LAS CONSECUENCIAS DEL PECADO DEL LÍDER (parte 1)

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El capítulo 4 de Levítico comienza con el caso del sacerdote ungido que peca. ¿Por qué? ¿Por qué el pecado del sacerdote ungido es el primer problema de pecado que se presenta? Porque evidentemente es el más importante y el de mayores consecuencias. ¿Eres consciente de cuán terrible es el pecado en la vida del siervo o la sierva del Señor? Quizás no haya diferencias en cuanto al hecho pecaminoso en sí, pero sí hay una gran diferencia en cuanto a las consecuencias. El pecado del empleador es de consecuencias más graves que el pecado del empleado; las consecuencias del pecado del funcionario de gobierno son más graves que las de los pecados de los gobernados; el pecado del misionero es mucho más grave en sus consecuencias que el pecado de los recién convertidos nativos. ¡Qué terrible es en sus consecuencias el pecado del siervo o la sierva del Señor!

El pecado del líder afecta al pueblo creyente. ¡Cuánto daño puede causar el pecado del líder ungido en el pueblo que está bajo su cuidado y liderazgo! La Biblia de las Américas y otras versiones traducen Levítico 4:3 de esta manera: “Si el que peca es el sacerdote ungido, trayendo culpa sobre el pueblo…” El pueblo de Dios termina sufriendo las consecuencias del pecado del siervo ungido. Jeremías se lamenta, diciendo: “los profetas profieren mentiras, y los sacerdotes gobiernan a su antojo; ¡y mi pueblo tan campante!” Y se pregunta: “¿qué van a hacer ustedes cuando todo haya terminado?” (Jer. 5:31). Líder, si estás guardando un pecado que te domina, ¿qué va a pasar con tu iglesia? Amas a tu iglesia, pero la Biblia es bien clara cuando afirma que “será el pueblo como el sacerdote” (Os. 4:9, RVR). Sí, ésta es la tragedia que ocurre cuando hay pecado en la vida del líder del rebaño. Este pecado no sólo afecta al siervo o la sierva en lo personal, sino que tiene nefastas consecuencias sobre el pueblo de Dios.

El pecado del líder afecta a quienes están en contacto con él. El pecado del líder no sólo afecta al pueblo del Señor por el que es espiritualmente responsable. Este pecado afecta también a todos aquellos que toman contacto con el siervo o la sierva del Señor. Ninguno de nosotros puede pecar solo; el pecado siempre afecta a algún otro ser humano. Tu vida está permanentemente ejerciendo una influencia directa o indirecta, consciente o inconsciente, sobre cada persona que se cruza en tu camino. Si como sacerdote de Dios, como alguien que profesa ser un hijo o hija de Dios, pecas, vas a hacer más difícil a otras personas entender y aceptar el camino de Dios para sus vidas. Quizás piensas que si pecas en lo secreto, nadie va a enterarse y en consecuencia, nadie va a escandalizarse. El pecado queda entre tú y Dios. Pero la Palabra dice que tarde o temprano el pecado nos alcanza, y que no hay pecado oculto que no haya de ser manifestado. ¡No sigas pecando, líder, porque Dios te va a bajar los pantalones o tu falda, y quedará expuesta la vergüenza de tu pecado! En Jeremías 13:26–27, dice el Señor: “¡Yo también te alzaré las faldas hasta cubrirte el rostro y descubrir tus vergüenzas! He visto tus adulterios, tus relinchos, tu vergonzosa prostitución y tus abominaciones, en los campos y sobre las colinas.” ¡Arrepiéntete! ¡Vuélvete al Señor y abandona tu pecado!

El pecado del líder afecta al Señor mismo. El pecado del líder ungido afecta al Señor mismo, porque este pecado contrista al Espíritu Santo que mora en él o ella. Jamás vas a contristar a un enemigo. A un enemigo lo vas a enojar o lo vas a desafiar. Sólo se puede contristar a alguien que te ama. Y cuanto más profundo sea este amor, tanto más dolor producirá tu pecado en el corazón de quien te ama. Querido líder, si hay pecado en tu vida, ¡deja de entristecer al Espíritu Santo! No sometas más a tu Señor a la vergüenza, al martirio del dolor por tu desobediencia, a la aflicción de ver que tomas en poco la sangre de Jesús, a la frustración de sentir que sus llamadas de atención y el gemido de su amor no encuentran eco en tu mente y voluntad. ¡Basta de pisotear la cruz de Cristo y de tener en poco su sangre! ¡Arrepiéntete! ¡Vuélvete al Señor y abandona tu pecado!

SOLUCIONES

Quizás en este momento te estés preguntando: “¿Qué puedo hacer?” ¿Cuál es la solución para el problema del pecado sacerdotal en mi vida? Tengo una pregunta muy seria para plantearte y tres sugerencias prácticas para darte.

Una pregunta seria. Antes que nada, quiero plantearte de manera directa una pregunta seria y quiero que la respondas ahora mismo: ¿estás de veras deseoso de deshacerte de tu pecado y de ponerle fin a la práctica de ese pecado por amor a Jesús? ¿Estás deseoso de sacar de tu vida todo aquello que te impide ser el siervo o la sierva que Dios quiere que seas? ¿Estás preparado para confrontar ahora mismo todo aquello que el Espíritu Santo te revele como pecaminoso en tu vida? Quizás digas: “Hasta donde me consta, creo que todo está bien en mi vida.” Sí, quizás sea así. Pero el versículo anterior a nuestro texto dice: “Cuando alguien viole inadvertidamente cualquiera de los mandamientos del Señor, e incurra en algo que esté prohibido” (Lv. 4:2). La Biblia de las Américas traduce: “Si alguien peca inadvertidamente,” y la Versión Popular dice “involuntariamente.” Probablemente, antes de leer estos párrafos pensabas que ese pecado oculto no estaba mal. Pero el Espíritu Santo te ha estado redarguyendo de pecado y ha crecido en tu corazón la convicción de que esa práctica, ese hábito, esos pensamientos, ese lugar que sueles frecuentar, esas relaciones que mantienes, son pecados. Quizás pensaste antes que no había nada de malo en esas acciones y actitudes. Pero ahora el Señor te está diciendo que tu posición como sacerdote ungido es incompatible con esos pecados. Entonces, ¿qué vas a hacer? Esta es la cuestión: ¿estás dispuesto a desligarte de todo pecado y maldad en tu vida? ¿Estás dispuesto a renunciar y a despojarte de todo el pecado que te asedia?

Fuente:

Pablo A. Deiros, Liderazgo Cristiano, Formación Ministerial (Buenos Aires: Publicaciones Proforme, 2008), 71–72.

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