EL LÍDER Y EL PERDÓN

Perdonar es quitar la culpa del culpable. Ver a una persona con la carga de la falta que cometió, es no haber ejercido aún la gracia del perdón.

1. El ejercicio del perdón

En la última parte del libro de Génesis, un adolescente de diecisiete años (Génesis 37:2) amado de su padre, pero muy aborrecido por su hermanos, fue sentenciado primero a morir ahogado en una cisterna, y luego, como ésta no tenía agua, a desaparecer de la escena vendido odiosamente por veinte piezas de plata a una caravana de mercaderes que se dirigía a Egipto (Génesis 37:25). Solo, sin papá, sin mamá y sin familia, fue montado en un camello, para oír un idioma nuevo, costumbres nuevas y dejar de ser hijo para transformarse en un esclavo para siempre. Los hermanos, mientras tanto, con la sangre de un cabrito mancharon la túnica que le habían quitado, para decirle al padre que una bestia lo había devorado.

Pasaron alrededor de treinta y cinco años, y José acompañado por Dios ocupó lugar muy destacado en Egipto, rodeado de honores y de mucha fama. Un día, llegaron hasta él unos viejecitos miserables y desposeídos a quienes José reconoció como sus hermanos. Al verlos se echó a llorar con disimulo, pero no podía reprimir sus recuerdos y entristecerse al comprobar las consecuencias de la mentira, del odio y del pecado.

perdon-3José les perdonó, pero el fuego ardiente del remordimiento no pudo apagarse en los corazones de ellos, y cuando murió Jacob pensaron que José tomaría represalias; pues suponían que el perdón era una manera política de manejar un tema delicado frente a una persona tan anciana como su padre. Le enviaron, entonces, un mensaje: “Y enviaron a decir a José: Tu padre mandó antes de su muerte, diciendo: Así diréis a José: Te ruego que perdones ahora la maldad de tus hermanos y su pecado, porque mal te trataron; por tanto, ahora te rogamos que perdones la maldad de los siervos del Dios de tu padre. Y José lloró mientras hablaban. Vinieron también sus hermanos y se postraron delante de él, y dijeron: Henos aquí por siervos tuyos. Y les respondió José: No temáis; ¿acaso estoy yo en lugar de Dios? Vosotros pensasteis mal contra mí, mas Dios lo encaminó a bien, para hacer lo que vemos hoy, para mantener en vida a mucho pueblo. Ahora, pues, no tengáis miedo; yo os sustentaré a vosotros y a vuestros hijos. Así los consoló, y les habló al corazón” (Génesis 50:16–21).

Este modelo de perdón tiene algunos componentes importantes: Primero: El perdón tiene que ser verdadero. José ya los había perdonado (Génesis 45:6–7), pero ellos dudaban. No conocían el carácter de un varón de Dios, ni el ejercicio del perdón de Dios. Estaban acostumbrados a los modos de los pueblos y no sabían que José había aprendido otro estilo de vida en la presencia de Dios. Se había acostumbrado a no fingir, y a desechar la simulación que había en ellos mismos. El perdón que floreció cuando les vio llegar a Egipto, era una auténtica evidencia de hombre de Dios.

Segundo: Lo sucedido le causaba dolor. “José lloró mientras hablaban”. Tanto en el caso anterior como en este, corrieron por su mente muchos episodios y sucesos que ya tenían el veredicto de Dios y la historia lo evidenciaba. Nuevamente José palpó las consecuencias de la mentira, y se entristeció en gran manera al ver a sus hermanos presos de la pesadumbre y del remordimiento que arrastraron por tantas décadas. El pago de la venganza es la herida incurable del desasosiego permanente. Lloró por ver la miseria del pecado en su propia familia; lloró porque los amaba, y se entristeció mucho al ver a esos hombres mayores vencidos por una vida de culpa, gustando la triste recompensa del engaño. El líder perdona cuando siente el dolor por el pecado.

Tercero: Supo ocupar su lugar: “¿Estoy yo en lugar de Dios?” Es una tendencia humana el ocupar un lugar de preferencia o justificativo frente a una persona que se humilla como lo hicieron esos hombres. Hubiera sido su oportunidad para enorgullecerse sobre ellos, pero no ocupó ese lugar. José sabía que solamente Dios podía perdonar, y se dio cuenta de que estaba frente a la gracia divina. El perdón no es un merecimiento, sino una gracia, y la gracia es de Dios. Solamente El podía—y puede—decir: NO. El líder perdona cuando permite que Dios ocupe su lugar.

Cuarto: La lección extraída del error: “Vosotros pensasteis mal contra mí, pero Dios lo encaminó a bien”. Aquellos hombres hicieron un mal y se quedaron toda la vida con el remordimiento. No tenían a Dios, ni revelación de Dios. No había en sus planes más que un corto “aquí y ahora” que no les permitió ascender al carro de la victoria. José, que había comprendido que estaba sobre todas las cosas, tenía otra interpretación: “Dios lo encaminó … para hacer lo que vemos hoy, para mantener en vida a mucho pueblo”. Si él no hubiera tenido un corazón perdonador, Dios no hubiera podido enseñarle el valor de las pruebas; porque su amargura hubiera dominado todo y condicionado aun los planes divinos.

Quinto: La evidencia de haber perdonado: “No tengáis miedo … yo os sustentaré a vosotros y a vuestros hijos. Así los consoló y les habló al corazón” (v. 21). Los tranquilizó, les prometió abundante sostén y los consoló tiernamente. Efectivamente, José había perdonado a sus hermanos.

perdonSi estos cinco pasos pueden ayudarnos, diríamos que un líder ha perdonado cuando esta quinta actitud es una realidad: “los consoló y les habló al corazón”.
Otro ejemplo que podría ayudarnos es el de Moisés, quien siglos después, siendo ya Israel un pueblo grande, Dios levantó para que los libertara de Egipto. Este líder tuvo que perdonar ataques del pueblo, pero uno de éstos cobró singular relevancia.

Andando por el desierto cerca de Hazerot, María—su hermana—levantó una calumnia con el fin de destruir al siervo de Dios. Dios aplicó esa murmuración como a sí mismo (Números 12:2) y la mujer fue severamente castigada con lepra, en una breve ceremonia donde intervino la nube de la presencia de Jehová, y fue arrojada del campamento por siete días. Se vivió una situación tensa, porque la profetisa había caído y todo el pueblo permanecía detenido como si Dios quisiera que una meditación sincera se apoderara de cada integrante. Seriamente atacado por su hermana, Moisés estuvo afligido; no solamente por la cercanía familiar, sino por la obra que Satanás quería hacer entre los responsables. Por causa de un miembro de su familia todo se había detenido. Dios quería que la sanción fuera una lección y no una venganza, y Moisés tenía la misma interpretación; pero los tiempos eran distintos. Moisés quería evitarle el destierro y Dios no. La oración del libertador fue: “Te ruego, oh Dios, que la sanes ahora: (Números 12:13); pero la respuesta fue: “Sea echada del campamento por siete días”. Dios quería que ella supiera el precio de la murmuración, que todos supieran que Moisés era el hombre aprobado por él, y que con la murmuración en medio no hay avance: “Y el pueblo no pasó adelante hasta que se reunió María con ellos” (v. 15).

¿Cuándo un líder perdona? Cuando puede orar por su adversario en la manera en que lo hizo y esperar que Dios actuara según su voluntad.

Otros siervos de Dios también perdonaron. Podríamos recordar a David, Jeremías, Isaías o Daniel, cuyas vidas eran modelos de sujeción al Dios perdonador. Pero ¿qué sucede conmigo o con usted que muchas veces el perdón parece un acto imposible, y cuando se logra es motivo de divulgación como algo sensacional y no corriente?

Hemos leído y nos ha conmocionado el caso de Esteban. Pero con frecuencia no deja de ser un buen ejemplo de alguien “distinto” a nosotros; porque eso de clamar de rodillas: “Señor no les tengas en cuenta este pecado” (Hechos 7:60) ¡parece no ser aplicable a nuestro contexto!

Es que no necesitamos llegar a casos tan extremos. Tiempo después del incidente de Esteban, ocurrió otro en la ciudad de Colosas. Un esclavo robó a su amo y lo abandonó. En la cárcel de Roma, el fugitivo dio con Pablo, quién le explicó con cuidado el amor de Dios y la salvación para los pecadores. Onésimo se convirtió sinceramente al Señor, pero temía mucho retornar a Filemón. Pablo le preparó una carta de presentación. “Quizás para esto se apartó”, le dijo, “para que le recibieses para siempre; no ya como esclavo, sino como más que esclavo, como hermano amado.… si me tienes como compañero, recíbele como a mí mismo, y si en algo te dañó o te debe, ponlo a mi cuenta” (Filemón 15–18). Allí fue Onésimo con su carta y su corazón, para ser perdonado para siempre.
Querido líder, ¿no nos hace falta a ti y a mí, motivar nuestros corazones en la búsqueda de la sensibilidad del Espíritu, para emprender el sendero difícil del perdón? Y si lo hiciéramos ¿no habría mucha gloria para Dios, que es el perdonador por excelencia? ¿No es verdad que cuando perdono, no lo hago yo, sino la gracia de Dios que aplico para perdonar?

2. La importancia de la culpa

En la Escritura leemos que “el pecado es infracción de la ley” (1 Juan 3:4); “que toda injusticia es pecado” (1 Juan 5:17), y que los pensamientos como las palabras llevan una carga de pecado. Por ejemplo dice: “De toda palabra ociosa que hablen los hombres de ella darán cuenta en el día del juicio” (Mateo 12:36), o: “que todo lo que no es de fe es pecado” (Romanos 14:23).

Cada uno de nosotros es culpable de quebrantar la ley de Dios, aunque no nos demos cuenta o creamos que no es así, porque estamos constantemente en infracción. El tema de la culpa tal como Dios lo ve (Exodo 20:7; Levítico 5:2–5; 1 Corintios 11:27) es grave, aunque a nosotros por vivir en un entorno de gracia nos parezca que no es así.
¿Qué apropiación debemos hacer nosotros de la culpa? La respuesta a esta pregunta nos auxiliará para ejecutar el perdón. Lo primero es ver que Cristo vino “en semejanza de carne de pecado” y “condenó al pecado en la carne” (Romanos 8:3). Es un modo de comprender el significado de Isaías 53:9–11, donde dice que fue “herido por la rebelión del pueblo”, por medio del quebrantamiento y sujeción a padecimiento; tanto que hubo mucha aflicción en su alma, porque “los vituperios de los que te vituperaban, cayeron sobre mí [él] (Romanos 15:3).

Sin querer, entonces, cuando nos apropiamos de la culpa de alguna falta o pecado, es lo mismo que si quisiéramos arrancarle el efecto a la cruz y mejorarlo por nuestro medio. Es como si dijéramos que Cristo no llevó todos los pecados, ni sufrió todos los vituperios y que de algún modo tenemos que hacer justicia aparte por algunas culpas.
En segundo lugar, 2 Corintios 5:14 dice que “uno murió por todos, luego todos murieron”, mostrando que la obra sustituidora de Cristo es de carácter inclusivo. Uno murió y aplicó su muerte a todos. Pablo enseña que Cristo voluntariamente sufrió el destino que nos correspondía. “Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él” (2 Corintios 5:21). Dios le hizo pecado, le trató a él como deberíamos ser tratados nosotros, y le hizo sufrir las consecuencias penales de nuestra transgresiones. Cuando Cristo pasó por las tinieblas profundas de la condenación, cargaba sobre sí mismo el pecado (y los pecados) de mis hermanos y los míos propios. Dios quiso que cargara la culpa sucia del pecado y fuera tratado como delincuente, a fin de que nosotros gustásemos de la blancura de ía santidad. El pago fue por todos, todos están incluidos en el perdón.

Volvemos a formularnos la pregunta ¿Qué apropiación debemos hacer nosotros de la culpa? Y la respuesta sale de por sí: Ninguna. ¿Hay algo que debemos juzgar? Nada; ya está todo juzgado, nosotros simplemente aplicamos la justicia, no de los hombres, sino de Dios. Queda bien firme, en consecuencia, que solamente Dios tiene el derecho o la prerrogativa de no perdonar.

3. La experiencia del perdón

Ya al comienzo de los evangelios leemos que Juan el Bautista predicó el arrepentimiento y el perdón de los pecados (Marcos 1:4), y posteriormente el Señor Jesús insistió en el tema (Marcos 2:5; Lucas 7:43).

Tanto Mateo como Marcos enseñan que el perdón es de Dios, y que hay pecados que él se reserva el derecho de no perdonar (Mateo 12:31). Asimismo, muestran la importancia de que los hombres ejerciten el perdón como un principio legítimo para reclamar lo mismo de Dios. Leemos: “Porque si perdonáis a los hombres sus ofensas, os perdonará también a vosotros vuestro Padre celestial, mas si no perdonáis a los hombres sus ofensas, tampoco vuestro Padre os perdonará vuestras ofensas” (Mateo 6:14–15).

Posteriormente, la cruz de Cristo aparece en las epístolas como el medio para las bendiciones de Dios a los hombres, y notablemente, la primera de ellas es el perdón; que está intimamente relacionado con la redención (Efesios 1:7; Colosenses 1:14). El perdón es el don de la gracia y el sendero hacia la vida eterna, obtenido gratuitamente mediante la desaparición de la culpa (Efesios 4:32; Colosenses 1:14). Perdonar es libertar de la culpa, como bien lo expresa el verbo griego aphiemi, cuyo significado fundamental hallamos en Lucas 4:18: “pregonar libertad a los cautivos … poner en libertad a los oprimidos”. En Mateo 18:27: “perdonó la deuda”, y Lucas 17:4: “Y si siete veces al día pecare contra ti y siete veces al día volviera a ti diciendo: Me arrepiento, perdónale”, es el mismo verbo y es como si literalmente dijera: “Quítale la culpa” (comp. Mateo 18:21).

4. El gozo de la libertad

Si se tratara de un incrédulo ¿qué respuesta daríamos a la pregunta: Qué debe hacer un culpable? No tardaríamos en decir que tiene que arrepentirse y confesar sus pecados para que Cristo le perdone (Lucas 24:46–47). Pero ¿qué sucede si esa persona fuese un creyente? La respuesta se demora un poco y finalmente decimos: Lo mismo. ¿A qué se debió la demora?

perdon-2Primero, a que estamos seguros de que pecamos contra Dios, pero nos cuesta más creer que también lo hacemos contra los hermanos.

Segundo, a que en el primero una de las partes es Cristo, y sabemos que él siempre perdona. En cambio, en el otro caso los dos son seres humanos y los hombres no sabemos perdonar. Necesitamos volver una y otra vez a las Escrituras para disfrutar de la enseñanza sobre el perdón entre hermanos; para saber que la confesión mutua de las faltas libera los corazones, ennoblece la comunión unos con otros y produce generosa sanidad en el alma.
¿De qué otra manera se puede interpretar Santiago 5:16? “Confesaos vuestras ofensas unos a otros, y orad unos por otros, para que seáis sanados. La oración eficaz del justo puede mucho”. Al “retener” las faltas, nos atamos a ellas, y son a la postre las que dirigen nuestro ministerio. No, a este hermano por esto; no, al otro por aquello otro, y finalmente … disponemos de más inhibiciones, limitaciones y restricciones para el trato con los hermanos que si no fuéramos del Señor. Además, todas las cosas, que no son del Señor, resultan en instrumentos poderosos en las manos del enemigo para deprimir, limitar, enfermar y cuanta otra cosa le sea posible realizar en perjuicio del evangelio.
¿Qué hacer? Volver nuevamente al mensaje del evangelio, para reconsiderar cómo fuimos perdonados. Dice el texto que “el evangelio es el poder (dynamis) de Dios para salvar” (Romanos 1:16). Pablo, que en más de una oportunidad destacó la diferencia entre el “poder” y las “palabras” (1 Corintios 1:8; 4:20), es quien resaltó que ese poder transforma todas las esferas de la vida y cambia por completo los sentimientos.

Toda potencia puesta a nuestras disposición es por gracia, cuya raíz original es similar a la de gozo, de modo que donde podemos aprovechar del gozo es porque hemos echado mano a la gracia y viceversa. Usar de la gracia es tener libertad para dar, y nada mejor que volver a gozar del perdón del evangelio para dar perdón y disfrutar del gozo de la gracia.
Tanto el gozo como la gracia van de la mano con la libertad; de modo que es correcto decir que el ejercicio de la gracia (al perdonar) produce de inmediato gozo, y ambos libertad para actuar (Romanos 6:18, 22).

Raúl Caballero Yoccou, El líder conforme al corazón de Dios (Miami, Florida: Editorial Unilit, 1991), 98–107.

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