IMPORTANTE PARA UN LIDER CRISTIANO

Sabiduría

También lo es su sabiduría. Entre los hombres suele haber cierta separación entre el conocimiento y la sabiduría (1 Corintios 12:8), pero no en Dios (cf. Romanos 11:33). Algunos hombres acumulan un gran cuerpo de conocimientos y se hacen expertos en determinadas disciplinas académicas, pero no son necesariamente muy sabios. Otros son sabios, pero carecen de muchos conocimientos, por lo cual su sabiduría es limitada. Pero, puesto que Cristo tiene todos los tesoros del conocimiento, las riquezas de su sabiduría son también inagotables. La sabiduría es la habilidad de aplicar el conocimiento en situaciones concretas de tal forma que saquemos el provecho más amplio.7 Si nuestro conocimiento es limitado, nuestra sabiduría no puede ser más que parcial. Pero la omnisciencia de Cristo conduce a una sabiduría perfecta. De hecho, él es la sabiduría de Dios (1 Corintios 1:24).

Por supuesto, los falsos maestros de Colosas ofrecían a sus seguidores abundante «conocimiento» para que pudieran alcanzar verdadera «sabiduría». Ya hemos visto que los colosenses estaban en peligro de dejarse seducir por estas ideas y de intentar buscar la sabiduría en los misterios y conocimientos esotéricos de la herejía. Sin duda, los herejes enseñaban que ellos mismos tenían acceso a un entendimiento que sobrepasaba con mucho todo lo que se hallase en las páginas de la revelación divina.8 No, dice Pablo. Los tesoros de la sabiduría y el conocimiento no están repartidos entre los diferentes señores celestiales, sino que todos están concentrados en una sola persona: Jesucristo.9 Quien tiene a Cristo tiene acceso a todo entendimiento espiritual. No hace falta acudir a nadie más.

Los colosenses no necesitan ni deben buscar otra fuente de felicidad y santidad fuera de Cristo. ¿Se jactan los falsos maestros de su sabiduría y conocimiento? ¿Se glorían en los ángeles? Ni hombre, ni ángel, ni ninguna otra criatura tiene algo que ofrecer que no pueda ser hallado en Cristo en un grado infinitamente superior y en una esencia incomparablemente más sublime.10

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Tesoros

Pero lo grande de todo esto es que Cristo pone a nuestra disposición los recursos de su sabiduría y conocimiento. Los que le sirven a él con fidelidad llegan a ser no ya sus siervos, sino sus amigos; y a éstos les dice: Ya no os llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor; pero os he llamado amigos, porque os he dado a conocer todo lo que he oído de mi Padre (Juan 15:15). Nos revela todo lo que necesitamos saber para caminar en santidad por la vida, todas aquellas verdades del evangelio que son necesarias para la salvación y la vivencia (2 Pedro 1:3). Si nos falta sabiduría o percepción espiritual, nos las da en abundancia (Santiago 1:5). Tanto la sabiduría como el conocimiento de Cristo nos son suministrados por obra del Espíritu (1 Corintios 11:8).

Y, verdaderamente, tales conocimientos son auténticos «tesoros». Basta con considerar la situación penosa de muchos de nuestros contemporáneos (que no tienen ni idea de por qué están aquí, de cuál es el sentido de la vida, de cuál es su destino y de cómo acabarán) como para darnos cuenta del inmenso privilegio nuestro de haber recibido la revelación de Dios en Cristo. Pablo mismo no dejaba nunca de maravillarse ante la gloria de esta revelación: acaba de hablar de «riquezas» (2:2); ahora habla de «tesoros».

 

David F. Burt, Cristo En Vosotros: Colosenses 1:24-2:19 (Barcelona: Publicaciones Andamio, 2006), 70–72.

 

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7 Hendriksen, pág. 123. Varios autores (por ejemplo, Erdman, pág. 64) señalan que no es fácil determinar la distinción exacta entre el uso paulino de «conocimiento» y «sabiduría». Abbott, pág. 243, sugiere que el conocimiento es «intuitivo», mientras que la sabiduría es «reflexivo»; es decir, que el conocimiento es la verdad aprehendida, mientras que la sabiduría es la verdad procesada por el raciocinio.

8 MacDonald, pág. 964.

9 En Romanos 11:33, las riquezas de la sabiduría y del conocimiento pertenecen a Dios, lo cual viene a ratificar el carácter divino de nuestro Señor Jesucristo.

10 Hendriksen, págs. 122–123.

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