Autoridad

La palabra exousia, traducida usualmente por «autoridad» [46 veces en la RV60] o «poder» [16 veces en RV60. Más a menudo aparece «potestad» unas 22 veces], en el sentido de autoridad (potestas), se emplea en el NT para referirse a diferentes cosas. Puede señalar al poder para perdonar pecados (Lc. 5:24, «potestad» en RV60), al poder para echar fuera demonios (Mr. 6:7, «autoridad» en RV60), al privilegio de la filiación divina (Jn. 1:12, «potestad» en RV60), a la autoridad de los gobernantes civiles (Jn. 19:10, «autoridad» en RV60), al control de las posesiones (1 Co. 9:4, «derecho» en RV60), al derecho o responsabilidad matrimonial (cf. 1 Co. 7:4), al privilegio apostólico (1 Co. 9:6, al reino universal de Cristo (Mt. 28:18, «potestad» en la RV60), o, más específicamente, a la autoridad de la palabra y obra de Cristo (Mt. 7:29 «autoridad» en RV60, cf. los pasajes paralelos) comparada con la de los escribas. Las ideas de derecho, privilegio y poder compulsivo están todas agrupadas en el concepto.

autoridad

La Biblia deja claramente sentado que la verdadera fuente y asiento de la autoridad está en Dios. Esto es verdad aun del poder civil (Ro. 13:1), aunque en la tierra y especialmente en el cielo hay poderes usurpadores que Dios frustra y destruye (cf. Ef. 3:10; Col. 2:15). Pero esto es mucho más cierto en cuanto a la esfera espiritual. Dios solo puede perdonar pecados (Mr. 2:7), revelar la verdad absoluta y hablar en un tono de mandato absoluto (cf. Lc. 7:8). Ninguna autoridad humana podría permanecer, a no ser que se derive de Dios y lo sirva a él.

Sin embargo, la autoridad divina se ejerce en el Hijo de Dios y a través de él. Si él resiste la tentación de recibir honor mundano del diablo, esto se debe a que él ya es «la cabeza de todo principado y potestad» (Col. 2:10), y porque está destinado a ser exaltado en esa forma por Dios. De esta manera, aún el gobierno civil volverá a Cristo, así como se deriva de él. Pero él también tiene el poder de perdonar pecados (Mr. 2:10), librar de las fuerzas demoníacas (Mt. 9:8), vencer las enfermedades y la muerte (cf. Jn. 10:18), y para enseñar y ordenar con todo el derecho y el constreñimiento de Dios mismo (Mr. 1:22, 27). La autoridad divina misma está contenida en Jesucristo, y por medio de esta autoridad absoluta es que se debe medir toda otra autoridad civil o eclesiástica.

Sin embargo, Cristo no ejercita directamente su autoridad en este tiempo entre sus dos venidas. Debido a esto, es justo y apropiado que existan autoridades relativas que tengan el derecho de ser obedecidas. Las fuerzas de la ley y el orden constituyen esta autoridad en el orden civil, y deben ser así honradas, no en virtud de alguna validez inherente, sino en virtud de la comisión y función que Dios les entregó. Una posición similar, aunque menos equívoca, ocupan los apóstoles en la esfera eclesiástica en su calidad de testigos primarios y autoritativos de las palabras y la obra de Jesucristo encarnado, crucificado y resucitado.
¿Pero cómo es que la autoridad apostólica se ejerce en el período posapostólico? Este es un tema crítico en las discusiones que hoy se realizan sobre la autoridad espiritual o eclesiástica, la que descansa en el presupuesto de que la autoridad absoluta pertenece a Cristo solo, y a los apóstoles una autoridad secundaria; pero que después ve esta autoridad ejerciéndose hoy en una variedad de formas. Así pues, algunos argumentan que los apóstoles trasmitieron su autoridad a sucesores episcopales, o que la iglesia misma es autoritativa, o de que existe una tradición apostólica autoritativa, añadida al testimonio escrito del NT, o que las primeras decisiones e interpretaciones de la iglesia antigua tienen una autoridad distintiva, de tal forma que, por lo menos hay una continua acción recíproca de autoridades en la iglesia bajo la dirección del Espíritu Santo.

Ahora bien, debe admitirse que hay ciertas áreas de la vida de la iglesia en las cuales la iglesia misma, sea local o universal, tiene cierto derecho de tomar el control u orden, p. ej., en la forma de culto, el ejercicio de la disciplina, y hasta en la definición más precisa de la doctrina. También podría admitirse aun que lo que ha sido hecho en los siglos pasados en cumplimiento de este derecho, por ejemplo, en las decisiones y cánones de los concilios antiguos, no dejan de tener su importancia. Hasta esta medida se debe tomar en cuenta apropiadamente las varias pretensiones de autoridad que se esgrimen en la discusión contemporánea.

Sin embargo, parece que no hay ningún apoyo bíblico para suponer que la autoridad apostólica haya sido heredada por otros. Los apóstoles solos son los testigos primarios de Cristo, y sólo a ellos se les atribuye una autoridad mediata. Así que, si la autoridad apostólica no ha pasado del todo, está, entonces, preservada en sus escritos como el testimonio inspirado y normativo a través del cual Jesucristo todavía habla y obra por su Espíritu. En otras palabras, es a través de la Biblia que Cristo ahora ejerce su autoridad divina, imparte verdad autoritativa, promulga mandamientos autoritativos e impone una norma autoritativa por medio de la cual se deben plasmar y corregir todos los arreglos y afirmaciones de la iglesia.

 
W.C.G. Proctor, «AUTORIDAD», ed. Everett F. Harrison, Geoffrey W. Bromiley, y Carl F. H. Henry, Diccionario de Teología (Grand Rapids, MI: Libros Desafío, 2006), 69–70.

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