LA IRA DEFENSIVA FRENA EL AVANCE

1. La agresividad ahoga la comunicación

Es difícil hablar acerca de asuntos espinosos que surgen en el trato normal de una relación cercana, aun cuando las dos personas estén abiertas y dispuestas a escuchar. Se requiere de un fino equilibrio entre dar y recibir, estirar y afl ojar. Pero cuando uno de ellos o ambos consideran que “dar” es equivalente a traición, la conversación rápidamente se torna belicosa y las buenas intenciones que pueda haber entre ambos se van al traste.

Lo más seguro es que alguien tenga que rendirse incondicionalmente para que la paz vuelva al hogar. Y ¿adivine quién es la persona que siempre levanta la bandera blanca de la paz? Correcto, no es la que está a la defensiva y con el rostro rojo de ira.

Con el tiempo, la familia y amigos se cansan de la derrota constante y sencillamente dejarán de hablar de asuntos difíciles. Esta es una verdad: cuando la comunicación comienza a fallar, se producen divisiones y las relaciones comienzan a deteriorarse.

El antídoto para resolver una división provocada por la agresividad es dejar que Dios con Su amor sanador produzca la reconciliación y luego estar dispuestos a compartir ese amor con los demás. La Biblia resume el poder restaurador del amor con estas palabras:

“El amor es sufrido, es benigno; el amor no tiene envidia, el amor no es jactancioso, no se envanece; no hace nada indebido, no busca lo suyo, no se irrita, no guarda rencor; no se goza de la injusticia, mas se goza de la verdad. Todo lo sufre, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta” (1ª CORINTIOS 13:4–7).

Cuando deponemos nuestra actitud agresiva al relacionarnos con los demás, fluye con más facilidad la comunicación y las relaciones se hacen más fuertes y sanas.

2. La actitud defensiva exige rendición de cuentas

He aquí una verdad inamovible: Nadie es perfecto. Todos somos personas que estamos en proceso y aún nos falta mucho por crecer y aprender. Cada día es una nueva oportunidad para obtener madurez y sabiduría. Por esa razón, el mundo es nuestra aula y nuestros maestros más valiosos son las personas con quienes nos relacionamos. Son como espejos en los que nos reflejamos con mayor claridad. Las personas más cercanas a nosotros son, en diversas maneras, aquellas a quienes hemos de rendir cuentas por nuestras palabras y actos.

El problema con nuestra actitud agresiva es que lanza una cortina de humo al proceso. Evadimos nuestra responsabilidad y nos perdemos la oportunidad de aprender de nuestros errores. La sed de pelear puede alejar a la gente cuando pensamos que lo que quieren es herirnos, pero también nos perdemos la oportunidad de escuchar la corrección amorosa de Dios a través de aquellos a quienes Él puede usar para cambiarnos.

Salomón escribió: “El oído que escucha las amonestaciones de la vida, entre los sabios morará. El que tiene en poco la disciplina menosprecia su alma; mas el que escucha la corrección tiene entendimiento” (Proverbios 15:31–32). Ese es un gran consejo para cualquiera que usa la ira defensiva para no rendir cuentas a nadie de su actuar.

3. La actitud defensiva hace una montaña de cualquier grano de arena

A través de los años he aprendido a confi ar en la sabiduría profunda de este simple dicho: Escoge tus luchas con cuidado. Esto es muy cierto cuando me enojo. Para seguir ese consejo, trato de detenerme antes de reaccionar con ira y me hago las siguientes preguntas:

—¿Tengo el derecho?
—¿Qué beneficio tendré si lucho esta batalla?
—Aun si gano, ¿hará más daño que bien?
—¿Cómo respondería Jesús en esta situación?

Créame, no siempre hago las cosas bien. Pero más de una vez he evitado cometer errores graves al calcular su costo antes de iniciar una confrontación. El Señor Jesús dijo: “¿O qué rey, al marchar a la guerra contra otro rey, no se sienta primero y considera si puede hacer frente con diez mil al que viene contra él con veinte mil?” (Lucas 14:31).

En realidad es puro sentido común. Sin embargo cuando estamos atrapados en los interminables ciclos de la ira defensiva, es casi imposible hacer este tipo de razonamiento estratégico. Cuando todas las ofensas, sin importar cuán grandes o pequeñas sean, se toman como asunto de vida o muerte, es imposible pensar que podemos dejarlas pasar.Cuando usted no ha sometido su dolor del pasado a Dios, quizá se sienta presionado a reaccionar ante cualquier nueva amenaza con ira renovada, tenga o no sentido. Se ha convencido de que no debe enzarzarse en otro pleito, pero tampoco puede simplemente ignorarlo.

Estoy segura de que Jesús diría que un rey como el del ejemplo, está destinado al fracaso, o al menos a la pobreza por causa de las guerras continuas. La única solución no es la confrontación, sino la sumisión, someter las heridas a Dios y Su toque sanador. Entonces podremos buscar la sabiduría divina, someter todas nuestras batallas a Él y confiar en que Él nos dará la paz y reconciliación.

4. La actitud defensiva le impide tratar con la verdadera causa de la ira

Después de nuestra conversación, Jimmy le dijo a Diana que estaba cansado de vivir en una zona de guerra. La invitó a participar en “diálogos de paz” con él y con un consejero que fungiría como mediador. No fue fácil para ella poder ver más allá de los sentimientos que tenía cuando se sentía atacada. Pero lo hizo.

Meses después hablé con Diana acerca de su experiencia. Ella me dijo: “Hice grandes avances cuando entendí que estar a la defensiva y pelear con Jimmy por todo y por nada me estaba impidiendo ver la verdad: él no era la fuente de mi ira. Era como estar demasiado centrada en el humo, sin tener idea de dónde provenía el fuego”.

Por fin se pudo dar cuenta de que el fuego escondido que llevaba dentro había sido encendido hacía ya mucho tiempo. Creció con tres hermanos mayores muy competitivos, por lo que Diana creía que tenía que trabajar diez veces más duro que la mayoría de la gente para que se le considerara “suficientemente buena”. Cuando entró a la universidad, ya vivía en alerta máxima. Pero fue ahí donde desarrolló el hábito de expresar su ira defensiva. Se graduó en un campo dominado por hombres así que se sintió “relegada a la retaguardia”. Infortunadamente parecía que los consejeros que tuvo habían sido cortados por la misma tijera machista y cuando criticaban su trabajo siempre lo hacían humillándola, con sarcasmo y como un ataque personal.

“Entonces decidí que no iba a permitir que nadie me volviera a tratar de esa manera,” me dijo Diana. “Lo triste es que me convertí en la persona airada que precisamente no quería ser”.

Diana había levantado muros impenetrables por su actitud agresiva, y se había perdido al llegar al fondo del asunto de su gran enojo. No había día en que ella no encontrara cualquier pretexto para proyectar todo su dolor e ira contra Jimmy.Fue muy injusta con él y siempre estuvo atorada en el círculo vicioso de la ira no resuelta. Gracias a Dios finalmente se dio cuenta de eso y comenzó a trabajar en ello.

El gran líder de los derechos civiles Martin Luther King, Jr. dijo en una ocasión, “Las tinieblas no pueden disipar las tinieblas; solamente la luz puede hacerlo. El odio no puede erradicar el odio; solamente el amor puede lograrlo”.3

Una vida que se vive agresivamente no puede aliviar el dolor ni el temor. Solamente la gracia sanadora puede hacerlo cuando nos sometemos al cuidado de Dios. Permítale asumir la responsabilidad de su defensa y descanse en Sus brazos.

Fuente:
June Hunt, Cómo mantener la calma… cuando la ira estalla (Bogotá, D.C., Colombia: Centros de Literatura Cristiana, 2011), 164–168.

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