LAS CONSECUENCIAS DEL PECADO DEL LÍDER (parte 2)

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Tres sugerencias prácticas. (1) Necesitas hacer limpieza. Si vas a la Biblia y lees el relato de la consagración original al sacerdocio de Aarón y sus hijos en Levítico capítulo 8, vas a encontrar que se ponía muchísimo cuidado en la limpieza y purificación personal del candidato y en su consagración a este ministerio. En Levítico 8:6–7 leemos de la consagración de Aarón y de sus hijos al ministerio sacerdotal. “Acto seguido, Moisés hizo que se acercaran Aarón y sus hijos, y los lavó con agua. A Aarón le puso la túnica y se la ciñó con la faja; luego lo cubrió con el manto, y encima le puso el efod, ciñéndoselo con la cinta del mismo”. La limpieza, el lavamiento y las vestimentas limpias fueron el primer paso en el proceso de consagración. ¿Qué es limpieza? ¿Qué es lavamiento? El lavamiento es un proceso que separa el cuerpo de la persona de aquello que lo ensucia. Alguien se ensucia las manos y usa jabón para ello. ¿Para qué? A fin de sacar de sus manos la suciedad.

Ahora, a lo mejor tú te dices: “¿No es la limpieza una tarea que Dios debe hacer?” No, la limpieza no es responsabilidad de Dios, sino del ser humano. Pablo dice: “Purifiquémonos de todo lo que contamina el cuerpo y el espíritu (una acción externa), para completar en el temor de Dios la obra de nuestra santificación (una acción interna)” (2 Co. 7:1). Santidad significa integridad, y no puedes ser íntegro, sano y libre para servir al Señor, si hay mugre en tu carne o en tu espíritu. Pablo nos exhorta a que debemos limpiarnos totalmente (el verbo está en aoristo). De una vez por todas nos debemos alejar de todo aquello que nos contamina o de todo aquello que no es limpio delante de Dios. No debemos ir a Dios a pedirle que él lo haga. Él no hace este tipo de cosas. Él no va a limpiarnos y mucho menos si nos estamos dispuestos a ser limpios. Hay ciertas cosas que Dios hace que nosotros no podemos hacer. No tenemos parte alguna en la obra de nuestra salvación; nuestra redención es totalmente la obra de Dios, sólo él puede salvarnos. Pero Dios nunca hace lo que el ser humano puede hacer. Si tú y yo, como sacerdotes de Dios, queremos vivir una vida que sea digna de la vocación con que fuimos llamados, debemos limpiarnos.

Seamos honestos delante de Dios. ¿Hay en tu vida algún hábito que no es agradable a los ojos de Dios? ¡Deshazte de él! ¿Hay en algún rincón de tu casa revistas o videos pornográficos? ¡Quémalos! ¿Estuviste usando dinero de la iglesia para cuestiones personales¿ ¡Devuélvelo tan pronto como puedas! ¿Estás manteniendo una relación adulterina con alguien? ¡Termina con eso ya! Tú y yo debemos separarnos de todo lo malo y de lo que es dudoso. No debemos permitir que nada interfiera en nuestra vida espiritual y en nuestro servicio consagrado al Señor. Dios te llamó a ser lámpara; no permitas que el cristal de tu vida pierda transparencia con el tizne sucio del pecado. Quieres que Dios bendiga y fructifique tu ministerio, entonces renuncia al pecado en tu vida. Lava todo tu ser en la sangre de Jesús; límpiate de inmundicia en el agua viva del Espíritu Santo.

Además, amado consiervo o consierva, no permitas que tu pecado se transforme en una piedra de tropiezo en la vida de otros, incluso aquellas cosas que a ti no te parecen mal. Pablo es bien claro en cuanto a esto. Él dice que prefiere hacerse vegetariano si el comer carne que fue ofrecida a los ídolos puede hacer que otro hermano tropiece. Nuestro Señor dijo que sería mejor atarse una piedra de molino al cuello, que ser piedra de tropiezo al más pequeñito de sus hijos. Algo puede parecerte perfectamente correcto, pero debes preguntarte qué efecto puede tener ello en la vida de un hermano o hermana débil o inmaduro. Puedes decir: “Voy a vivir mi vida como se me da la gana.” Sí, tienes derecho a ello, pero sólo si fueses Robinson Crusoe y vivieras en una isla solitaria en medio del océano. Pero no es así contigo ni conmigo.

Además de limpiarte de aquello que interfiere con tu vida espiritual y de servicio, y de deshacerte de lo que pueda escandalizar a tu hermano o hermana débil en la fe, es necesario que pongas fin a todo aquello sobre lo que tienes dudas. El principio más seguro para la limpieza espiritual es deshacernos de las cuestiones dudosas. La Biblia dice que “todo lo que no se hace por convicción es pecado” (Ro. 14:23). Si hay algo en tu vida sobre lo cual no estás seguro que agrade al Señor, sácalo inmediatamente de tu corazón, renuncia a ello ya. No permitas que la duda estacione en tu ser interior un pecado, que luego crezca y se transforme en una pesadilla que te quite poder y autoridad en tu ministerio.

(2) Necesitas hacer reparación. La segunda cosa que debes hacer para poner fin al pecado en tu vida es hacer reparación. Dios es muy insistente en cuanto a la necesidad de que se haga reparación por el pecado cometido. En uno de los sacrificios del Antiguo Testamento, la ofrenda por las transgresiones, la persona que había cometido alguna falta o pecado por yerro, cuando hacía reparación por su pecado, tenía que añadir a lo que ofrecía la quinta parte de la ofrenda (ver Lv. 5:16). El pecado no es buen negocio. El pecado jamás rinde buenos dividendos y termina siendo extremadamente costoso. No esperes recibir en tu vida y ministerio ninguna bendición espiritual si en ellos hay pecado. Si en tu vida hay cosas que necesitan ser cambiadas, no te hagas ilusiones de recibir nada del Señor hasta que renuncies a esas cosas. Tus pecados no confesados siguen produciendo su interés en tu vida y aumentando tu deuda delante de Dios. Las áreas de tu vida que pusiste bajo el control de Satanás, si nunca renunciaste a los pactos y compromisos que hiciste con él, siguen en sus manos, y el diablo a la corta o a la larga te va a pasar la factura. Arregla tus cosas. Líder, te esforzaste no para glorificar a tu Señor sino para aumentar tu prestigio y poder. ¿Hiciste reparación por ese pecado? Pon tu vida en orden. Devuelve lo que robaste. Sana al que heriste. Pide perdón a quien ofendiste. Haz reparación por tu pecado. Si no lo hiciste hasta ahora, tu deuda sigue en pie y está delante del Señor. Y él no puede utilizarte como sacerdote ungido, hasta que no hagas reparación por tus pecados.

Ahora, quizás digas que esto es muy costoso. ¡Por supuesto que es costoso! Cuando te metiste en el pecado ya sabías que el pecado es costoso y que por más que te hagas el distraído tarde o temprano llega el momento en que hay que pagar. Pero te aseguro que a menos que pagues tu deuda no vas a quedar libre ni vas a ser sanado, y mucho menos, podrás ser un instrumento digno de ser utilizado por el Señor con poder y autoridad. Él te quiere sano, libre y limpio. Él quiere que de veras seas un sacerdote ungido por su Espíritu Santo y lleno de frutos para su gloria. Sinceramente creo que lo que está impidiendo a muchos recibir la bendición de Dios es que no están dispuestos a deshacer el daño que han cometido en el pasado contra sí mismos, contra otros o contra Dios. No te olvides de lo que Jesús dijo con meridiana claridad: “Por lo tanto, si estás presentando tu ofrenda en el altar y allí recuerdas que tu hermano tiene algo contra ti, deja tu ofrenda allí delante del altar,” porque Dios no la va a aceptar. “Ve primero y reconcíliate con tu hermano; luego vuelve y presenta tu ofrenda” (Mt. 5:23–24). Si quieres ofrecerle al Señor la ofrenda de tu vida en servicio, haz primero reparación por tu pecado. Necesitas hacer reparación.

(3) Necesitas hacer ofrenda. El sacerdote ungido que pecaba debía hacer al Señor una ofrenda por el pecado cometido. Una vez que había hecho toda la reparación posible por su pecado, debía venir y presentar una ofrenda quemada. ¿Qué era esto? Si alguna vez estudiaste en detalle los diferentes tipos de ofrendas en el Antiguo Testamento, sabrás que esta ofrenda era la única en la que el animal inmolado era colocado entero sobre el altar. En el caso de las demás ofrendas, el sacerdote se quedaba con una parte, o el oferente guardaba algo, o se guardaba una porción para el Señor. Pero en el caso de la ofrenda quemada, todo el animal era puesto sobre el altar y era consumido totalmente por las llamas. ¿Qué significa esto? Simbólicamente, esto significa que quien ofrecía la ofrenda ponía toda su vida sobre el altar, con todas sus facultades, emociones, talentos, voluntad, sueños y oportunidades. Todo el ser era colocado sobre el altar y consumido por el fuego de la consagración para la gloria de Dios. Esto es lo que el apóstol estaba pensando, cuando decía: “Tomando en cuenta la misericordia de Dios, les ruego que cada uno de ustedes, en adoración espiritual, ofrezca su cuerpo como sacrificio vivo, santo, agradable a Dios” (Ro. 12:1). Pero la única manera de presentar esta ofrenda y de hacer este sacrificio es si primero hay limpieza y luego la determinación de hacer reparación. Cuando limpiamos nuestra vida de la escoria del pecado y permitimos que el Espíritu sane y libere nuestra vida por la reparación que hacemos, entonces estamos en condiciones de ofrecernos a Dios como ofrenda quemada.

Hay algo más. Cuando se consagraba a un sacerdote ungido, según Levítico 8, se lo purificaba con agua y se lo vestía de las vestiduras sacerdotales, se lo ungía con el aceite de la unción, se ofrecía la ofrenda quemada del becerro de la expiación, se presentaba y quemaba totalmente el carnero del holocausto, luego se ofrecía el carnero de las consagraciones, y finalmente el canastillo de los panes sin levadura. Es interesante notar lo que se hacía con la sangre del carnero de las consagraciones. En Levítico 8:23, leemos: “Moisés lo degolló, y tomando un poco de la sangre, se la untó a Aarón en el lóbulo de la oreja derecha, en el pulgar de la mano derecha y en el dedo gordo del pie derecho.” ¿Por qué se hacía esto con el sacerdote ungido? Estos gestos eran para mostrar al sacerdote y al pueblo que el siervo de Dios debía ser alguien con todo su ser apartado para el Señor y su servicio. El sacerdote ungido es alguien cuyo oído está absolutamente atento a la palabra de Dios, de modo que no presta oído a cosa alguna que no sea limpia, verdadera, honesta, justa, pura, amable y de buen nombre. Sus manos están ungidas para hacer lo recto delante de Dios; son manos santas que bendicen, sanan, consuelan, expresan amor y ternura; son manos que se alejan de tocar lo inmundo, sucio y corrompido; son manos que no aplauden a los que hacen lo malo ni se unen en yugo desigual con aquellos que son incrédulos y están en tinieblas. Los pies del sacerdote ungido siguen presurosos al Señor, andan en sus caminos, van allí donde él lo necesita, y no transitan en el consejo de los malos ni están en el camino de los pecadores. Cada parte y todo el ser del sacerdote ungido están totalmente consagrados al servicio de Dios.

¿Quieres ser un sacerdote ungido, a quien el Señor utilice para su gloria con una visión renovada? Es necesario que ahora mismo comiences tu proceso de limpieza y de separación de todo aquello que está contaminando tu vida. ¿Vas a hacerlo en este momento? ¿Vas a tomar la decisión, por la gracia de Dios, de permitir que el Espíritu Santo purifique tu vida y quite la escoria del pecado que te oprime? ¿Vas a hacer toda la reparación que puedas por tus pecados pasados que han afectado a otros? Cada vez que pecaste, estuviste hiriendo a alguien. ¿Vas a tomar tu vida en esta hora, con todas sus posibilidades, talentos, habilidades, pericias, dones, y la vas a poner absoluta y totalmente a disposición del Señor, para que él la utilice como él quiera? ¿Estás listo para hacer esto ahora? Si lo haces, él aceptará tu ofrenda y vas a poder vivir una vida y cumplir un ministerio que sean dignos de él.

Fuente:

Pablo A. Deiros, Liderazgo Cristiano, Formación Ministerial (Buenos Aires: Publicaciones Proforme, 2008), 72–76.

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