin embargo, según el sistema africano de jefaturas, este arreglo era incorrecto, pues al pastor le correspondía buscar al obispo.

El obispo se reunió con pastores de su comunidad en busca de consejo.

Ellos le aconsejaron: “De acuerdo a nuestras tradiciones, el pastor debe buscarlo. Sin embargo, por amor a Jesús, usted debe buscarlo bajo los términos en los que el consienta reunirse con usted”.

En el día establecido, los dos hombres se reunieron en Kisii en Kenya occidental. La reunión duró tres horas.

El obispo se hizo cargo, como lo debe hacer cualquier líder responsable. Sin embargo, funcionó como jefe siervo.

“Mi hermano, he venido hoy a hacerte una pregunta. Por amor a Jesús, me perdonarás por lo que yo haya hecho para ofenderte?”, preguntó el obispo.

El pastor respondió exponiendo todas las ofensas que, según él, había recibido. Estaba subiéndose más y más en su escalera.

Durante un par de horas aquella tarde el obispo bajó y bajó en su escalera de obispo.

“Pero, hermano, ¿puedes perdonarme?”, Persistió el obispo. En un sentido el obispo estaba lavando prácticamente los pies de su hermano pastor.

Finalmente, ya tarde, el anciano obispo se levantó de su asiento y caminó hacia donde estaba sentado el joven pastor. Mirándole a los ojos, preguntó una vez más: “Por amor de Jesús, hermano, ¿me perdonas?”

El pastor comenzó a sollozar. Se puso de pie y los dos hombres se abrazaron. Oímos palabras de remordimiento, arrepentimiento y perdón. Lloramos de júbilo.

Esa tarde la noticia de la reconciliación se esparció entre los grupos de creyentes. Cantaron aleluyas de gran gozo.

Pocos días después los dos hombres se reunieron solos para revisar los asuntos que los habían separado. Pocos meses después el obispo ordenó obispos asociados, entre los cuales estaba el pastor de Kenya.

Ese tipo de liderazgo de siervo equipa a la iglesia para una misión auténtica. Es una revelación del camino de la cruz, que da por resultado una profunda reconciliación. Cuando subimos escaleras, nos separamos más y más. Los escaladores no pueden experimentar la reconciliación. Pero cuando seguimos el ejemplo de Cristo y bajamos de nuestras escaleras de orgullo, posición y poder, podemos experimentar una profunda reconciliación con nuestras hermanas y hermanos.

 

Fuente:

David Shenk, El Llamado de Dios a La Misión (Guatemala: Ediciones Semilla, 1998), 159–161.

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