AUTORIDAD

El vocablo entró en el cast. a mediados del siglo xiii, pero autor había entrado ya en el año 1155, del lat. auctor = creador, autor, promotor; y éste del vb. augére = aumentar.

La autoridad como atributo de una persona designa un conjunto de cualidades que demandan del sujeto de dicha autoridad un asentimiento* personal. El asentimiento prestado a la autoridad se llama fe. Cuando ese asentimiento se refleja en la sumisión de la voluntad, hecha manifiesta en la conducta, se llama obediencia. Hasta aquí, hemos hablado de la autoridad personal. Pero existe también la autoridad de oficio, independiente de las cualidades personales del individuo «puesto en autoridad» por voluntad de Dios. En tales casos, la obediencia a la autoridad se requiere bajo pecado (cf. p. ej. Ro. 13:1–2). Esta autoridad de oficio es propiamente oficial cuando se funda en la necesidad de dirigir la acción de los miembros de una determinada sociedad* a los fines propios de esa sociedad, ya sea ésta el Estado, la Iglesia o la familia. Aquí no entramos en la cuestión sobre quién y en qué medida debe ejercer esa autoridad.

Otra autoridad que participa de las características de la autoridad de oficio, pero se distingue claramente de ella, es la autoridad pedagógica, por la que los padres, juntamente con el Estado y con la Iglesia, asumen la misión de instruir y educar a los hijos cuya capacidad de razonar no basta todavía por sí misma para organizar su mentalidad y su conducta de forma conveniente. Una pedagogía sana es la que tiene por objeto formal ayudar al niño a entender y cumplir sus deberes personales y sociales con sentido de responsabilidad ante Dios y ante los hombres.

Pasando ahora al concepto teológico de autoridad, vemos que es de tal importancia que, si se resuelve bien el problema que plantea la cuestión de la autoridad, se ha puesto la base sobre la cual puede resolverse cualquier otro problema teológico. De la forma en que se entienda la autoridad depende en la Iglesia la organización misma, la disciplina, la predicación; en fin, las normas de fe y conducta. Sin embargo, la cuestión no es fácil de resolver, porque incluye una multitud de criterios subjetivos y objetivos que deben sopesarse correctamente para alcanzar el equilibrio doctrinal y espiritual deseable.

Una cosa es cierta: Dios (el Dios Trino) y su Palabra (la Biblia) son la autoridad suprema e indiscutible de toda comunidad eclesial (cf. Dios, Soberanía de y Biblia, Autoridad de la).

La autoridad de Dios es ejercida en el AT, no sólo directamente, sino también por delegación de poderes a quienes Él mismo invistió de la autoridad necesaria: sacerdotes, profetas, jueces y reyes. En el NT, la autoridad de Dios se expresa de forma única e irrepetible por medio de los apóstoles (cf. Apóstol), quienes por definición son los embajadores personales del Señor Jesucristo (cf. Mt. 10:1, 40; Mr. 3:14; Jn. 17:18; 20:21; Hch. 1:1–8; 2 Co. 5:20; Gá. 1:1; 2:8). De tal manera fue única e irrepetible la autoridad de los apóstoles que bien pudieron imponerla como ejercida en nombre de Dios, tanto en cuestiones de fe como de disciplina, que no pudieron tener sucesores (cf. Sucesión apostólica) y cuyos escritos inspirados gozaban de la misma autoridad que el resto de las Sagradas Escrituras (cf. 2 P. 3:15–16). Sobre otras esferas de legítima autoridad, cf. Iglesia, Autoridad de la, Sociedad y Familia.

 

Fuente:

Francisco Lacueva, Diccionario Teológico Ilustrado (Tarrasa, Barcelona: Clie, 2001), 82.

___________________________

lat. latín

vb. verbo

 

Advertisements

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out /  Change )

Google+ photo

You are commenting using your Google+ account. Log Out /  Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out /  Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out /  Change )

Connecting to %s